Lucas
Antes
El avión aterrizó con un suave bamboleo que apenas noté. Mis audífonos reproducían una de esas listas de canciones melancólicas que me recordaban a Aurora, a esos meses de verano en los que el tiempo se había estirado como caramelo, dulce y pegajoso. El adiós que nos dimos un mes antes había sido un nudo en la garganta. "Es lo mejor", habíamos dicho, con la madurez que creíamos poseer a los dieciocho. Pero el corazón, idiota, no entendía de lógicas adultas. Sentía una punzada, un eco de vacío en el pecho que intentaba ignorar, convencido de que la novedad de la universidad lo llenaría.
Mis padres querían que me quedara en un apartamento fuera del campus, "para tener más espacio, más privacidad", decía mamá. Pero yo quería la experiencia completa, lo que veías en las películas americanas: dormitorios ruidosos, pasillos llenos de vida, la sensación de estar en el centro de algo grande. Quería empezar de cero, lejos de la tensión silenciosa que se había instalado en casa entre papá y mamá, una tensión que había sido la excusa perfecta para no irme, hasta que Leia y Dan me convencieron. "Es tu futuro, Lucas. No dejes que los problemas de los mayores te frenen", me había dicho Leia, con esa sabiduría que parecía brotar de ella como de un manantial. Y Dan, con su pragmatismo habitual, "Vas a estudiar Mecatrónica, Lucas. Eres un genio para eso. No lo desperdicies."
Y aquí estaba.
El aire de Boston me recibió con un frío seco que me hizo ajustar la bufanda. El campus era enorme, una maraña de edificios de ladrillo rojo y árboles centenarios, con ese aroma peculiar a césped recién cortado y libros viejos. Parecía sacado de una postal. La mochila me pesaba al hombro, pero la emoción era más grande. Era una promesa. Una oportunidad de ser el Lucas que siempre había sido, pero libre de cualquier atadura.
Encontré mi dormitorio en la residencia East Hall, en el tercer piso. La puerta estaba entreabierta. Mi compañero de habitación, Will, ya estaba allí. Un tipo alto, con una maraña de pelo castaño claro y unos ojos curiosos que me inspeccionaron de arriba abajo.
—¿Lucas? —preguntó, con una sonrisa amplia que aligeró la tensión.
—El mismo —respondí, dejando caer mi maleta con un ruido sordo.
—Soy Will. Encantado. Llevo aquí desde ayer. ¿Te importa si dejo mi guitarra en la esquina? —Señaló un estuche desgastado en el suelo.
—Claro, no hay problema —Le sonreí, sintiendo un alivio tonto. Parecía un buen tipo. El cuarto era más pequeño de lo que imaginaba, con dos camas individuales, dos escritorios y un armario empotrado. Las paredes, pintadas de un color neutro, esperaban ser decoradas con la vida que pronto les daríamos. Desempaqué lo esencial, colgando algunas camisetas y organizando mis libros. Me gustaba el orden. Me daba una sensación de control, de que todo estaba donde debía estar.
Los primeros días fueron un torbellino de orientaciones, trámites y nuevas caras. Conocí a Nick y Henry en una de las sesiones obligatorias para estudiantes de ingeniería. Nick, con su energía inagotable y su risa contagiosa, y Henry, más callado, pero con una inteligencia aguda que se notaba en la forma en que analizaba cada palabra. Nos conectamos rápido. Los tres estábamos en la misma clase de Introducción a la Mecatrónica, y el simple hecho de compartir horarios ya creaba una especie de camaradería.
Y entonces llegó la Dra. Valeria Thorne.
La primera clase de Mecatrónica fue en un auditorio grande, con gradas y mesas para portátiles. La Dra. Thorne entró puntual, con un traje de sastre impecable y el pelo recogido en un moño estricto. Su mirada era penetrante, una especie de escáner que parecía analizar cada átomo en el aula. No sonrió. No hizo ninguna presentación amable. Simplemente, se paró frente a la pizarra, que ya estaba llena de ecuaciones complejas, y empezó a hablar.
Su voz era fría, precisa, casi monótona, pero cada palabra tenía un peso innegable. Hablaba de algoritmos, de robótica, de la intersección entre lo mecánico y lo digital con una autoridad que intimidaba. Era obvio que dominaba su campo, y el respeto en el aula era palpable, teñido de un miedo sutil. Se rumoreaba que era brillante, pero también implacable. Que no tenía paciencia para la mediocridad.
Y a los pocos minutos de esa primera clase, sentí su mirada posarse en mí. No era una mirada casual. Era una que se fijaba, que analizaba, que se quedaba un poco más de lo necesario. En ese momento, solo pensé que era porque yo era uno de los pocos que seguía sus explicaciones sin pestañear, quizás demasiado entusiasta. No era tan entusiasta como me gustaría, era más nerviosismo que otra cosa.
Los primeros días fueron un subir y bajar de emociones, estar sin mi familia, el intentar integrarme con mis compañeros de clase y mi compañero de habitación, tomar el ritmo de las primeras clases, todo era estimulante y me llevaba de un lugar para otro sin parar.
—Mi niño— mamá me acaricio las mejillas, sentía la cara roja como un tomate— ¿Seguro que no quieres que me quede más tiempo? Puedo cambiar el vuelo y quedarme unos días más. — envolví sus muñecas con mis manos y las alejé de mi rostro.
—Estoy bien, mamá— le di un abrazo, era raro ahora que me había vuelto más alto que ella. Pude sentir como sus lágrimas me humedecieron la camisa. —No hace falta que te quedes, papá está solo en casa— hice el comentario, necesitaba que me dijera algo, que mencionara a papá solo un segundo, pero solo se limitó a asentir.
—Está bien, Luk. Voy a volver a casa y regresaré tan pronto como pueda. — Nos separamos y quise preguntarle por qué no lo mencionaba, por qué no me decía que pasaba entre ella y mi padre, en vez de eso, solo dije:
—Sí, te avisaré cuando este libre, ya que de seguro estaré muy ocupado con las clases.
—Está bien— se limpió las mejillas húmedas, asintiendo frenéticamente— tú solo pásalo bien y estudia mucho, mucho cariño.
—Eso haré— nos dimos un último abrazo antes de dejarla partir. Una parte de mí quería irse con ella, volver a casa, a lo seguro. La otra parte estaba eufórica por todo lo que me esperaba estos próximos cuatro años.
Me quede esperando hasta que desapareciera, no quería que mirara sobre su hombro y yo ya me hubiera ido, luego tome mi mochila del suelo, giré sobre mis pies y me incorpore al resto de estudiantes que iban y venían. Tenía reunión de estudio en 15 minutos y no quería llegar tarde.