Karl Hofer revisaba un expediente que describía los intentos de fuga desde el cierre fronterizo. Algunos, que eran ingeniosos y creativos, les daba envidia por el coraje, planificación o intelecto que los había llevado a desarrollarlos. Otros se basaban en descarga de adrenalina, un intento temerario para cruzar la frontera, a menudo contra posibilidades insuperables. Se preguntaba qué llevaba a la gente a correr riesgos tan grandes —y extraordinarios—, conscientes de la posibilidad de perder la vida, solo por el gustillo de la libertad o lo que creían conocer de ella. Berlín Occidental tal vez fuese peor que la Oriental. O, es posible —se preguntaba a veces—, que no lo fuese. Hojeando entre las páginas descubrió que, mientras había intentos que se asemejaban, otros eran únicos. Los métod

