Sus manos temblaban como nunca antes le había ocurrido. El maquillaje amenazaba con c******e si no contenía sus lágrimas y su cabello de aquel color estridente con las mariposas adosadas a él parecía pesar más de lo que recordaba. Sin embargo, ella estaba feliz. Lo había logrado, había salido de su departamento con una capucha oscura dispuesta a escapar de las cámaras amenazantes y no se había cruzado con ninguna. Había llegado al teatro con su mirada presta a responder cualquier pregunta, pero tampoco las había recibido. Los pasillos se veían igual que en sus anteriores funciones, Pablo continuaba con sus exageradas muestras de cariño y Rita la alababa como si fuera dueña de una belleza que ella misma no creía. El monstruo no existía. Su mente había fabricado escenas que nunca iba

