El rostro de Aura estaba pálido y sus ojos temblaban incrédulos, casi asustados, la chica que se sintió descubierta no pudo más que boquear intentando justificar su presencia en el lugar, pero Barbara, a pesar de encontrarse tan cansada, conservaba rastros de la astucia que siempre la caracterizó. —Lo sabes, ¿eh? La cobriza apretó su cartera entre los dedos de sus manos, cerró sus ojos despacio y dejó escapar el aliento con suavidad, todavía sintiendo a su corazón oprimido latir fuertemente. —Creo tener idea— confesó segundos después, viéndola con incredulidad. Barbara y ella siempre estarían lejos de ser amigas, pero en ese momento, era la única que podía ofrecerle las respuestas que necesitaba — ¿Ella está…? – —¿Muriéndose? — la rudeza con la que soltó esa palabra la de largo pelo l

