A la mañana siguiente, me desperté antes que Nathaniel. No era algo que pasara seguido; por lo general él ya estaba levantado, con el café listo y la agenda del día en la cabeza. Pero esa vez lo encontré dormido a mi lado, con el ceño relajado y el brazo extendido buscando el espacio donde yo solía estar. Lo observé en silencio por unos segundos. Había algo distinto en él últimamente. Como si de pronto quisiera llenar cada espacio vacío que había dejado entre nosotros. Como si la distancia de antes lo hubiera golpeado más fuerte de lo que nunca admitió. Cuando se despertó, lo primero que hizo fue besarme la frente, un gesto tan simple que me tomó por sorpresa. —Buenos días —murmuró con una sonrisa leve. —Buenos días —respondí, todavía un poco desorientada. Nathaniel se levantó ensegui

