Marino volvía al centro de refugiados para encontrarse de nuevo con Johann, el estudiante universitario que había huido de Berlín Oriental. Tras unos minutos de cumplidos en el recibidor de la oficina principal, entró un hombre mayor, algo encorvado, canoso y gafas redondas. —Este es Otto —dijo Johann. Marino le estrechó la mano al hombre. —Yo soy Tony Marino. —Es el americano del que te hablé —dijo Johann. —Gracias por acceder a recibirme —expresó Marino. —El placer es mío —respondió Otto. —Por favor, acompáñame. Johann se dirigió a la salida. —Os dejo para que habléis del asunto —dijo con un gesto. —Gracias, Johann —gritó Marino mientras Otto lo acompañaba a una oficina cercana. El espacio era práctico, un escritorio con algunos archivadores metálicos y una mesita ovalada flanque

