Alexa lo miró aún sosteniendo la tostada entre sus labios. ¿Por qué, de repente, Marcus se veía más atractivo que de costumbre? Sus mejillas se encendieron tan rojas como su propio cabello. —Buenos días —dijo Marcus con una sonrisa torpe, rascándose la nuca. Ambos parecían sentir una incomodidad nueva esa mañana. —Buen día… —intentó responder Alexa, pero tenía la boca llena de pan. Marcus soltó una carcajada suave. Se acercó y, con el pulgar, retiró unas migas de sus labios antes de aclararse la garganta. —¿Hay café para mí? Alexa asintió apresurada. —Está servido… Ya debe estar tibio. A ti no te gusta demasiado caliente. Marcus tomó la taza y, sin pedir permiso, le robó una tostada. —No es que sea quisquilloso —comentó—. Mamá siempre me lo servía así: ni muy frío, ni muy calien

