Tenía que hacer ver al Marqués que podía ser feliz con Carolina, aunque no conociera el maravilloso éxtasis del verdadero amor. Debía olvidarse de ella misma, pero no podía evitar sobresaltarse apenas oía el sonido de una puerta al abrirse, no podía contener el ansia de escuchar de nuevo aquella voz, de ver otra vez los anchos hombros del Marqués, y su rostro, del que creía conocer cada línea y cada expresión. Pero no había señales de Su señoría cuando bajó. Cuando esperaba en el salón por la Duquesa, Carolina llegó corriendo y abanicándose, tocada con su mejor sombrero. —¡Querida, acabo de enterarme que Su Señoría acaba de irse a Epsom!— dijo en voz baja—. Estará ausente todo el día inspeccionan do los caballos que allí se entrenan. Yo también voy a salir. Trata de que la Duquesa no so

