bc

Neón y Cicatrices

book_age18+
7
SEGUIR
1K
LEER
oscuro
prohibido
love-triangle
una noche de pasión
familia
forzado
los opuestos se atraen
segunda oportunidad
arranged marriage
maldición
chico malo
heroína genial
mafia
mafioso
drama
tragedia
bxg
serio
audaz
perdedor
ciudad
desaparición
de enemigos a amantes
secretos
love at the first sight
affair
addiction
bodyguard
wild
like
intro-logo
Descripción

Una noche en el club equivocado. Un hombre que no debería existir en su mundo. Y una deuda de sangre que lo conecta con el hombre al que ella estaba a punto de casarse.

Selena Montoya tenía todo bajo control: un despacho de primer nivel, una Glock en el bolso que nadie sabe que lleva, y un compromiso con el heredero más poderoso de México. Lo que no tiene es una razón para quedarse en una vida que se siente prestada. Y ella está a punto de romper con todo.

León Garza tiene exactamente lo contrario: nada que perder, $200,000 USD de deuda con el Cártel del Pacífico Central y los nudillos tatuados con dos palabras (LEAL en una mano, DEAD en la otra) que dicen todo lo que él no puede decir en voz alta.

Cuando Selena derrama su tequila sobre la playera negra de León en el club Nyx, ninguno de los dos sabe que ya se conocieron antes. Que León fue contratado para vigilarla. Que eligió protegerla en cambio. Que ella borró esa noche de su memoria como único mecanismo de supervivencia disponible.

Lo que empieza como una huida impulsiva se convierte en una semana de persecuciones, mentiras a medias y una intimidad que ninguno de los dos sabe cómo manejar. Adrián Villarreal (el prometido, el antagonista, el arquitecto de todo) los está buscando. Y Bravo, el lugarteniente del cártel, tiene una semana de plazo sobre la cabeza de León.

Pero el secreto más peligroso está en la memoria que Selena recupera demasiado tarde: una Polaroid, una nota manchada de sangre, y la certeza de que León la eligió antes de que ella supiera que existía.

Neón y Cicatrices es un dark romance +18 ambientado en la Ciudad de México. Para lectoras que quieren tensión sin respiro, personajes que sangran de verdad y un romance que no pide permiso.

chap-preview
Vista previa gratis
CAPÍTULO 1 — Tequila derramado
El Nyx no era para mí. Lo supe desde que bajé del taxi y vi la fila: cuerpos jóvenes, ropa que brillaba, la energía que se acumula cuando la gente decide que esta noche va a ser diferente. Yo llevaba puesto el vestido rosa pálido del trabajo. El que me puse a las siete de la mañana para una presentación ante el consejo de administración. No me cambié, porque cambiarme implicaba volver al departamento y estaba Adrián esperando con su copa de vino y sus preguntas en tono neutro que siempre terminaban sintiéndose como una auditoría. Me quedé en el taxi un segundo de más antes de bajar. El conductor me miró por el retrovisor sin decir nada. Pagué. Bajé. La fila avanzaba despacio. Desde donde estaba podía ver la luz que sangraba por las junturas de la puerta principal: magenta, luego dorada, magenta de nuevo. Como si respirara. Los bajos llegaron antes que cualquier otra cosa, no como sonidos sino con la presión en el esternón, un pulso que se superpuso al mío sin pedir permiso. Me pregunté cuánto tiempo llevaba sin sentir algo así. Físico, involuntariamente, en el cuerpo antes que en la cabeza. Val me había mandado el mensaje temprano. “Ven. Te necesito en la pista. Sé que no quieres pero ven igual”. Val era la única persona que podía enviar ese tipo de instrucciones y salirse con la suya. Éramos amigas desde el ITAM, mucho antes de que yo supiera que iba a terminar firmando documentos con el apellido Villarreal en el membrete. Ella había tomado un camino diferente con la música, con la noche, con todo, y yo siempre había admirado eso en silencio, sin decírselo nunca, porque hubiera implicado admitir que yo había tomado el camino que tomé por razones que ya no recordaba bien. La puerta del Nyx se abrió. Entré. El primer piso era exactamente lo que prometía desde afuera: pisto de concreto pulido que reflejaba la luz en fragmentos, cabinas de cristal ahumado a los costados, una barra larga que recorría toda la pared del fondo. La música demasiado fuerte para pensar con comodidad, que era probablemente el punto. La pista, llena. Cuerpos que se movían como cuando la noche todavía es joven y el juicio todavía no llegó al límite. Busqué a Val con la vista. La cabina del DJ estaba en el segundo nivel, accesible por una escalera de metal a la izquierda. Desde abajo alcancé a ver siluetas pero no caras. No la encontré. Me fui a la barra. —Tequila —le dije al barman. Él me sonrió como si acabara de decir algo interesante. Yo no le devolví la sonrisa. El tequila llegó. Lo agarré. No lo tomé enseguida. Sostener el vaso era suficiente por el momento. A mi derecha, una pareja discutía en voz baja con la intensidad de quien lleva años ensayando esa discusión. A mi izquierda, tres mujeres brindaban con algo rosado y reían con la risa de algo que es genuinamente gracioso, y no la risa de compromiso que yo llevaba perfeccionando desde hacía meses. Quizás años. No quería pensar cuánto. Fue en ese momento, sin buscarlo, cuando lo vi. Estaba junto a la salida trasera. No sé por qué lo noté. Había docenas de personas en ese espacio y mi cerebro lo aisló en menos de un segundo con la eficiencia automática con que cataloga a los testigos antes de un interrogatorio. Grande. De n***o. Treinta y tantos, quizás. De pie con los brazos cruzados pero sin la tensión de quien espera problemas: era la postura contraria, la de quien ya procesó todos los problemas posibles y eligió cuál ignorar. Vigilaba sin parecer que vigilaba. Eso lo hacía diferente. Seguridad del club, probablemente. Sin interés para mí. Aparté los ojos. Error. Pero eso lo entendí después. Val apareció diez minutos más tarde, todavía con los auriculares colgados al cuello, el pelo suelto y la energía de quien lleva tres horas construyendo una atmósfera para cuatrocientas personas y todavía tiene suficiente para ti. —Llegaste —dijo, como si hubiera habido alguna duda. —Llegué —confirmé. Me miró de arriba abajo. El vestido rosa, el collar de perlas, los zapatos de presentación. Levantó una ceja. —¿Viniste directo del trabajo? —Sí, era esto o no venir. Val me quitó el tequila de la mano, tomó un sorbo y me lo devolvió. —¿Pelearon? No pregunté a quién se refería. Con Val no hacía falta. —No —respondí—. Fue una conversación. —¿Una de esas conversaciones de Adrián donde él habla y tú escuchas y al final ninguno dijo lo que realmente quería decir? Tomé el tequila. —Exacto. Val me observó un momento con esa forma suya de mirar que siempre me hacía sentir que llevaba el caso perdido. —¿Cancelaste la boda? —No. —Todavía. La diferencia entre Val y cualquier otro ser humano en mi vida era que ella nunca fingía que las cosas eran distintas de lo que eran, y eso era exactamente lo que necesitaba y lo último que quería escuchar. Tomé un trago del tequila de un golpe. Val me miró con algo que en otra persona hubiera sido satisfacción pero en ella era más parecido a alivio. —Bien —dijo—. Entonces baila. No bailé. O no exactamente. Me dejé llevar a la pista porque decir que no a Val requería una energía que no tenía, y me moví porque el cuerpo humano tiende a moverse cuando hay música suficientemente fuerte, pero no estaba ahí. Estaba pensando en los documentos que firmé esa semana. En las cláusulas del contrato de concesión minera que revisé durante cuatro horas seguidas y que llevaban el sello del Grupo Villarreal en cada página. En la tarjeta que tenía en el bolso: Selena Montoya - Villarreal & Asociados. El apellido de mi prometido, con quien trabajo, en quien me había convertido sin terminar de decidirlo. Sostenía el vaso. La pista estaba llena. Cuerpos moviéndose en todas direcciones, el calor acumulado de tanta gente en un espacio cerrado, la luz magenta y dorada que hacía que todo pareciera más urgente de lo que era. Choqué de espaldas con alguien. El vaso se fue de mi mano. Escuché el impacto del tequila antes de sentirlo: frío primero, luego el olor, luego la conciencia de que acababa de derramar algo sobre alguien. Me giré. Era el mismo hombre de la salida trasera. De cerca era más grande de lo que parecía desde la barra. La playera negra ahora tenía una mancha en el pecho. Me miró con una calma que era casi ofensiva dadas las circunstancias. —Lo siento —dije, con el tono profesional y ligeramente frío que uso cuando administro conflictos. El que aprendí en tres años de litigación. El que funciona con clientes difíciles, con testigos hostiles, con socios que no ceden en la mesa de negociación. Él no dijo nada. Me miró. Bajé los ojos sin querer (reflejo, no decisión) y los vi: los nudillos. Las letras tatuadas en n***o sobre la piel oscura de sus manos. LEAL en una. DEAD en la otra. Las mismas vocales, en dos idiomas, como si alguien hubiera diseñado eso a propósito. Como si la contradicción fuera el punto. Levanté la vista. Él seguía mirándome. Tenía la mandíbula torcida hacia la derecha, apenas, como algo que se rompió y se soldó sin los cuidados necesarios. —Lo siento —repetí, porque era lo correcto y porque el silencio de él me estaba poniendo nerviosa de una forma que no quería admitir. —Ya te oí —dijo. Voz baja, sin inflexión. No aceptó la disculpa. No la rechazó. No hizo nada con ella, como si fuera información que todavía estaba evaluando. No supe qué responder. Eso no me pasaba seguido. La música siguió. La pista siguió. Todo alrededor siguió exactamente igual y sin embargo algo cambió en ese metro cuadrado de concreto pulido donde estábamos los dos sin movernos. Miré mis propias manos. El anillo estaba ahí, donde siempre: en el dedo anular de la izquierda. Platino, solitario, dos quilates exactos porque Adrián investigó cuál era el estándar para alguien de su posición antes de comprarlo. Lo miré durante tres segundos que se sintieron como treinta. No sé qué decidí exactamente. No sé si fue una decisión. Me lo saqué. Lo sostuve un momento en la palma. Luego lo dejé caer. Lo solté, como se suelta algo cuando ya no tienes fuerzas para sostenerlo. El sonido del metal contra el concreto se perdió en la música. Levanté los ojos. El anillo estaba perdido en el suelo entre los dos. La música seguía. La luz magenta nos bañaba a los dos por igual. Ninguno habló. Ninguno se movió. Ninguno recogió nada. Y yo no entendía todavía que acababa de cometer el segundo error de la noche.

editor-pick
Dreame - Selecciones del Editor

bc

Unscentable

read
2.0M
bc

He's an Alpha: She doesn't Care

read
770.6K
bc

Claimed by the Biker Giant

read
1.9M
bc

Holiday Hockey Tale: The Icebreaker's Impasse

read
995.7K
bc

A Warrior's Second Chance

read
369.0K
bc

Not just, the Beta

read
353.7K
bc

The Broken Wolf

read
1.2M

Escanee para descargar la aplicación

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook