04.Una vida simple y tranquila.

2392 Palabras
Aveline Me gusta caminar descalza sobre la hierba húmeda, sentir la frescura acariciando mis pies, y respirar ese aroma silvestre que solo el campo puede regalar. Es en esos instantes cuando siento que mi corazón late en perfecta armonía con la tierra, como si los secretos de la naturaleza se revelarán sólo a mí. Desde que era pequeña descubrí que tenía cierta afinidad con las plantas, como si pudiera escucharlas, como si me susurrarán sus propiedades, sus virtudes, sus dones ocultos. Ahora, a mis veinte años, esa pasión solo se ha convertido en un propósito… experimentar y crear medicinas naturales, crear ungüentos, bálsamos y pociones que puedan aliviar el dolor de quienes me rodean. Mis padres siempre me apoyaron en este camino, y eso es lo que más me llena de orgullo. Ellos no solo me dieron la vida, también me enseñaron a vivirla con bondad, con amor y con generosidad. Nuestra casa siempre ha sido un hogar cálido, un refugio donde las risas, el trabajo compartido y la unión familiar son lo más importante. Mi madre es una mujer muy sabia, con manos tan hábiles como las de mi padre en la siembra, y con esa ternura infinita que llena cada rincón del hogar, me hace tan feliz. Mi padre, es fuerte y noble, el es el pilar de nuestra familia, alguien que siempre tiene un consejo, un abrazo y una sonrisa lista para reconfortar cualquier tristeza. Y luego está mi hermano, ah, mi hermano… si tan solo supieran lo que el significa para mí. Es un hombre protector hasta el extremo, a veces demasiado, pero siempre atento, gracioso y cariñoso conmigo. Desde pequeña se empeñó en ser mi guardián, en asegurarse de que nadie me hiciera daño, y aunque a veces su vigilancia me parece exagerada, sé que lo hace porque me ama con todo su corazón. Siempre digo que soy su debilidad y él mi fortaleza, porque aunque pueda ser terco, su bondad supera cualquier enojo que pueda tener. Cuando estoy triste, él sabe cómo hacerme reír; cuando estoy cansada, él me anima; y cuando me siento insegura, él me recuerda que soy capaz de todo. Mi vida también sería incompleta sin mi mejor amiga, Doris. Nos conocemos desde que teníamos cinco años, y desde ese entonces no hemos vuelto a separarnos. Es como una hermana para mí, alguien que conoce cada secreto, cada miedo, cada sueño que guardo en mi corazón. Hemos compartido tantas aventuras que podría escribir un libro solo con nuestras anécdotas: desde esas veces que escapamos para recolectar flores en campos prohibidos, hasta las noches en que nos quedamos despiertas soñando con un futuro que siempre parecía demasiado lejano. Ella es mi confidente, mi compañera, y no imagino mi vida sin su risa resonando a mi lado. El pueblo entero ha sido siempre amable conmigo, y eso es un tesoro que guardo con gratitud. Cuando camino por las calles empedradas siento las miradas afectuosas de los vecinos, las sonrisas que me ofrecen al pasar, los saludos cálidos que hacen de cada recorrido una pequeña celebración. La gente me conoce, saben de mis plantas, de mis experimentos, y muchos vienen a pedirme ayuda para curar dolencias menores. Yo nunca niego mi mano, porque ¿de qué serviría un don si no es para compartirlo con quienes lo necesitan? Uno de mis momentos favoritos es cuando voy a comprar el pan. El maestro panadero es un hombre de carácter fuerte pero de corazón blando, siempre me recibe con una sonrisa paternal y, sin falta, me regala pastelillos dulces que me hacen derretir de felicidad. “Porque una niña tan buena merece un poco de azúcar en la vida”, suele decir. Yo lo regaño con ternura, le recuerdo que ya no soy una niña, pero él insiste en que lo soy, y al final siempre termino riendo mientras saboreo su regalo. Estaba recordando todo esto, perdida en mis pensamientos mientras mis dedos jugueteaban con unas raíces secas que tenía sobre la mesa, cuando la voz de mi madre me sacó de golpe de aquel trance. —¿Acaso me has escuchado, pequeña? —preguntó con ese tono entre dulce y regañón que siempre usa conmigo. Parpadeé, algo avergonzada, y la miré con una sonrisa tímida. —Mamá, ya no soy una niña, —le respondí, alzando el mentón con algo de orgullo— ya estoy en la edad para enamorarme, casarme y formar mi propia familia. La palabra “niña” es humillante, ¿no crees? Ella soltó una carcajada suave y negó con la cabeza. —Para mí siempre serás mi niña, la mía y solo mía. No me dio tiempo de replicar porque, de pronto, mi padre intervino, abrazándome desde atrás con sus grandes brazos y besando mi frente. —Y la mía también —dijo con voz grave, pero llena de amor. Mi hermano no se quedó atrás, claro que no, y con ese aire celoso que tanto lo caracteriza, cruzó los brazos y me miró como si ya imaginara hordas de pretendientes llamando a nuestra puerta. —Y la mía, no lo olvides, hermanita. Tu futuro pretendiente tendrá que hacer muchas cosas para convencerme de entregarte a él. Rodé los ojos con fastidio, aunque por dentro sentí ternura por su actitud. —Hermano, qué celoso eres. Ya soy una adulta, no necesito que me cuides como si aún tuviera diez años. —Eso lo dices ahora —contestó él, con esa sonrisa torcida que siempre usa cuando quiere ganar una discusión. Suspiré, resignada. Era inútil tratar de cambiar su carácter. —Bueno, cambiando de tema, —dije para cortar el ambiente cargado— hoy voy a ir con Doris al río, necesitamos buscar unas raíces que me faltan para un ungüento de curación en el que estoy trabajando. Y también necesito unas mandrágoras, así que no me esperen tan temprano, me tomaré mi tiempo. Mi madre me miró con atención, preocupada, como siempre que mencionaba mis excursiones. —Ten cuidado, hija, el bosque es tan hermoso como traicionero. —Lo sé, mamá —respondí con calma— pero no estoy sola, Doris estará conmigo, y además conozco bien el terreno. Mi padre sonrió orgulloso, como siempre que me veía hablar con seguridad. —Esa es mi niña valiente, igual que tu madre y eso me tranquiliza… un poco. Y mi hermano, por supuesto, no tardó en intervenir. —Igual yo hubiera preferido acompañarte, pero está bien, confío mucho en ti, aunque no me guste nada la idea de que vayas tan lejos. Lo miré con dulzura y me acerqué para abrazarlo. —Te prometo que volveré antes de que caiga el sol, ¿sí? No te preocupes tanto. Él suspiró, cediendo, aunque sabía que seguiría preocupado igual. Me despedí de todos con una sonrisa en los labios, mi corazón palpitando con esa mezcla de emoción y libertad que me daban mis excursiones. El día apenas comenzaba, y yo ya podía sentir que algo distinto se avecinaba, como si el aire mismo me murmurara que mi destino estaba a la vuelta de la esquina, mucho más cerca de lo que creía. El sol ya estaba alto cuando cerré la puerta de mi casa, llevando conmigo una pequeña cesta de mimbre que contenía frascos vacíos, hierbas secas y un par de cuchillas bien afiladas para arrancar las raíces. El aire fresco de la mañana acariciaba mi rostro, y el canto de los pájaros se entrelazaba con el murmullo de las ramas mecidas por el viento. Respiré hondo, llena de esa paz que siempre me regalaba el campo, y en ese momento vi a Doris esperándome a pocos pasos de mi casa. Ella estaba de pie bajo la sombra de un árbol, su cabello castaño ondeando como una cascada al sol, y sus ojos azules brillando con esa chispa tan suya que siempre parecía esconder un secreto. Era, como siempre, bellísima, con una gracia natural que la hacía destacar incluso entre la multitud. Cuando me vio, sonrió con esa dulzura que me hacía sentirme siempre bienvenida, como si nada malo pudiera suceder mientras ella estuviera a mi lado. —¡Al fin, Aveline! —exclamó, agitando la mano— pensé que te habías quedado dormida entre tus plantas. Reí y corrí hacia ella, ajustando mi cesta contra el brazo. —No bromees, estuve organizando mis frascos. Tú sabes que no me gusta salir sin estar preparada. —Sí, sí, —replicó con un gesto de exageración— siempre tan organizada, mientras yo me conformo con recordar que debo traer mis botas bien amarradas. Nos abrazamos con fuerza, como cada vez que nos encontrábamos, y después comenzamos a caminar juntas hacia el sendero que conducía al bosque. El camino estaba bordeado de flores silvestres que crecían libres, y mientras avanzábamos el aire se volvía más fresco, impregnado del perfume de la tierra húmeda y la vegetación. Doris, como siempre, no tardó en abrir conversación. —Sabes, ayer estuve hablando con Dorian. Yo giré la cabeza hacia ella de inmediato, arqueando una ceja. —¿Otra vez ese tema? Su sonrisa se ensanchó, como quien guarda una noticia divertida. —No lo puedo evitar, Aveline. Ese muchacho está perdido por ti. Te lo juro, cada palabra que sale de su boca tiene tu nombre escondido. Me llevé una mano a la frente con un gesto de resignación y solté una risa incrédula. —Doris, no digas tonterías, ¿cómo puedes siquiera pensarlo? Si apenas lo soporto cuando habla. Ella rió y me dio un pequeño codazo juguetón. —Estoy segura de que muy pronto te propondrá matrimonio. Lo vi en sus ojos, y créeme, no estaba bromeando. Me detuve en seco, y solté una carcajada tan fuerte que los pájaros de un árbol cercano salieron volando asustados. —¿Matrimonio? ¿Con Dorian? —dije entre risas, llevándome una mano al pecho— ¿Tú sabes que Edward jamás permitiría algo así? Si tan solo supieras lo mucho que me desagrada… Doris me miró fingiendo estar ofendida, aunque sus ojos azules brillaban con diversión. —¿Desagrado? ¿A ese joven que todas suspiran al verlo pasar? Me encogí de hombros, todavía riendo. —Hermana, sabes que no es mi tipo. Él es demasiado engreído, obstinado, camina por las calles creyéndose el rey mismo solo porque su padre es un conde. Esa arrogancia me enferma. Doris frunció los labios, aunque su mirada no perdió el brillo juguetón. —Estás loca, Aveline. Dorian es el chico más apuesto de todo el pueblo. Tiene una sonrisa que hace suspirar hasta a las ancianas, y unos hombros que… bueno, ya sabes. Le lancé una mirada divertida, ladeando la cabeza. —Si tanto lo admiras, ¿por qué no te lo quedas tú? Ella me golpeó suavemente en el brazo y soltó una carcajada. —No cambies de tema. Yo sé bien que él no me mira a mí, él solo me busca para preguntarme por ti. Suspiré con un dejo de fastidio, aunque en el fondo me hacía gracia. —¿Lo ves? Ni siquiera disimula, Doris. Si no puede mantener sus sentimientos en secreto, ¿cómo pretende que lo tome en serio? Ella levantó los hombros en un gesto rendido. —Tal vez tengas razón. Pero no puedes negar que sería un buen partido. —Un buen partido no basta para mí, —dije con firmeza, apartando una rama del camino— yo quiero más que eso. Quiero sentir el corazón agitarse, quiero un hombre que me haga temblar al verlo, no alguien que se admire tanto a sí mismo que no le quede espacio para amar de verdad. Doris guardó silencio por unos instantes, pensativa, mientras el murmullo del bosque nos envolvía. El sonido de nuestras pisadas sobre la tierra húmeda se mezclaba con el susurro de las hojas y el canto lejano de un ave solitaria. —Tienes razón, —admitió al fin, con una sonrisa tranquila— y por eso me gusta tanto hablar contigo, porque aunque me burles de tí, siempre sabes lo que quieres. Le devolví la sonrisa y le apreté la mano, sintiendo esa complicidad que solo nosotras compartíamos. El bosque se fue volviendo más denso a medida que avanzábamos. Los árboles, altos y majestuosos, se alzaban como guardianes silenciosos, dejando que apenas unos rayos de sol se filtrarán entre sus ramas. El aire estaba impregnado de ese aroma terroso tan particular, y cada tanto se escuchaba el crujir de alguna rama bajo nuestros pies o el salto de un pequeño animal entre los arbustos. Finalmente, tras un buen rato de caminata, llegamos al río. El agua corría clara y fresca, reflejando el cielo azul en su superficie. Nos acercamos a la orilla, dejando la cesta sobre una roca grande, y comencé a arremangarme las mangas del vestido para meter las manos en la tierra húmeda cerca de las raíces. —Bien, —dije con entusiasmo— ahora comienza el verdadero trabajo. Doris se arrodilló a mi lado, aunque no tardó en distraerse, lanzando piedras planas al agua para hacerlas rebotar. —Yo ayudaré… pero solo después de ganarte en esto, —dijo con una risa traviesa. —Siempre tan competitiva, —murmuré, sacudiendo la cabeza, aunque no pude evitar sonreír. Mientras ella jugaba, yo comencé a escarbar con cuidado, buscando las raíces de mandrágora. El contacto con la tierra fría me reconfortaba, como si pudiera absorber la energía misma del bosque en mis manos. Cerré los ojos por un momento, escuchando el fluir del agua, y sentí una calma profunda, la certeza de que ese lugar era donde pertenecía. Doris interrumpió mis pensamientos con un suspiro dramático. —¿Sabes qué pienso, Aveline? Que algún día, cuando menos lo esperes, alguien va a aparecer y derribar todas tus murallas. Te enamorarás tan fuerte que no habrá hierba, raíz ni medicina que pueda salvarte de eso. Le lancé un puñado de agua en broma, empapándola. —Eres una soñadora incorregible. Ella chilló entre risas, mojándome de vuelta, y pronto ambas terminamos riendo a carcajadas, con los vestidos húmedos y las manos llenas de tierra. Era en esos momentos, en esa mezcla de inocencia, complicidad y alegría, cuando más agradecía tenerla a mi lado. No sabía qué deparaba el futuro, pero estaba segura de que mientras tuviera a Doris, mi camino sería más llevadero.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR