Eran exactamente las 7.30 cuando Kirstin entraba por la puerta principal de su casa adosada. Steiner se sentaba en el salón escuchando su programa de actualidad favorito de radio. Miró la puerta al abrirse, se levantó de su sillón y se acercó a ella. — ¿Qué pasó? —preguntó—. Me estabas preocupando. —Te dejé la cena en un plato en el frigorífico —dijo ella—. ¿No lo has calentado? —Sí, lo calenté, pero de eso hace casi dos horas. ¿Dónde te habías metido? —Te dije que podría hacer cola —dijo—. Y vi una amiga de la editorial, así que paramos a tomar una copa de vino y comer algo. — ¿Has cenado? —preguntó, aparentemente relajado. —Sí, he cenado —respondió. Luego, Kirstin rebuscó en su bolso para sacar cosméticos que llevaban allí tres semanas. Bien sabía ella que Steiner no notaría la dif

