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Los días que me faltas

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Descripción

Arabella siempre ha creído que el amor verdadero se construye con paciencia, recuerdos compartidos y pequeños gestos diarios. Pero después de mudarse a Boston para seguir a Nathaniel, su esposo, descubre que incluso el amor más intenso puede perderse entre silencios y ausencias.

Cuando Nathaniel olvida su cumpleaños, Arabella se enfrenta a la cruda realidad de que su felicidad a veces queda en segundo plano frente a su vocación y sus propias prioridades. Sin embargo, una llamada tardía y un gesto inesperado podrían cambiarlo todo: flores, regalos y promesas de noches perfectas, aunque la vida siempre tenga su manera de interponerse.

Entre decepciones, reconciliaciones y momentos que desbordan ternura, Arabella y Nathaniel deberán aprender a encontrar el equilibrio entre el amor, la espera y las decisiones que marcan sus vidas. Una historia donde cada minuto cuenta, y donde cada gesto puede salvar o romper un corazón.

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Capítulo 1 – Los minutos que pesan
Había encendido las velas antes de que el reloj marcara las siete. La mesa estaba perfecta: los platos alineados, la vajilla reluciente, la copa de cristal que tanto le gustaba a Nathaniel, y un pequeño ramo de flores blancas en el centro, como un gesto silencioso de cariño. Todo listo para mi cumpleaños. Todo listo para él. Esperé. Primero pensé que llegarían tarde por el tráfico, luego por alguna guardia de último minuto en el hospital. Sabía que su trabajo era importante, que salvaba vidas. Lo sabía… pero no podía evitar que un nudo se formara en mi estómago con cada minuto que pasaba. Revisé el teléfono por tercera vez. Ningún mensaje. Ninguna llamada. Solo el silencio de su ausencia y el eco de mis propios pensamientos. Me pregunté, por un instante, si alguna vez pensaba en mí mientras sus manos estaban ocupadas en otra vida que no era la mía. Encendí otra vela por inercia, como si el humo pudiera llevarle mi paciencia y mi tristeza. Recordé la primera vez que lo vi, aquel día en la librería, cuando mi libro y su confusión se cruzaron entre los estantes. Él había comprado un ejemplar sin saber que yo era la autora, y la chispa que sentimos entonces parecía tan fácil, tan posible… antes de que la vida nos mostrara que amar a alguien como Nathaniel no era solo recibir, sino aprender a esperar. El reloj avanzó. Yo avanzaba conmigo misma entre pensamientos de esperanza y resignación. Cada sonido de un coche que pasaba por la calle me hacía saltar, esperando que fuera él. Cada minuto que pasaba sin su llegada se sentía como un recordatorio de que no bastaba con amarlo; no bastaba con preparar todo con esmero, con esperar, con mantener la ilusión intacta. Finalmente, dejé que mi cabeza cayera sobre la mesa, apoyando los brazos sobre el mantel. Las velas titilaban, y su luz parecía burlarse de mi soledad. Respiré hondo y traté de convencerme de que no importaba cuántos días pasaran así, él seguía siendo el hombre que amaba. Pero esa noche aprendí, otra vez, que el amor no siempre llega a tiempo. Nos habíamos mudado a Boston hacía casi un año. Nathaniel había recibido una oferta que no podía rechazar: cirujano principal en uno de los hospitales más prestigiosos de la ciudad. Yo había aceptado con entusiasmo al principio, emocionada por el cambio, por la idea de comenzar de cero. Pero ahora, sentada frente a esta mesa impecable, comprendí que la ciudad brillante y las calles empedradas de Boston no eran suficientes para llenar los vacíos que dejaba su ausencia. Recuerdo que cuando llegamos, me deslumbraron los edificios altos y los barrios antiguos, los cafés con aroma a pan recién horneado y las librerías que parecían salidas de un sueño. Pensé que aquí encontraría mi lugar también, que Boston no solo sería la ciudad de su éxito, sino también la mía. Me equivoqué. Nathaniel prosperaba, brillaba, salvaba vidas, y yo… aprendía a contar los días que me faltaba. A veces, mientras caminaba sola por las calles, me preguntaba si estaba equivocada por haberlo seguido. Si debía haber puesto mi felicidad primero, aunque significara dejarlo. Pero entonces me encontraba frente a su bata blanca, frente a su mirada que podía ser tan cálida y devastadora al mismo tiempo, y me recordaba por qué lo amaba tanto. Por qué había elegido Boston. Por qué seguía esperando. El sonido de la lluvia golpeando las ventanas hizo que girara la cabeza hacia la calle vacía. Él no llegaría pronto, lo sabía. Y mientras encendía otra vela, me dije que, aunque Boston me ofreciera mil oportunidades, ninguna sería suficiente para llenar los días que me faltaban. Mientras la lluvia seguía golpeando las ventanas, mi mente me llevó de regreso a otro día que parecía tan lejano como imposible: nuestro día de boda. Lo recordaba con una claridad dolorosa y dulce a la vez. Habíamos decidido casarnos en una pequeña capilla al borde del río, rodeados solo por unos pocos amigos y familiares cercanos. Nathaniel estaba impecable con su traje oscuro, la corbata perfectamente anudada, el cabello ligeramente despeinado como siempre, que me hacía sonreír incluso mientras caminaba hacia él. Yo llevaba un vestido blanco que parecía flotar sobre el suelo, y mientras avanzaba por el pasillo, sentí que mi corazón latía tan rápido que temí que él pudiera escucharlo desde donde estaba. Recuerdo la manera en que me miró cuando llegué al altar: esa mezcla de amor profundo y nerviosismo, como si toda su vida se resumiera en ese momento. Sus manos temblaban ligeramente al tomar las mías, y yo no podía apartar la mirada de sus ojos grises, que parecían reflejar todo lo que éramos y todo lo que esperaríamos ser juntos. El sacerdote habló, nosotros dijimos nuestros votos, y yo prometí amarlo en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en los días de alegría y en los de tristeza. Nathaniel me prometió lo mismo, con esa seriedad que lo caracterizaba, y en ese instante juré que nada, ni siquiera el tiempo ni la distancia, podría separarnos. Después vino la celebración: risas, música, bailes torpes y besos robados entre familiares que no dejaban de felicitarnos. Nathaniel y yo reímos hasta que nos dolieron las mejillas, y por un momento, todo parecía perfecto. Todo parecía nuestro. Pero mientras hojeaba los recuerdos en mi mente, la realidad de esa noche volvió a mí como un golpe silencioso: la perfección había sido efímera. Nathaniel estaba ausente más de lo que estaba presente. Su trabajo, que tanto amaba y respetaba, nos había robado minutos, horas y días enteros. Y aunque lo entendía, y aunque aún lo amaba, no podía evitar que la nostalgia se mezclara con un dolor sordo. Me apoyé contra la mesa nuevamente, sintiendo la misma sensación de vacío que aquella primera vez que conté los días sin él. Cerré los ojos y me permití sonreír apenas, recordando sus manos entrelazadas con las mías durante la ceremonia, su voz diciendo mi nombre con esa ternura que solo él tenía. Y en esa mezcla de amor y soledad, supe algo que siempre había sabido en lo más profundo de mi corazón: los recuerdos eran hermosos, pero no llenaban la falta de su presencia.

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