El reloj marcaba las primeras horas de la madrugada cuando finalmente nos levantamos. La luz tenue de la lámpara bañaba la habitación en tonos cálidos, y Manhattan, incluso a esas horas, parecía dormir en un suspiro. Orión y yo nos movíamos con calma, como si estuviéramos robando cada segundo posible a la noche, conscientes de que pronto la rutina nos arrastraría de nuevo a nuestras vidas separadas. Luego vinieron los últimos momentos de risa y conversación ligera, empaquetando las bolsas de compras y preparando maletas. Habíamos logrado exprimir cada instante de aquel fin de semana como si fuera un pequeño tesoro. Cuando por fin nos bajamos a la entrada del hotel, el aire fresco de la madrugada nos recibió. Orión había pedido un taxi que me llevara primer a casa y después lo llevara al

