09. Encantado con su belleza

2797 Palabras
Caspian II Frente al gran espejo de mi habitación, apenas reconocía al hombre que me devolvía la mirada. La ropa oscura que mi madre había escogido para mí, estaba impecablemente ajustada, cada pliegue caía en su sitio como si el destino mismo lo hubiera tejido para encajarse a mi cuerpo a la perfección. Era una tela de calidad tan alta que parecía contener la misma sombra de la noche, realzada por los brocados plateados que brillaban bajo la luz de los candelabros. Me observé durante largos segundos, ajustando los puños de la camisa, alisando con cuidado la chaqueta, y sin embargo, nada de aquello lograba apaciguar la tormenta que llevaba dentro. La última vez que participé en un desfile, mi padre iba a mi lado. Recuerdo sus manos firmes sujetandome de los hombros, su mirada clara, su sonrisa tranquila, como si todo el peso del reino fuese ligero para él. En ese entonces yo era apenas un muchacho que no comprendía nada de política ni de responsabilidades, me limitaba a sonreír y a saludar al pueblo, sabiendo que mi padre siempre estaría allí para cargar con todo lo demás. Pero hoy, la ausencia de su figura era un vacío imposible de ignorar, y la carga que ahora recaía sobre mis hombros me parecía infinita. Respiré hondo, tratando de recomponerme, cuando el silencio de mi habitación fue roto por el crujir leve de la puerta al abrirse. No escuché pasos al principio, solo el aire desplazándose, hasta que la presencia se hizo evidente. Giré con el ceño fruncido y mi sangre se heló al instante en que vi a Mariel. La concubina que más insistencia mostraba entre las tres, había entrado sin permiso, sin anunciarse, y para colmo… muy desnuda. La visión no despertó en mí deseo alguno, solo un profundo disgusto que me atravesó de inmediato. —¿Qué demonios crees que estás haciendo, Mariel? —mi voz fue un trueno contenido, áspero y cortante—. ¿Por qué entraste a mis aposentos sin anunciarte, sin permiso y… sin ropa? Ella titubeó, pero intentó mantener la compostura, aunque sus mejillas se tiñeron de rojo. —Mi lord… yo… pensé que quizás podría… animarlo, darle fuerzas para este día tan importante, hacerlo sonreír un poco… Sus palabras, en lugar de suavizar mi enojo, lo avivaron aún más. —¿Animarme? —repetí con ironía, apretando la mandíbula—. ¿Acaso crees que tu deber es irrumpir en mi intimidad como si tuvieras derecho sobre mí? ¿Quién te hizo creer que tú o las otras tienen ese privilegio? Ella retrocedió un paso, su voz se volvió temblorosa. —Perdón, mi lord, no quise… —¡Basta! —interrumpí, elevando la voz—. Hoy es un día importante, uno en el que necesito claridad, no distracciones, y mucho menos este tipo de… indecencias. Si tienes algo de vergüenza, vete ahora mismo. Y escucha bien lo que voy a decirte: tú y las demás tienen prohibido entrar a mis aposentos sin ser anunciadas y sin ser llamadas por mí. Si vuelves a hacerlo, no habrá perdón que valga. Mariel, con lágrimas contenidas, tomó a toda prisa una bata que estaba sobre una de las silla, cubrió su cuerpo y salió corriendo de la habitación. El silencio volvió, pero mi pecho ardía de irritación. Caminé unos pasos hasta el espejo y cerré los ojos, tratando de recuperar el control de mí mismo. No debía permitirme estos desbordes, al menos no hoy. Y como si los dioses lo hubiesen planeado, la puerta volvió a abrirse. Y esta vez no hubo sorpresa, sino alivio ya que era Cristoff. Entró con esa sonrisa socarrona que yo tan bien conocía, y en cuanto me vio, ni siquiera me preguntó. —Déjame adivinar —dijo con tono divertido—, esta vez fue, mmm... Mariel. No tuve que responder. Lo supo con solo mirarme. —No hablemos de eso —gruñí. —Como quieras, amigo, como quieras —dijo levantando las manos en señal de rendición, aunque su sonrisa seguía ahí—. Pero me temo que tendré que felicitarte, porque tu rostro me dice que la pusiste en su lugar como todo un rey. Rodé los ojos, pero no pude evitar que un respiro aliviado se me escapara. Su sola presencia bastaba para apartar el mal humor. —¿Estás listo? —preguntó, dándome una palmada en el hombro. —No sé si algún día podré estar realmente listo para llevar sobre mis hombros a todo un pueblo —respondí con sinceridad—, pero al menos estoy preparado para dar este pequeño paso hoy. Cristoff sonrió, y su voz se volvió grave y firme. —Esa es la actitud, Cas. Paso a paso, y pronto estarás marchando como todo un rey. Me giré nuevamente hacia el espejo. Ya con los últimos detalles ajustados, me vi magnífico. No lo digo por vanidad, sino porque mi madre había logrado exactamente lo que quería: que me viera imponente, fuerte, digno de ser el futuro soberano. Al salir de mi habitación, allí estaban mi madre y mi hermana. Janell, corrió hacia mí con un brillo en los ojos que pocas veces mostraba. Se aferró a mi cintura y me abrazó con fuerza. —Te ves increíble, hermano —susurró. —Gracias, pequeña —respondí, acariciando su cabello. Mi madre estaba detrás de ella, majestuosa como siempre, con ese porte natural que me recordaba que ella también había sido formada para la realeza. Su mirada se posó en mí, seria pero llena de orgullo. No dijo palabra alguna, no lo necesitaba. Aquella expresión era suficiente. Juntos caminamos hacia la salida. Los pasillos del palacio parecían vibrar con la expectativa, y al llegar al patio principal, los carruajes ya estaban listos. Mi madre y Janell subieron al suyo, elegante pero sobrio. El mío, en cambio, era el más llamativo, diseñado para que todo el pueblo pudiera verlo desde lejos. Cristoff, por supuesto, me acompañaría. —Es la hora —dije en voz baja mientras nos acomodábamos. —Ordena, mi príncipe —respondió Cristoff, con una reverencia burlona que me arrancó una sonrisa inevitable. Con una señal mia, la caravana comenzó a avanzar. Mientras nos alejábamos del palacio, a lo lejos el pueblo se desplegaba como un mar viviente. Miles de personas aguardaban, agitando banderas, lanzando flores, gritando de emoción. Cada paso que daba el carruaje me acercaba más a ellos, y más sentía el peso de la corona que aún no portaba pero que ya era mía por destino. Me incliné hacia Cristoff, hablando en voz baja para que solo él me oyera. —A veces siento que no estoy listo, Cris. Que me falta tanto aún… —Te entiendo —respondió con seriedad—. Pero mira a esa gente, Cas. Ellos creen en ti, y eso es lo único que necesitas por ahora. Tu padre también empezó dudando, pero eso no lo detuvo fue un magnífico rey y tu también lo seras, no lo olvides. Me quedé en silencio, recordando a mi padre, deseando con todas mis fuerzas que estuviera allí para guiarme. De pronto, un galope fuerte interrumpió mis pensamientos. Un caballo se adelantó, poniéndose a la par de mi carruaje. Mi ceño se frunció de inmediato al reconocer al jinete y era mi odioso primo. El hombre que más motivos me daba para odiarlo. Y no era odio sin fundamento: él se encargaba día tras día de provocarlo. —Querido primo —dijo con una sonrisa cargada de veneno—, veo que te has arreglado mucho para impresionar al pueblo. —Para servir al pueblo, querrás decir —respondí con calma, aunque mi sangre hervía. —Oh, claro, claro… servir al pueblo —rió con sorna—. Siempre tan noble, Caspian. Cristoff me lanzó una mirada divertida, pero yo no podía darle ese lujo a mi primo. —Escucha —dije con voz firme, mirándolo directamente a los ojos—. No es el momento para tus estúpidos juegos. El desfile no se trata de ti ni de mí, sino de todos ellos. ¿Quieres respeto? Empieza por callar y comportarte con la dignidad que tu apellido exige. Por un instante, el rostro de mi primo se contrajo en pura rabia, pero no dijo nada más. Dio media vuelta con el caballo y volvió junto a su padre, claramente frustrado. Cristoff no pudo contener la risa. —¡Por todos los dioses, eso fue perfecto! Eso, mi amigo, se llama poner en su lugar a alguien con estilo. —Cállate, Cris —murmuré, aunque la sombra de una sonrisa se escapó de mis labios. Pero en el fondo, sabía que no podía distraerme. El desfile continuaba, y cada mirada del pueblo estaba sobre mí. Debía mantener la compostura, la elegancia, y sobre todo la convicción de que estaba listo, aunque dentro de mí aún me sintiera como un muchacho que buscaba a su padre entre la multitud. El bullicio crecía a medida que mi carruaje se adentraba en las calles principales del pueblo, aquellas avenidas adornadas con flores, banderas y cintas de colores que ondeaban suavemente bajo la brisa. El pueblo entero parecía vibrar al unísono, como si cada corazón latiera al mismo tiempo, esperando, observando y juzgando. Mi madre siempre decía que en esos instantes no debía pensar en mí mismo, sino en ellos, en cada rostro que me miraba con esperanza, con miedo, con la fe puesta en mi. Sin embargo, en el fondo de mi alma, la ansiedad me carcomía como un veneno silencioso. Los gritos de júbilo resonaban, “¡Viva el príncipe Caspian II!”, “¡Gloria a nuestro futuro rey!”. Sus voces eran como un océano que se expandía en todas direcciones. Traté de mantener mi porte erguido, la sonrisa medida, la mirada firme pero amable, saludando con gracia como todo heredero debía hacerlo. Levantaba la mano con lentitud, inclinando levemente la cabeza, mostrando la solemnidad que me habían enseñado a tener en estos eventos. Cada movimiento debía parecer calculado, elegante, propio de un rey. Aun así, por dentro era un torbellino. Mi corazón no pertenecía del todo a este pueblo en ese instante, sino a una sola figura, a una visión que me atormentaba día y noche. No dejaba de preguntarme si ella estaría allí, si entre la multitud, escondida en los rostros comunes, esos ojos verdes volverían a encontrarme. Me había repetido incontables veces que no fue un delirio, que no era una alucinación provocada por mi fiebre aquel día en el bosque. La había sentido contra mi piel, había escuchado su voz como una melodía que se clavó en lo más hondo de mi ser. —Caspian, saluda con la mano izquierda también, el gentío de ese lado quiere verte.—La voz de Cristoff me sacó un instante de mis pensamientos. Asentí, levantando la otra mano, provocando un estallido aún mayor de gritos y vítores. Yo lo hacía, claro que lo hacía, pero mi alma estaba ausente, mi corazón sólo buscaba un par de ojos que lo habían atrapado desde el primer instante. Y entonces todo ocurrió. Un movimiento extraño en la multitud llamó mi atención, y antes de poder comprenderlo, Cristoff se incorporó bruscamente en el asiento del carruaje, y su rostro se tensó y gritó con voz grave: —¡Alto ya, deténganse! Volteé y vi la causa de su comportamiento: una pequeña, no más de tres años, había escapado de las manos de su madre y corría desorientada hacia el camino de los carruajes. El tiempo se volvió lento, y cada instante parecía un tormento eterno. Grité con todas mis fuerzas: —¡Paren, paren ahora mismo! Los caballos relinchaban, y los guardias corrían, pero yo veía todo como si el mundo estuviera sumergido bajo el agua. El corazón me martillaba con violencia. Y la niña estaba a segundos de ser arrollada. Entonces, como un destello, alguien se lanzó desde la multitud. Una figura femenina, ligera, pero firme, con un vestido verde claro que brillaba bajo el sol. Su movimiento fue ágil, seguro, y desesperado. Tomó a la pequeña en brazos y la empujó fuera del camino, rodando por el suelo con ella y cayendo al otro lado del camino. El estruendo de los vítores se apagaron de golpe, reemplazado por un silencio absoluto. Mi corazón se detuvo, pero no por miedo ya, sino porque al verla, al ver su rostro, supe la verdad. Sin pensarlo dos veces salté de mi carruaje, ignorando las protestas de Cristoff, y de los guardias. Mi único instinto era llegar hasta ella. Corrí entre la multitud que se abría con sorpresa y reverencia. —¡Por los dioses! —murmuré, arrodillándome a su lado—. ¿Estás bien? ¿La niña está bien? Ella levantó la mirada, sus ojos verdes me atravesaron el alma, y por un instante, todo, absolutamente todo desapareció. El ruido, el pueblo, el desfile, y mi título. Sólo existíamos ella y yo. —Eres tú… —susurré con la voz entrecortada. —Eres tú… —dijo ella al mismo tiempo, con la misma incredulidad en su voz. Nos quedamos así, mirándonos, como si el mundo entero hubiera detenido su marcha. El tiempo se volvió eterno. Mi sonrisa brotó inevitablemente, no pude ocultarla, no quería ocultarla. Cristoff llegó corriendo, jadeante, rompiendo aquel momento. —¡Majestad! —exclamó con tono serio—. ¿Está bien la niña? Ella se aferraba todavía a la pequeña, como si su vida dependiera de ello. La miré con ternura y tomé a la niña en mis brazos con suavidad. En ese instante, la madre irrumpió entre la multitud, llorando y tropezando hasta llegar donde estábamos. —¡Mi niña! ¡Gracias, mi rey, gracias por su generosidad! —exclamó, haciendo una reverencia tan profunda que casi se arrodilla en la tierra. —No es nada, señora, vaya con cuidado —le respondí con una calma que no sentía realmente, porque toda mi atención seguía en Aveline. Al devolver a la pequeña a su madre, me giré hacia ella nuevamente. Podía ver cómo sus labios temblaban, cómo su rostro palidecía al escuchar las palabras de Cristoff. —¿Su majestad? —susurró con horror en su voz. —Sí —respondió Cristoff por mí, con tono solemne—. Estás frente al príncipe heredero, tu futuro rey. El impacto fue evidente. Aveline se quedó petrificada, sus labios se entreabrieron como si quisiera hablar, pero ninguna palabra salía de su boca. La respiración se le agitaba, sus ojos parecían querer escapar y al mismo tiempo quedarse atrapados en los míos. Me incliné hacia ella, acercándome lo suficiente como para que sólo ella escuchara mis palabras, y susurré con emoción contenida: —Al fin te encuentro, pequeña. Vi cómo sus mejillas se encendieron, cómo el temblor de sus manos delataba el torbellino que llevaba por dentro. Ella abrió la boca para decir algo, pero se interrumpió a sí misma, tragando saliva con dificultad. —Yo… —balbuceó—. Yo no sabía… —No importa —la interrumpí suavemente, con una sonrisa apenas perceptible—. Lo único que importa es que estás aquí, y que no eras una ilusión. Cristoff carraspeó a mi lado, intentando traerme de regreso a la realidad del protocolo. —Majestad, la multitud está expectante, debemos continuar con el desfile. Lo ignoré unos segundos, mis ojos seguían anclados en los de ella. —¿Cómo te encuentras? —pregunté con voz baja. —Bien… estoy bien —respondió ella, aunque se veía temblorosa, como un cervatillo asustado. —Me salvaste de nuevo, ¿lo sabes? —le dije, sonriendo apenas. Ella bajó la mirada, nerviosa, y murmuró: —No hice nada, sólo… no podía dejar que esa niña… —Eso es suficiente —la interrumpí otra vez, tomando aire, tratando de controlar la emoción que me desbordaba—. Ya nos veremos nuevamente, Aveline. Vi cómo su rostro se tensó al escuchar su nombre en mis labios, ese nombre que había guardado como un tesoro desde aquel día en el bosque. Su sorpresa fue tan pura que por un segundo todo volvió a silenciarse a nuestro alrededor. La multitud comenzó a corear de nuevo, gritos de emoción, aplausos, vítores. El pueblo pedía que el desfile continuara. Cristoff me tocó el hombro, insistente. Me incorporé lentamente, aunque mi mirada seguía clavada en ella. Antes de dar media vuelta, incliné un poco mi cabeza hacia su oído y susurré una última vez: —No volverás a escapar de mí. El estremecimiento en su cuerpo fue visible. Quise quedarme, quise preguntar tantas cosas, pero debía marchar. La corona no podía esperar. Sin embargo, dentro de mí sabía que algo acababa de sellarse, algo que ningún dios podría desatar.
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