Lucas
Antes
El reloj en mi muñeca marcaba las siete y cuarenta y cinco. Las calles de Boston, bajo la luz mortecina de las farolas, se sentían extrañamente silenciosas. Cada paso resonaba con una inquietud creciente en mi pecho. ¿Por qué había aceptado? La pregunta rebotaba en mi cabeza, una y otra vez. Había tenido la oportunidad de decir no, de inventar una excusa. Era fácil en teoría darme media vuelta y volver a la residencia, pero en la práctica era condenamente difícil, la Dra. Thorne tenía una forma de hacer que sus peticiones sonaran como órdenes, incluso cuando las disfrazaba de sugerencias. Y la vergüenza, la necesidad de ser "el alumno brillante" a toda costa, me había amordazado. Me tenía horrorizado lo fácil que ella podía manipularme.
La dirección que me había dado la llevaba a un barrio residencial elegante, con casas antiguas de piedra y jardines impecables. La suya era una de esas mansiones imponentes, con una fachada oscura que parecía absorber la poca luz que quedaba. No había ni una sola luz encendida, excepto una tenue en el porche. Me sentí como un intruso, como si estuviera a punto de desenterrar un secreto que no me correspondía.
Toqué el timbre, el sonido resonando en el silencio de la noche. Pasaron unos segundos. Luego, la puerta se abrió.
Allí estaba. Pero no era la Dra. Valeria Thorne que conocía del aula.
Llevaba un vestido de seda oscuro que le llegaba hasta las rodillas, con un corte que insinuaba sus formas sin ser provocativo. Su cabello, normalmente recogido en un moño estricto, caía en suaves ondas sobre sus hombros. Su rostro, que en la universidad era una máscara de frialdad y exigencia, ahora mostraba una sonrisa. Una sonrisa real. Cálida. Una sonrisa que nunca le había visto.
—Lucas. Has llegado. Pasa, por favor. —Su voz también era diferente. Suave, melódica, sin la aspereza metálica que la caracterizaba.
El interior de la casa era sorprendente. No era el austero estudio que imaginaba, sino un espacio decorado con muebles antiguos, cuadros impresionantes y una chimenea donde crepitaban algunas brasas, desprendiendo un calor reconfortante. El aroma era a madera y a algo dulce, quizás vainilla. Me sentí desorientado. Era un contraste tan brutal con la figura que proyectaba en la universidad que por un momento pensé que me había equivocado de casa.
—Ponte cómodo —dijo, cerrando la puerta detrás de mí. El sonido se sintió final, absoluto—. ¿Te apetece una copa de vino? Estoy preparando la cena.
¿Cena? Había pensado que sería una sesión de trabajo de un par de horas, con suerte. No una invitación a su mundo privado. Asentí, todavía en shock. Ella me ofreció una copa de un vino tinto intenso y me guio hacia una pequeña sala de estar.
Hablamos; de música, de libros, de la ciudad. Era la conversación más normal y personal que habíamos tenido. Ella se mostró atenta, hacía preguntas sobre mis gustos, mis hobbies, sobre cómo me sentía adaptándome a la vida universitaria. Me reía, aunque mis respuestas eran algo torpes, sin saber qué decir. Me sentía atrapado en una especie de sueño irreal. Esta mujer, la temida Dra. Thorne, era… agradable. Incluso coqueta. Yo no tenía ninguna situación con la que comparar esto que estaba pasando, no había experimentado nada como esto, estar solo con una mujer mayor, que obviamente estaba intentando coquetear conmigo. Solo había estado como una chica en toda mi vida, y nuestros encuentros se podía clasificar como vainilla de la más pura, porque aunque estuvimos algunas situaciones subidas de todos, me consideraba virgen para el sexo.
La cena fue un plato de pasta casera, que estaba exquisita. Estaba bien jodido, porque me sentí incómodo, pero también extrañamente relajado bajo su mirada cálida. Ella me servía, me ofrecía más vino. Me sentía el centro de su atención, de una manera que nunca había experimentado con un adulto que no fuera de mi familia. Y esa atención, tan diferente a la fría exigencia de las clases, se sentía… poderosa. Peligrosa.
Después de la cena, nos sentamos en el sofá. El fuego de la chimenea proyectaba sombras danzantes en la pared. El ambiente era íntimo, demasiado íntimo. Ella se acercó un poco más.
—Lucas —su voz era un susurro, apenas audible por encima del crepitar de las brasas—. Eres… diferente. Tienes una inocencia, una inteligencia, que me atrae.
Mi corazón se aceleró. No entendía. No quería entender. Mi mente, ingenua y sin experiencia en este tipo de situaciones, no sabía cómo procesar lo que estaba escuchando. ¿Atracción? ¿Ella? Era mi profesora. Quería huir. Desesperadamente.
—He estado pensando en ti desde que llegaste a mi clase. Hay algo en ti… una luz. Y no puedo evitar sentirme atraída. —Se inclinó hacia mí, su aliento cálido rozando mi mejilla, estaba tan paralizado en mi sitio —. Quiero tener una relación contigo, Lucas. Fuera de la universidad, claro. Algo… nuestro.
Mi mente se paralizó. ¿Una relación? Con ella. Mi profesora. Era una locura. Estaba mal. Mi conciencia gritaba, pero la voz, el tono sedoso, el contacto visual intenso, me tenían paralizado. Me sentía abrumado, confundido. ¿Qué se suponía que debía hacer? Nunca había estado en una situación así. Mi relación con Aurora había sido pura, sencilla, juvenil. Esto era… otra cosa. Algo oscuro y complicado. Trague el nudo de la garganta, ¿cómo podía rechazar a mi profesora sin que me afectara luego?
Ella se acercó aún más, sus ojos fijos en los míos. Su mano se posó en mi rodilla, un toque ligero que, sin embargo, se sintió como una corriente eléctrica. Y entonces, sin esperar respuesta, se inclinó y me besó.
No fue un beso tierno. Era un beso exigente, que no dejaba espacio para la duda o el rechazo. Me sentí congelado, mi cuerpo respondiendo con un terror silencioso mientras mi mente luchaba por procesar lo que estaba sucediendo. Sus labios se movían sobre los míos, sus dedos acariciaban mi mejilla, luego mi cuello. Yo solo estaba allí frío, sin poder moverme del miedo.
—Bésame, Lucas. Tócame. —Su voz era un susurro en mi oído, una orden disfrazada de súplica. Cerré los ojos asustado, no, más bien los apreté con toda la fuerza que era permitida.
Mi cuerpo no reaccionó. Estaba paralizado.
—Abre los ojos, Lucas— tomé algunas respiraciones temblorosas antes de poder tener el valor de abrir los ojos. Ella se separó, sus ojos fijos en los míos, con una mezcla de expectativa y algo más, algo que no pude nombrar. Sentí un miedo frío instalarse en mi estómago. No era la Dra. Thorne, la profesora. Era algo más. Algo que me consumía.
—Yo…— me pasé la lengua por los labios, porque estaban secos— lo siento. No puedo, usted es mi profesora, y yo…— sus ojos se volvieron fríos y distantes. Me miró los labios unos segundos, para luego volver a mirarme a los ojos. Me puse de pie con el cuerpo temblando por el miedo. Ella también se puso de pie —Tengo que irme— susurré.
—¡Oh, no! Todavía no te vas— dio un paso más cerca de mí, no sé si era el vino, el miedo, pero la cabeza empezaba a darme vueltas. —Acabamos de empezar. Siéntate— puso su mano en mi pecho y me empujo para que me vuelva a sentar. Caí en el sofá, con el corazón yéndome a mil por horas. —No te he dado el permiso de irte— su voz ahora era autoritaria, como la que usaba en clases. Se dio vuelta y fue hasta el bar a rellenar las copas. —Nuestra noche todavía empieza.— Cuando se giró, estaba sonriendo, una sonrisa que me puso todos los pelos de punta. Me tendió una copa, no quería aceptarla, pero sabía que la cosa no iba a ir a bien si no la aceptaba. La tomé entre mis dedos temblorosos— Necesitas relajarte. Toma un poco de vino.— Como quería que aquello terminara de una vez, me tome todo el contenido de un trago. Me cayó como un puño en el estómago. —No era así como debías tomártelo, pero al final de la noche es el mismo objetivo.
—¿Qué?— pregunte con la voz pastosa. Ella solo sonrió.
No sé qué paso después, la visión se me empaño, la lengua me pesaba, mi cuerpo se sentía como gelatina, la copa se me cayó de la mano que la sostenía, intenté levantarme del sofá para cogerla antes de que se estrellara en el piso, pero al levantarme toda la habitación empezó a darme vueltas.
—Parece que al tomártelo todo de golpe fue más afectivo— Quería volver a sentarme, pero no pude, tampoco me podía sostener en pie. Un escalofrío me recorrió la espalda, muy dentro de mí reconoció lo que me estaba pasando, me había puesto algo en la bebida. Iba a desmayarme, creo que el corazón se me detuvo. Intente volver a sentarme, las piernas me fallaron y termine en el piso.
…
Me dolían las muñecas, fue lo primero que sentí cuando abrí los ojos. El fuerte dolor en las muñecas, intente moverme para acariciarme las muñecas, pero no podía moverme. El pánico se apoderó de mí y me inyecto una dosis de adrenalina, que me hizo sentarme, pero algo tiro con fuerza de mis brazos hacia atrás, estaba atado de las muñecas y estaba desnudo.
—¿Pero qué rayos?— me dolió la garganta cuando hable. Estaba en una enorme cama, en una habitación pintada de azul oscuro, la luz era tenue, no sabía cuanto tiempo estaba allí. —¿Hola?— llamé, necesitaba toma agua o algo que me aliviara la garganta. Tire de las cadenas para intentar liberarme de las muñecas, no sucedió. —¿Hola?— llamé más fuerte, esta vez escuché pasos en el pasillo, el corazón se me acelero cada vez más rápido, mientras los pasos se acercaban. La puerta se abrió. No quería que quien estuviera allí me viera, estaba desnudo, mi boca se abrió cuando la Dra. Thorne entro en la habitación, estaba vestida con uno de sus atuendos de ir a la universidad.
—Despertaste— esa sonrisa me puso de los nervios.
—¿Qué pasa? ¿Por qué estoy aquí?— no quise decir lo que era obvio. Ella empezó a caminar en mi dirección. La seguí con la mirada, se sentó a mi lado en la cama, levanto su mano derecha y me toco la mejilla, tenía tanto asco en ese momento que creo que podía vomitar, su mano me toco toda la cara.
—Eres tan guapo— susurró, sus ojos recorrieron toda mi cara. —¿Qué voy a hacer contigo?— sus ojos bajaron de mi rostro a mi cuerpo, estaba tan avergonzado y asustado. Se pasó la lengua por los labios pintados de rojo— Ya veremos— me paso las uñas por la pierna y por instinto la alejé de ella, su rostro se quedó sin expresión. —¿Con qué así te vas a comportar?— se levantó de un movimiento y empezó a alejarse de la cama.
—Por favor, tengo que irme— dije, suplicando.
—¡Oh, no vas a ir a ninguna parte!— fue todo lo que dijo antes de salir de la habitación y cerrar la puerta tras de ella.
La locura mezclada con el pánico se apoderaron de mí, empecé a tirar de las banderas, necesitaba liberarme, grite todo lo que pudo, pero nadie vino a ayudarme. No sé cuando tiempo tuve allí tirando y gritando. En algún momento quede tan agotado que me volví a dormir.
No sé como, ni cuando, pero en algún momento, el sonido de mi celular me despertó, desorientado, abrí los ojos, busque mi celular con la mirada, reconocí mi habitación en la residencia estudiantil, me senté rápido en la cama y todo me dio vueltas, me dolía todo el cuerpo, localice mi mochila en el piso, el sonido del celular venía de allí, gatee sobre la cama y alcance la mochila, rebusque en ella hasta dar con mi celular, me quede congelado cuando vi quien me llamaba. Yo no tenía el número de la Dra. Thorne agendado en mi celular, lo que me dejo todavía peor era la fecha, era domingo en la noche, habían pasado dos días, dos días en lo cuales no había conciencia, ni autoridad sobre mí, sobre mi cuerpo, dos días sin recuerdos de nada. La llamada se acabó y en seguida me llego un mensaje con una foto, con las manos temblando, desbloqueé el aparato y entre a la app de mensajería, leí el mensaje: No puedes decirle a nadie lo que paso, o publicaré todo lo que tengo de ti, y cuando yo te llame tienes que atender el teléfono sin importar la hora o día que sea. Trague el nudo de mi garganta y casi vomito, si hubiera tenido algo en el estómago, habría vomitado allí mismo. Era yo, en la foto adjunta, era yo desnudo, y ella acostados sobre aquella cama, ambos desnudos.