Marino, para asegurarse de que iba con tiempo suficiente, salió a la 1 de la madrugada. Un guardia parado echando un cigarrillo o reaccionar ante un animal sin dueño. No podía correr ese riesgo. En todo caso, tampoco podía presentarse demasiado pronto. Aumentaría el peligro de que algún guardia se encontrase con una infracción fronteriza. Temblaba al salir del apartamento. Había estado más de una hora de un lado para otro en el piso, recreando en mente lo que iba a ocurrir, preocupado no tanto de él mismo, sino de las siete almas que confiaban sus vidas a él. Abandonó el edificio y accedió a la callejuela que daba a la fábrica de ladrillos. Avanzó lentamente por la oscuridad hasta alcanzar la parte trasera. Asomándose desde la esquina llegaba a ver la pared de piedra del cementerio a unos

