Llego a la oficina, como todos los lunes y mi corazón ya da un brinco de alegría al ver que Amy está allí, en su escritorio, metida entre varias torres de papeles producto de los días que no vino a trabajar. Quisiera sonreír, pero me aguanto porque tengo miedo a que ella se me siga colando. Es más, pensé todo el fin de semana en una estrategia para que se vaya, porque si continúa a mi lado, trabajando y siendo como solo es ella, voy a mandar todo al demonio… ¡No! Ella se tiene que ir, y qué mejor que un jefe ogro, que la asuste, que la aburra y ella se vaya de una vez. Que tome la decisión sola, pero empujada por mi actitud. “¿Estás seguro que quieres eso?”, mi estúpid4 consciencia me tiene aburrido, estos días solo se ha metido en cada una de las decisiones que he tomado relacionadas

