Tony Marino veía a la multitud congregarse en el cementerio en tanto que los feligreses no quitaban ojo a la construcción del muro una vez terminado el servicio religioso. Observaban al principio, posiblemente tan confusos como él lo estaba de lo que estaba sucediendo. Pero entonces, un joven se lanzó a la alambrada en un vano intento de escapar. Un soldado le golpeó con la culata de su fusil en la sien y el muchacho cayó al suelo. Una rubia trató de ayudarle, pero la empujaron, lastimándose aparentemente su tobillo. Marino sabía que ella lo había visto. Sus ojos se encontraron, ambos se miraron, preguntándose por qué el destino los había puesto en lados opuestos de la alambrada: uno que placía de libertad, mientras a la otra se la denegaban. A Tony le curioseaba saber quiénes componían a

