Capítulo 4 – Retrasos y disculpas

2076 Palabras
El zumbido del teléfono rompió la concentración que había logrado mantener durante toda la mañana. Miré la pantalla y vi su nombre parpadear: Nathaniel. Mi primer impulso fue ignorarlo, dejar que el teléfono cayera sobre la mesa y continuar con mi trabajo. Pero algo me hizo levantarlo. —Hola —dije con voz neutra, intentando mantener la calma. —Arabella… —su voz sonaba distinta, cargada de prisa y de un cansancio diferente, más humano—. Dios, he sido un idiota. Te olvidaste… no, quiero decir… ayer. Tu cumpleaños. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Lo había esperado. La disculpa tardía, las palabras atropelladas… pero no pude evitar que un hilo de ternura se filtrara por entre mi resentimiento. —Nathaniel… —empecé, pero me detuve, conteniendo la mezcla de emoción y enfado—. —No, déjame hablar —interrumpió, su voz más firme pero temblando apenas—. No tengo excusa. Ayer… estuve atrapado en la operación más complicada que he tenido en meses, y cuando terminé… cuando finalmente pensé en ti, ya era demasiado tarde. Me siento como un idiota, Arabella. Un completo idiota. Suspiré y me recosté en la silla, escuchando cómo su voz se llenaba de remordimiento. Cada palabra era un golpe de realidad; podía oír la sinceridad detrás de la prisa y la culpa. —Quiero que me perdones —dijo, y por un momento, la vulnerabilidad en su tono me hizo olvidar todo el enojo que había acumulado—. Sé que no basta con palabras, sé que mereces algo más que un simple “lo siento”. Por favor… confía en mí. Esta noche te compensaré, te lo prometo. Mis labios se tensaron. Era difícil ignorar lo que había dicho, imposible no sentir un nudo en el estómago. Una parte de mí quería gritarle, hacerlo sentir todo lo que había sentido, todo lo que había esperado. Otra parte, más pequeña pero insistente, quería dejarse arrastrar por aquella disculpa tardía, por la promesa de que la noche sería diferente. —P… ¿cómo quieres compensarme? —pregunté, manteniendo la voz lo más fría posible, aunque temblaba un poco por dentro. —Hacerte sentir especial, como siempre deberías haberte sentido ayer —dijo, y su tono bajó un poco, casi un susurro—. Quiero verte sonreír, verte feliz, Arabella. Quiero que esta noche sea nuestra, que me permitas… que me permitas demostrarte que puedo estar presente como mereces. Me quedé en silencio, observando la lluvia que golpeaba los cristales de la ventana del estudio. Sus palabras eran un puente que podía acercarme a él o una cuerda que podía estrangular mis esperanzas. No estaba segura de si podía perdonarlo, si podía olvidar que mi cumpleaños había pasado casi en soledad, esperando su llegada. —Quiero que te pongas hermosa esta noche —continuó, con una nota de complicidad que no podía ignorar—. Como siempre. Que luzcas radiante, que me recuerdes por qué me enamoré de ti en primer lugar. Una mezcla de enojo y ternura me recorrió el cuerpo. Cerré los ojos un momento, respirando hondo, intentando ordenar los sentimientos que se arremolinaban en mi pecho. —Nathaniel… —mi voz salió apenas—. Te escucho, pero… no será tan fácil. —Lo sé —dijo él, con un suspiro pesado—. Lo sé. Por eso te lo pido. Por eso quiero que me des una oportunidad de enmendarlo. Esta noche, Arabella. Solo esta noche. Me apoyé contra la ventana, mirando cómo las calles comenzaban a llenarse de luces y movimiento, sintiendo cómo la ciudad reflejaba el caos silencioso que llevaba dentro. La promesa de Nathaniel no borraba el dolor de la espera, ni la decepción de su olvido, pero algo en su voz me recordaba por qué lo amaba, por qué a pesar de todo, aún lo esperaba. —Está bien —dije finalmente, con la voz baja—. Esta noche. —Gracias, Arabella —su alivio fue tangible, un suspiro que casi podía tocar a través del teléfono—. Prometo que no te defraudaré. Y sí… ponte hermosa. Hazlo por mí, hazlo por ti. Colgué y me quedé un momento mirando el teléfono. Sus palabras habían abierto una r*****a en la muralla que había construido alrededor de mi corazón. Todavía estaba enojada, todavía sentía la punzada del olvido, pero también sentía que algo podía repararse, que esta noche podría ser distinta. Suspiré, dejé la computadora a un lado y caminé hacia el armario. Abrí la caja con la ropa que había preparado para un encuentro especial, y por primera vez en horas, me permití sonreír al imaginarlo esperándome. La noche prometía ser un acto de reconciliación, un intento de volver a conectar con el hombre que amaba, a pesar de sus errores. Y mientras preparaba cada detalle, cada prenda, cada pequeño gesto, comprendí que la vida a veces nos ofrece segundas oportunidades, aunque lleguen tarde y con disculpas torpes. Que el amor verdadero no desaparece por un olvido, sino que se prueba, se reta y se renueva, incluso en las sombras del resentimiento. La tarde pasó lenta, entre correcciones de manuscritos y llamadas con ilustradores. Cada tanto, miraba el reloj, preguntándome cómo sería esta noche, si Nathaniel realmente cumpliría su promesa o si todo quedaría en palabras. Cuando el sol comenzó a ocultarse tras los edificios de Boston, un ligero cosquilleo recorrió mi estómago. Me levanté frente al espejo del dormitorio, evaluando cada detalle: el vestido que había elegido, sencillo pero elegante; el cabello recogido en un moño suelto que dejaba escapar algunos mechones; el maquillaje suave, resaltando mis ojos sin exagerar. Todo listo. Todo pensado para mí, para mí misma, y para él. La puerta sonó, y mi corazón dio un vuelco. No era un sonido cualquiera: era Nathaniel. Me acerqué con cuidado. Él estaba allí, con una sonrisa nerviosa, un ramo de rosas blancas en una mano y un pequeño paquete envuelto con delicadeza en la otra. Sus ojos grises brillaban con esa luz que me desarmaba, esa que siempre lograba arrancarme sonrisas aún en mis peores días. —Feliz cumpleaños, Arabella —dijo, extendiendo las flores hacia mí—. Lo siento… de verdad. Me siento terrible por haber olvidado tu día. Tomé las flores, dejando que el perfume inundara mis sentidos. No pude evitar sonreír, aunque mis ojos aún guardaban un atisbo de reproche. —¿Y esto? —pregunté, señalando el paquete. —Es algo especial —respondió, con un brillo travieso en la mirada—. Algo que pensé que te haría sonreír. Abrí el regalo y encontré un cuaderno bellamente encuadernado, de cuero suave, con tu nombre grabado en dorado en la portada. Las páginas interiores eran de un papel cremoso y perfecto para escribir o dibujar. Un lugar donde podría registrar todas sus ideas, todos sus cuentos. Supe al instante que lo había elegido pensando en mí, en mi trabajo, en mi pasión. —Nathaniel… es perfecto —susurré, emocionada, sin poder contener la sonrisa que se había instalado en mi rostro—. Me encanta. Antes de que pudiera decir algo más, él me rodeó con sus brazos, estrechándome contra su pecho. Sus labios encontraron los míos en un beso cálido, lento, que me llenó de mariposas y recuerdos felices. Cada beso suyo parecía borrar las horas de ausencia, los silencios de la noche anterior, el resentimiento contenido. —Te prometo que esta noche será perfecta —dijo contra mi cabello—. Solo para ti. Se apartó, con una mirada cómplice y una sonrisa que me hizo suspirar. —Voy a darme una ducha rápida —murmuró—. Prepárate para verme… guapísimo. Lo vi desaparecer hacia el baño, y no pude evitar reírme suavemente. A veces, incluso después de todo, Nathaniel tenía esa capacidad de hacerme sonreír con gestos pequeños y simples. Cuando salió, su cabello aún húmedo, la piel con un brillo saludable, la camisa blanca impecable y los pantalones oscuros perfectamente ajustados, mi corazón dio un salto. Se veía… imponente, elegante y cercano al mismo tiempo, capaz de robar mi respiración con solo mirarme. —¿Lista? —preguntó, extendiendo su brazo hacia mí. —Sí —contesté, tomando su mano, sintiendo cómo todo el día de espera y decepción comenzaba a diluirse entre sus dedos—. Caminamos hacia el auto, el aire fresco de la noche acariciando mi rostro. Nathaniel me miraba de vez en cuando, con esa mezcla de orgullo y amor que siempre me había hecho sentir única. Llegamos a un pequeño restaurante que había reservado, íntimo, con luces cálidas y mesas separadas lo suficiente para sentirnos solos en medio del bullicio. Mientras nos sentábamos, él me tomó la mano, manteniendo contacto visual como si quisiera grabar cada detalle en su memoria. Pedimos la cena, pero la conversación se deslizó fácilmente, entre risas y miradas cómplices, recordándome por qué lo había amado desde el principio. Y mientras el aroma de la comida llenaba la mesa, mientras sus dedos rozaban los míos bajo el mantel y su risa llenaba los espacios silenciosos, sentí que, por primera vez desde hacía días, todo podía estar bien. Que incluso los errores más dolorosos podían repararse con sinceridad, con intención, y con el amor que aún nos unía, aunque a veces tardara en mostrarse. La velada transcurría entre risas suaves y miradas que se cruzaban cargadas de complicidad. Nathaniel no dejaba de sorprenderme: recordaba cada pequeño detalle que me gustaba, desde la manera en que pedía el té hasta cómo me encantaba el postre de chocolate con avellanas que había preparado el chef. Cada gesto suyo parecía un intento de reparar el olvido, de recordarme que, aunque humano, su amor por mí nunca había disminuido. Cuando trajo el regalo y las flores, no pude evitar sentirme nuevamente especial, querida, vista por él de una manera que nadie más lograba. Sus besos, cálidos y largos, llenaban el espacio entre nosotros, borrando la tensión de la noche anterior. Me sentí ligera, sonriendo como no lo hacía desde hacía días, dejándome llevar por la magia de estar juntos, como si el tiempo se hubiera detenido. —Tienes que prometerme algo —dijo Nathaniel entre risas mientras tomaba mi mano—. Prométeme que nunca más te sentirás olvidada, aunque mi cabeza a veces se pierda en guardias y hospitales. —Lo prometo —susurré, apoyando mi frente contra la suya—. Solo prométeme que siempre lo intentarás. Él asintió, y la forma en que me miró me hizo olvidar cualquier dolor. Esa mirada contenía la sinceridad de quien realmente deseaba enmendar errores, de quien amaba sin condiciones, de quien necesitaba que yo lo creyera. La cena avanzó con suavidad. Los camareros apenas se percataron de nuestra presencia; estábamos en nuestro propio mundo. Nathaniel no dejó de buscar mi mirada, de tocarme con delicadeza, de recordarme con cada gesto que para él no había nada más importante que este momento conmigo. Su perfume, su sonrisa, su voz… todo era un recordatorio de por qué lo había amado y por qué aún lo amaba. —Arabella —dijo de repente, con un hilo de voz que mezclaba cariño y urgencia—, eres increíble. No sabes cuánto me alegra verte así, sonriendo. Sonreí, sin poder evitar sentirme completamente derretida por él. Sus palabras, su presencia, sus gestos… todo componía una sinfonía que me llenaba de vida, borrando por completo los silencios del pasado. Pero justo cuando me incliné para abrazarlo de nuevo, su teléfono sonó con un tono agudo que cortó la intimidad de nuestra mesa. Nathaniel frunció el ceño, miró la pantalla y su rostro se tensó. —Una emergencia —murmuró, con la voz cargada de tensión—. Es del hospital. Mi corazón se encogió, pero comprendí de inmediato. Sabía que su vocación era salvar vidas, que a veces el deber se interponía incluso en momentos importantes. —Tengo que irme… —dijo, tomando mi mano con fuerza por un instante, sus ojos grises reflejando disculpa y ansiedad—. Perdóname, Arabella. Te prometo que te compensaré, de verdad. Esta noche… te juro que la continuaremos. Antes de que pudiera decir algo, se inclinó, me llenó de besos largos y cálidos, y se levantó de la mesa con un movimiento ágil y decidido. Yo me quedé allí, con la mano todavía entre las suyas, viendo cómo desaparecía entre las luces del restaurante y la fría brisa de Boston.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR