El amanecer llegó sin avisar, filtrándose entre las cortinas como una bruma dorada que acariciaba la habitación. No supe en qué momento me dormí, solo que, al abrir los ojos, supe dónde estaba. El calor de su cuerpo seguía junto al mío, constante, tranquilo. Orión dormía de lado, con el rostro vuelto hacia mí y una expresión tan serena que casi parecía un sueño que el mundo se había inventado para recordarme que la calma también existe. Me quedé mirándolo un momento. No era la primera vez que compartía una cama con alguien, pero sí la primera en la que el silencio no pesaba. No había culpa, ni distancia, ni miedo. Solo esa sensación tibia de estar bien. El sonido de la lluvia había desaparecido, reemplazado por el rumor de la ciudad despertando. Bajé la mirada: su brazo aún descansaba s

