La fiesta continua, pero decidí dejar de beber.
Observé a Naiara, quien parecía estar disfrutando de la noche más de lo que esperaba. Tomaba cava con una confianza que me dejaba boquiabierto, mientras seguía trabajando. No podía evitarlo, pero en mi mente, la imagen de una princesa se desdibujaba. Había escuchado que era una mujer elegante, pero esa noche, su comportamiento era todo lo contrario. ¿Qué clase de princesa actuaba de esa manera?
Las horas pasaron volando, y al final, la fiesta terminó cerca de las cuatro de la mañana. Los novios se retiraron a las dos de la madrugada, y la mayoría de los invitados se dispersaron poco después. Naiara, sin embargo, se quedó, ayudando a recoger los restos de la celebración.
La vi sentarse en un sofá, una botella de cava entre las manos, y no pude evitar sentir un pequeño tirón de preocupación por ella.
Me ofrecí a conducirla de vuelta a la cabaña. Cuando me acerqué, se quitó los zapatos, y un pensamiento crítico surgió en mi mente. ¿Qué maldita princesa actúa así? Pero era más que eso; había algo en ella que me intrigaba, algo que no podía dejar de pensar.
Conduje por la isla caribeña, disfrutando del suave vaivén de la brisa y el murmullo de las olas. En el camino, miré de reojo a Naiara, que se había quedado dormida.
Su rostro estaba sereno, y a pesar de su actitud tosca, había algo adorable en ella. Sin embargo, la reacción de mi cuerpo me sorprendió. ¿Por qué se me crecía el miembrö al verla así? Era una locura.
Al llegar a la cabaña, me detuve. Con mucho cuidado, la sostuve en brazos. Su peso era ligero, y la sensación de tenerla cerca me hizo dudar.
¿Era realmente tan especial?
Mi mente luchaba entre lo que sentía y lo que creía. Era tosca, malhablada, una piedra en el zapato, la novia que un tipo como yo no querría ver ni en pintura.
La llevo a su cama y la dejo allí. No sé ve sexy, más bien duerme raro y ronca. Parece más un ogro que una princesa y que me excusen los otros de todos los cuentos de hadas.
Me sentía como un idiota por seguir pensando en ella, así que regresé a mi habitación improvisada, empecé quitándome la ropa con el peso del mundo sobre mis hombros. Pero la soledad me invadía, y después de un rato, decidí que no podía seguir así. Fui al baño nuevamente, incapaz de aguantar la presión.
Cuando estaba a punto de liberar la tensión de nuevo, mientras unos gemidos salían de mis labios, no recuerdo que en el pasado haya hecho nada de esto, parezco un jovencito en plena pubertad, pero en ese momento casi culminante escuché un golpe sutil.
Mi corazón se detuvo al darme cuenta de que Naiara podía estar esperando en la puerta. Me sonrojé como un tomate.
—¿Escuchaste algo? —le pregunto, sonando más nervioso de lo que pretendía cuando abrí y la vi en frente.
—Sí, gimes gracioso, creo que media isla te escucho— me responde seria, y su tono era despreocupado, como si estuviera bromeando.
Decidí que no le haría caso a una borracha, así que volví a mi habitación. Era mejor irme a dormir y no pasar otra verguenza. Diez minutos despues escuché un vaso romperse. Salí corriendo, temiendo que algo malo hubiera pasado. Allí, en la cocina, estaba Naiara, que parecía haberse duchado porque trae el pelo mojado. El aroma a champú aún flotaba en el aire, y ella estaba desnuda, con su piel brillando a la luz tenue de la bombilla.
Mis ojos se abrieron como platos. Y mi amigo se paró. No puede ser. Sin pensarlo, tomé la frazada del sofá y la envolví a su alrededor, como si ese gesto pudiera ocultar la situación.
—¿Qué haces aquí asi? —le pregunto, incapaz de desviar la mirada.
Naiara sonríe, pero había un atisbo de confusión en su expresión. ¿Qué estaba haciendo desnuda en la cocina?
—Estaba a punto de tomar agua—me dice con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo andar a encueros por la casa teniendo visita y encima la visita es un hombre cachondo..
Me quedé ahí, atónito. La imagen de ella, desinhibida y sin miedo, chocaba con todo lo que creía saber sobre su personalidad. Era como si el alcohol hubiera desdibujado las líneas entre lo que era aceptable y lo que no.
Mi cuerpo reacciona de inmediato, y, nuevamente, me sentí como un completo idiota. Ella era una mujer complicada y, sin embargo, algo en su falta de inhibiciones me llamaba.
¿Qué demonios me pasa?
—Naiara, deberías ponerte algo, ve a tu habitación yo limpiare todo esto...solo ve a tu habitación yo te la llevo el agua —digo, tratando de mantener la compostura, pero mi voz tiembla. Era una combinación de deseo y confusión.
Ella se encoge de hombros, como si no le importara en lo más mínimo. Y eso, de alguna manera, me atrajo aún más. Era desafiante, a pesar de la situación, y eso me desarmaba. Era un tira y afloja entre el sentido común y el deseo desenfrenado.
—Aziel, relájate. Nadie está aquí, y estamos en una isla, nadie me va a ver —responde con una risa suave, pero sus ojos reflejaban algo más.
Ese momento, extraño y electrizante, me hizo reflexionar. Naiara era un caos, pero también era refrescante. Todo lo que había aprendido sobre las mujeres parecía irrelevante. Ella no encajaba en ningún molde, y esa era la razón por la que no podía sacarla de mi mente.
—No deberías estar así en la cocina, es peligroso, yo no soy nadie, soy un hombre y como hombre si veo algo como esto me voy a excitar y no querrás saber que sucede cuando un hombre hace eso—digo, tratando de ser serio mientras la miro a los ojos, aunque la atracción me hacía querer acercarme más.
— Quiero saber ¿qué pasa si estoy así? —replica, alzando una ceja, mientras la frazada se deslizaba un poco, dejando ver más sus dos montañas.
Maldición tiene unos pezönes enormes que invitan a succionarlos.
No podía resistir más. El aire está cargado de tensión, y la cercanía de Naiara me hacía cuestionar todo. Era una locura, pero está claro que esto era solo el comienzo.
Algo dentro de mí sabía que no podía alejarme de ella. Naiara era una tormenta, y yo estaba atrapado en su maldito centro.
—¡Por tu culpa estoy así! —le digo señalando el bulto entre mis pantalones, intentando mantener la calma, pero la frustración me llena.
Nunca había tenido problemas de descontrol del deseo, ni siquiera con mi novia de cinco años. Pero Naiara, con su presencia desafiante, lo había conseguido.
—¿Y qué? —responde con una sonrisa juguetona.
—¿Y que? Acabas de hacer que se me pare y no sólo aquí, pasó eso mismo en la boda. Por tu culpa tuve que correr al maldito baño como si fuera un pubelto.
—Ok, págame porque se te paró.
No supe si reír, cachetearla para que se le quite la borrachera o tomarla y mostrarle lo que acaba de provocar en mi.
La broma me irrita a lo grande.
—No bromees con eso.
—Ups —dijo, mirando hacia abajo—. Mira, se te paró de nuevo ¿o ya estabas así?—lo agarra con la mano y me la aprieta.
Sin pensarlo, me levanto de un tiro.
—¡No hagas eso! Si no, no me voy a contener—le apunto con el dedo.
—Ese es tu problema —responde, despojándose de la frazada que la cubría.
Mi mente estaba en caos.
¡¿Qué clase de mujer o "princesa" hacía algo así?! —pienso.
—¿Qué clase de princesa actúa de esta manera? —pregunto, furioso, sintiendo cómo la rabia se apoderaba de mí.
—La clase de princesa que nunca tendrás en tu cama —replica con un tono desafiante.