Kirstin, renqueante de su tobillo lastimado, regresaba a casa. Se apoyaba en el Dr. Werner, en tanto que Steiner caminaba a su lado prestando ayuda adicional. — ¿Te duele? —preguntó Steiner—. —No, un dolorcillo —respondió Kirstin—. Seguro que está bien. —No creo que esté fracturado —dijo el Dr. Werner—, pero le echaré un vistazo con más detenimiento cuando lleguemos a casa. Aproximándose a los límites del cementerio, Steiner retrocedió unos pasos y volvió a mirar la alambrada de púas. —Mejor será que me quede cerca de la frontera —les dijo él—. Por si alguien más intenta escapar. Kirstin, curiosa por ese repentino interés en sus compañeros feligreses, se dio la vuelta. Era como si estuviese observándoles al tiempo que parecía observarla a ella. —Ten cuidado —advirtió Kirstin—. Y no pe

