Lucas
Ahora
El sol se filtraba por la ventana, de mi habitación, la luz parecía apenas disipar las sombras. Habían pasado semanas desde la fiesta de compromiso de Leia. Semanas que se sentían como años, atrapado en un bucle de insomnio, ansiedad y el constante recordatorio de que mi infierno no había terminado. La botella de whisky de aquella noche en la playa había sido solo el inicio de una huida que se volvía cada vez más inútil.
Desde el primer correo electrónico, mi estómago se había encogido en un nudo permanente. Cada notificación de mi teléfono, cada parpadeo del portátil, me hacía saltar. Imágenes que había luchado por borrar, momentos de humillación y terror, parpadeaban en mi mente como destellos macabros. La Dra. Valeria Thorne, la mujer que había desmantelado mi vida pieza por pieza, estaba de vuelta. Y no venía a disculparse.
Los mensajes se hicieron más frecuentes, más personales, más amenazantes. "Sé dónde estás. Te veo." "Nadie tiene que saber nuestro pequeño secreto, Lucas. Pero si quieres mantenerlo, tendrás que cooperar." Su nombre, su voz, su fría determinación, se habían vuelto a instalar en cada rincón de mi conciencia. Volvieron las pesadillas, vívidas, horribles, dejándome empapado en sudor frío y gritando en el silencio de la noche. Me despertaba con la garganta seca, la boca amarga y el cuerpo tembloroso. Las arcadas mañaneras se hicieron una constante. La comida se me atragantaba, el recuerdo de esos días, sin probar bocado, atado y hambriento, se pegaba a cada bocado.
Mis padres, Remy y Arturo, habían intensificado su vigilancia. Mamá, con esa mirada suya que lo veía todo, especialmente el dolor. No decía nada, pero su mano se posaba en mi brazo con más frecuencia, sus preguntas sobre mi apetito eran más insistentes. Papá, más silencioso, pero igual de observador, me seguía con la vista por la casa. Sentía su preocupación como un peso adicional.
Una mañana, el plato de tostadas y huevos que mi madre me había dejado en mi mesa permaneció intacto. No pude tragar ni un bocado. Me sentía náuseas, con una urgencia que me hizo correr al baño, donde mi cuerpo se retorció en arcadas vacías. Cuando volví a la habitación, mi madre estaba de pie junto a la cama, sus ojos fijos en el plato sin tocar.
—Lucas, esto tiene que parar —su voz era suave, pero firme. Había una sombra en sus ojos que reconocí, una melancolía profunda que me recordó a una historia que mi abuela Lena me había contado una vez, hace mucho tiempo, sobre la juventud de mamá.
—Estoy bien, mamá. Solo… no tengo hambre.
Se acercó, su mano fría se posó en mi frente. —No estás bien. Llevas semanas sin dormir, apenas comes. Estás perdiendo peso, hijo. No eres el mismo.
Las palabras de Remy me golpearon. Sabía que ella tenía razón, pero la vergüenza y el miedo me impedían abrirme. Sentía que el cerco se estrechaba. Necesitaba aire. Necesitaba escapar, al menos por un tiempo, de esas miradas cargadas de preguntas sin respuesta.
Así que, una madrugada, cuando todos dormían, empaqué lo esencial. No dejé una nota. No pude. Subí al coche con el motor en marcha y conduje. Conduje sin rumbo fijo al principio, hasta que la idea de la casa del campo de la abuela Lena, esa vieja casona familiar rodeada de naturaleza, se instaló en mi mente. Era un lugar donde siempre me había sentido seguro, donde el tiempo parecía ralentizarse. Un lugar donde, con suerte, podría estar solo.
Cuando llegué, la casa estaba abierta. Me sorprendió encontrar el coche de Leia y Martín. No recordaba que se hubieran quedado aquí. El alivio se mezcló con una punzada de decepción. No estaba solo.
La encontré en la cocina, preparando café. Leia, con su cabello revuelto y una camiseta de Martín, levantó la vista, sus ojos se abrieron en sorpresa.
—¿Lucas? ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien? —Se acercó de inmediato, su mano buscando mi frente, su preocupación palpable.
—Sí, estoy bien. Solo… necesitaba un cambio de aire. Pensé que la casa estaría vacía.
Martín apareció por el pasillo, su rostro relajado se tensó al verme. —Lucas, ¿qué pasó? ¿Está todo bien?
La insistencia de sus preguntas me asfixió. Era el mismo patrón. La misma presión silenciosa. Sentí el impulso de correr, de esconderme en la oscuridad. Me disculpé con un murmullo y subí al que siempre había sido mi cuarto, el más alejado, con una vista al río.
Las horas se arrastraron. Pasé los días solo, en la antigua casa familiar, vagando por los pasillos, sentándome en el porche, y, sí, emborrachándome para intentar borrar de mi mente todas aquellas horas que estuve atado. El alcohol era un velo espeso que me permitía un par de horas de paz, un olvido temporal de las imágenes que me atormentaban. Quería dormir una noche de corrido sin despertarme a media noche, gritando por las pesadillas, sin vomitar la comida que me caía mal, porque no dejaba de verme allí sufriendo y solo. Muerto de hambre por días.
Leia intentó acercarse, pero la evitaba. No quería ver su dolor. No quería que ella sufriera por mí. Martín, en cambio, era una presencia constante, una sombra discreta. Me buscaba, me ofrecía café, me preguntaba si necesitaba algo. No se rendía. Sabía que me encontraría, incluso si me escondía en los lugares más recónditos.
Un día, me encontró. Estaba a orillas del río, la botella casi vacía a mi lado, la cabeza dándome vueltas. Martín se sentó a mi lado, sin decir nada al principio, solo sintiendo el frío de la arena, el murmullo del agua. Leia había vuelto a Londres por un trabajo, pero él se había quedado, cuidándome, aunque yo no lo pidiera.
—Lucas —su voz era suave, casi un suspiro—. Has estado ahogándote en esto.
Y entonces, las palabras fluyeron. No supe cómo, no supe por qué, pero el dique se rompió. Le conté todo. Los recados, los castigos, el encierro, la humillación, la presencia de otros… La Dra. Thorne. Cada detalle, cada tortura, cada cicatriz en mi alma. Cuando terminé, el silencio del campo se sintió aún más pesado.
Martín estaba destrozado. Sus ojos, normalmente tan cálidos, estaban llenos de una furia contenida y un dolor que era casi palpable.
—Lucas… —su voz era apenas un hilo—. Déjame ayudarte. Por favor.
Le pedí que no le contara a nadie. El secreto era mío, el peso era mío. No podía cargar a nadie más con esa oscuridad. La vergüenza me quemaba por dentro, la idea de que mi familia, mi madre, supieran lo que me había pasado… era insoportable. Martín asintió lentamente, su promesa implícita en la intensidad de su mirada.
—Entiendo que no quieras hablar con ellos ahora. Lo entiendo. Pero esto es… esto es mucho, Lucas. No puedes llevar esto solo. Ya has visto lo que está pasando. —Señaló mi botella de whisky, luego mi rostro demacrado—. Has estado hundiéndote. Y me parte el alma verte así.
Sentí una punzada de culpa. Había estado tan absorto en mi propio dolor que no había reparado en el suyo.
—No sé qué hacer, Martín. No puedo… no puedo salir de esto. Lo he intentado.
—No tienes que hacerlo solo. Si no puedes contárselo a Leia, a tus padres… entonces déjame ayudarte a buscar a alguien más. Alguien que entienda. Tengo una amiga, es psicóloga. Es discreta, buena. Por favor, Lucas. Piensa en esto. Por lo menos, piénsalo.
La idea me revolvió el estómago. ¿Un psicólogo? ¿Hablar con un extraño sobre lo más íntimo y humillante de mi vida? Era lo último que quería. Mi orgullo, lo poco que quedaba de él, se resistía con todas sus fuerzas. Pero la desesperación en los ojos de Martín, la sinceridad de su súplica, era difícil de ignorar. Y él era el único que sabía. El único que me había encontrado en mi punto más bajo.
—No… no lo sé —murmuré, mirando mis manos.
—Solo una consulta, Lucas. Una para empezar. Si no te gusta, no volvemos. Pero inténtalo. No tienes nada que perder y sí mucho que recuperar. Te prometo que si aceptas ir, no le diré nada a nadie. Este será nuestro secreto. Te lo juro.
Su promesa era un bálsamo. Saber que no le diría a mi familia, que no se sentirían culpables, que no me mirarían con lástima… Eso era lo que necesitaba escuchar.
—Está bien —dije, casi en un susurro, sintiendo que una parte de mí se quebraba al ceder, pero otra, una parte muy pequeña y asustada, se aferraba a la posibilidad de un escape—. Lo haré. Solo para que no tengas que decírselo a nadie.
Martín me miró, una chispa de alivio encendiéndose en sus ojos, aunque supo leer mi intención. Sabía que mi aceptación era una tregua, no una rendición. Pero era un primer paso. Un paso fuera de la oscuridad de mi propia mente.