Mi día no puede estar peor

878 Palabras
Ana Me despierto con una sensación rara, en mi pecho algo me dice que no está bien. No es hambre, po supuesto que tampoco es sueño. Es intuición. Y mi intuición nunca se equivoca… especialmente cuando avisa peligro. Así que me pongo algo ligero y salgo de la habitación arrastrando los pies. —Mamá… —murmuró—. ¿Dónde está papá?. Ella está en la cocina, tranquila, revolviendo algo en una olla como si el mundo no estuviera a punto de acabarse. —En la finca —dice—. Se llevó a Ethan. Me quedo quieta. —Repítelo —pido, confiando en Dios que yo hubiese escuchado mal. —En la finca —repite—. Dijeron que volvían antes del almuerzo. Antes del almuerzo. Sí. Si sobreviven, o mejor dicho si mi jefecito sobrevive. —Mamá —digo con voz quebrada—. Mi jefe no está hecho para eso. —Nadie lo está —responde—. Igual van a aprender. —¡Tenemos que ir! —exclamo—. Papá lo va a poner a hacer algo peligroso. —Como vivir —dice. Suspira y apaga la estufa. —Está bien, vamos. Corremos a la cochera y ahí está la camioneta. Nos miramos. —¿Funciona? —pregunto. —Claro que sí —responde mamá—. Ayer solo sonaba raro. Eso NO me tranquiliza. Nos subimos. Giro la llave, la camioneta responde con un sonido que no debería existir. —Ay… —digo—. Eso no fue bueno. —Dale otra vez —ordena mamá. Lo hago. La camioneta arranca… con violencia. —¡Eso! —grita mamá—. ¡Está viva! Avanzamos 5 metros y de pronto… ¡SPLASH! El agua entra por todos lados. —¡EL CHARCO! —grito. —¡No lo vi! —dice mamá riendo. La camioneta se sacude como si estuviera teniendo una crisis emocional. —Nos vamos a quedar aquí —digo—. Lo sabía. —Bájate —dice mamá. —¿Qué? —Bájate. Yo manejo. —¿QUÉ? —Muévete, Ana. Obedezco. Bajo con cuidado, el barro me salpica hasta las pantorrillas. —Esto no es real —murmuro. Mamá se pasa al volante, remanga la blusa y sonríe. —Agárrate —dice. —¡No estoy dentro! —grito. Ella acelera. La camioneta avanza, se hunde más y luego sale disparada, lanzándome barro en la cara. —¡MAMÁ! —grito—. ¡ME ESTÁS SALPICANDO! —¡Eso es experiencia! —responde. Subo corriendo como puedo. —Esto no es miejor día —digo empapada—. Se supone que el iba a…. —Calla y mira al frente —dice—. Ya casi salimos. La camioneta da un último salto y finalmente queda firme. —¿Ves? —dice orgullosa—. Nada que no se arregle con decisión. Me miro las manos llenas de barro. —Papá va a matar a Ethan —susurro—. Y nosotras llegaremos embarradas. —Así se conocen las familias —responde. Sigo mirando al camino, con el corazón acelerado. Porque sé una cosa. Lo que sea que esté pasando en la finca… no puede ser peor que esto. ¿Verdad? Llegamos. La camioneta se detiene con un último quejido, como si también necesitara un descanso. Me bajo primero, estirando las piernas, todavía con esa sensación rara en el pecho que me quedó desde que desperté y no encontré a Ethan en la casa. Respiro hondo. Doy tres pasos y entonces… Arqueo una ceja. —¿Qué hace aquí… Chispita?. El rottweiler está parado frente a mí, sólido como una estatua, serio por medio segundo… hasta que se pone de pie sobre las patas traseras y empieza a mover la cola con una felicidad exagerada, como si no midiera casi el metro. —No —digo—. No, no, no… Me acerco y le tomo la cabeza con ambas manos. —Tú saliste esta mañana con mi papá y con Ethan, eh —susurro—. ¿Qué haces aquí?. Chispita resopla, me empuja la pierna y me lame la mano. —Traidor —le digo—. Absoluto traidor. Entonces algo se activa en mi cerebro. —Ethan… No lo pienso dos veces. Salgo corriendo. Cruzo el patio, esquivo una gallina, casi me tropiezo con una manguera y entonces… me detengo. Ahí está él. Encima de un caballo. Sin camisa. El sol apenas comienza a subir, pero ya lo ilumina como si supiera exactamente lo que está haciendo. Los hombros marcados, el pecho descubierto, la espalda recta mientras sostiene las riendas con naturalidad, como si hubiera nacido ahí arriba. No puedo evitar tragar saliva. —En este momento —pienso— me siento como la introducción de Pasión de Gavilanes. ¿Quién es ese hombre? Sí. Sí vi la novela. Y sí, entiendo perfectamente a las hermanas Elizondo. Un hombre sin camisa casi un semi Dios, dejando escapar gotas de sudor por todo su cuerpo…ahhhhh. El caballo camina lento. Ethan se inclina un poco hacia adelante y yo… —Ahh… —se me escapa. —Ana —dice una voz detrás de mí—, cierra la boca, que ves igual con la boca cerrada.
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