La viralización de aquel video había llegado a lugares insospechados y pese a su mala intención de intentar burlarse de las familias adineradas y el prestigio de aquel exclusivo lugar, unos ojos negros se habían cargado de una furia desconocida hasta ese momento. Mauro miraba la pantalla y no terminaba de creerlo. Aquel mensaje en la puerta de su casa había llegado demasiado tarde. Cuando consiguió un nuevo teléfono y se comunicó con la única persona en la que confiaba de su barrio, un amigo de la infancia que siempre lo había adorado, todo se había precipitado. . MONO, SI NO TE ENTREGAS IRÉ POR TU RUBIECITA . Mauro seguía leyendo aquellas palabras mientras se lamentaba por haberla abandonado. Ya no era el Mono, su nombre tenía un nuevo valor ahora, uno que debía honrar, justamente

