Ethan
Jamás en mi vida imaginé que arriar vacas formaría parte de mi plan para enamorar a una mujer, bueno al menos si ella estuviera aquí, viendo a su futuro vaquero.
Si alguien me lo hubiera dicho hace un mes, habría reído… educadamente, claro.
Me enderezo un poco sobre la montura, tratando de parecer alguien que nace sabiendo hacer esto, cuando me giro.
Y ahí está ella.
Ana, de pie a unos metros, completamente salpicada de barro, el cabello desordenado, las botas irreconocibles…¿Pero que le sucedió?.
aun así, absurdamente hermosa.
Se me escapa una sonrisa. Inmediata. Incontrolable.
—Vamos, campeón —le digo al caballo, dándole una palmadita en el cuello.
El animal relincha con fuerza, como si se negara rotundamente a cooperar.
—Vamos, amiguito —susurro—. No me hagas quedar mal… ella está ahí.
Y se supone que debe enamorarse de mí.
El caballo mueve la cabeza. Negativo.
Entonces escucho otro relincho, más firme, más… profesional.
Javier aparece montado en su propio caballo, con cara de quien ya vio este desastre venir desde el amanecer.
—Muchacho —dice—, así el caballo no se va a mover. Tienes que moverle las riendas.
Arqueo una ceja.
—¿Está seguro, señor? —pregunto con toda la educación que me queda.
Javier ni responde. Se inclina, ajusta algo en su montura… unas correas, unas cuerdas, unas ruedas, no, espera,
¿ruedas?
Su caballo empieza a caminar tranquilamente.
—¿Eso es? —pregunto, incrédulo.
—Claro —responde—. Para que obedezca mejor.
Parpadeo.
—Bueno —murmuro—… gomita.
Joder, ¿a quién se le ocurre ponerle gomita a un caballo?
Respiro hondo, agarro las riendas como me indicaron y hago exactamente lo que me dijeron.
El caballo relincha, o mejor dicho Gomita relincha.
Y sale disparado.
—¡Perfecto! —grito—. ¡Eso funcionó demasiado bien!
Pero no avanza hacia donde debería.
No. No, nooooo
Corre en dirección contraria. Directo hacia donde acabamos de encerrar las vacas.
—¡Por ahí no, muchacho! —grita Javier desde lejos.
—¡Señor! —grito de vuelta—. ¿Cómo se detiene a gomita?
El caballo empieza a patear, sacudir la cabeza, y yo solo me aferro como si mi dignidad dependiera de ello.
—Tranquilo, tranquilo —le digo—. No tenemos que impresionar a nadie más hoy.
Patea otra vez.
Y entonces lo escucho.
El clic.
El seguro del corral salta.
—No… no, no, no… —susurro.
Las vacas salen en estampida, una tras otra, como si hubieran estado esperando este momento toda su vida.
—¡Las vacas! —grita Javier.
—¡YO SOLO QUERÍA ENAMORARLA!
—respondo, mientras el caballo sigue corriendo.
A lo lejos, alcanzo a ver a Ana llevándose una mano a la boca… entre la risa y el horror.
Todo pasa muy rápido después de eso.
Demasiado rápido para alguien que todavía está intentando recordar en qué momento exacto su vida se desvió hacia “el día que liberé una estampida de vacas”
—¡Ethan! —escucho a Ana gritar a lo lejos.
La busco con la mirada mientras el caballo sigue galopando como si hubiera decidido huir del país. La veo correr hacia mí, chapoteando en el barro, agitando los brazos como si pudiera detener una tragedia.
—¡Frena! —me grita— ¡Tira de las riendas!.
—¡LAS ESTOY TIRANDO! —le respondo— ¡ESTO NO ES UN VOLANTE!.
El caballo relincha otra vez y da un salto que hace que mi alma abandone mi cuerpo por medio segundo. Me aferro al cuello del animal, resignado.
—Escucha, gomita —le digo entre dientes—. Yo no quería esto. Tú tampoco. Cooperemos.
Nada.
Las vacas corren frente a nosotros, mugiendo felices, libres, viviendo su mejor vida. Una me mira mientras pasa, como si me juzgara.
Con razón.
De pronto, el caballo reduce la velocidad. No se detiene del todo, pero baja el ritmo, como si al fin se cansara de arruinarme.
Y ahí la veo.
Ana se planta frente a nosotros, decidida, con barro hasta las rodillas, los brazos abiertos.
—¡Ethan, mírame! —grita—. ¡Habla con él!
¿Hablar con él?
—Ana —respondo—, no creo que sea momento de conversaciones profundas.
—¡Hazlo! —ordena.
La obedezco. Porque siempre lo hago.
—Oye gomita —le digo al caballo, bajando la voz—. Mira… yo solo vine a enamorarla a ella. Nada más. No planeaba vacas, ni carreras, ni humillaciones públicas. Si puedes ayudarme ahora, prometo… no volver a montarte.
El caballo relincha suave.
Reduce la marcha.
Se detiene.
Yo casi lloro.
Ana corre hacia nosotros y, sin pensarlo, se acerca demasiado. Demasiado cerca para alguien que acaba de vivir una experiencia cercana a la muerte bovina.
—¿Estás bien? —pregunta, respirando agitada.
—Creo que sí —respondo—. Aunque mi orgullo quedó por allá, junto a la vaca con manchas.
Ella se ríe. Se ríe de verdad. Esa risa que me hace olvidar cualquier desastre.
Antes de que pueda decir algo más, Javier llega montado, con una expresión entre diversión y resignación.
—Bueno —dice—. Ya veo que aprendiste la lección.
—Sí, señor —respondo—. Nunca subestimar a un caballo como gomita.
Javier suelta una carcajada fuerte.
—Bájese —ordena—. Antes de que vuelva a correr
Al bajar tambaleó y la tomo de por la cintura, mi cuerpo se tensa. Ella también lo siente. Lo sé porque se queda quieta un segundo.
Mientras a pocos metros chispita aparece corriendo entre las vacas, orgulloso, feliz, como si todo esto hubiera sido parte del plan desde el inicio.
—¿Ves? —dice Ana—. Él sabía lo que hacía.
—Claro —respondo—. Yo era el único fuera de control.
Javier nos observa unos segundos más, luego asiente.
—Vamos —dice—. Aún queda trabajo.
Trabajo.
Claro.
Mientras caminamos, Ana se inclina hacia mí y susurra:
—Para alguien que jamás había arriado vacas… lo hiciste bastante épico.
La miro. Sus ojos brillan. Está sucia, despeinada, hermosa.
—Te dije —respondo—. Yo solo vine a enamorarte.