Pasado el instante de arrebato, en el que Rocío había arrancado el acolchado para hacerlo un bollo y enterrarlo en el fondo de su vestidor, el dolor y la vergüenza se habían apoderado de ella, llevandola a hundirse en su propia pena. Lloraba sin consuelo, se había puesto un sweater enorme que le llegaba hasta las rodillas sin molestarse siquiera en buscar su ropa interior. ¿A quién iba a molestarle? Estaba sola, sola de nuevo, como siempre en su vida. Sola luego de haberse lanzado al vacío con los ojos demasiado abiertos para que el momento exacto en el que se estrellaba quedara grabado en su retina. El reproche de Mauro resonaba en su mente, haciendo eco de las réplicas. No había estado a la altura, eso era de lo único de lo que estaba segura. Había delatado su falta de experiencia, i

