El Dr. Jacob Werner vivía en el edificio de un moderno apartamento construido tras la guerra. Tenía cuatro pisos de alto, una construcción anticuada de acero mediocre y hormigón. Grandes baldosas bajo las ventanas realzaban el diseño, cada cual de un color: lima, cobalto, ámbar y crema. Todos los pisos eran iguales, del mismo tamaño y comodidades afines. El alquiler lo subvencionaba el Estado, así que la mayoría de los residentes pagaban los mismos honorarios mensuales. Aunque los inquilinos tenían ocupaciones varias, y el Dr. Werner era un destacado médico, sus salarios coexistían, con independencia de sus profesiones, básicamente iguales. Werner acostumbraba a cavilar en el largo trayecto que había recorrido, los años en la Facultad de Medicina y prácticas, para luego servir en el ejérci

