Capítulo 19
La hora de la partida había llegado, y el ambiente estaba cargado de emociones. Amara abrazó a su padre con todas sus fuerzas, sintiendo que el tiempo se detenía en ese momento. Nunca le gustaba despedirse de él, pero sabía que debía hacerlo.
– Te voy a extrañar tanto, papá – murmuró sintiendo que las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.
Amara creía que lo volvería a ver, quizás en un tiempo, pero Emiliano, en su interior, sabía que eso no iba a ocurrir por más que él lo quisiera. Este abrazo era el último que le daría a su hija antes de morir y aunque no podía decírselo, prefería que ella recordara su sonrisa alegre en lugar de una llena de tristeza y melancolía.
– Yo siempre estaré contigo, Amara. Recuerda eso y serás muy feliz – le dijo Emiliano, tratando de mantener la voz firme mientras la abrazaba, ya que no quería derrumbarse y llorar frente a ella en ese momento.
El amor que sentía por su hija era abrumador, y en ese momento, deseaba que el tiempo se detuviera. Quería gritarle a la vida que le diera otra oportunidad, pero esas cosas no pasaban dos veces. La vida le había dado la oportunidad de estar al lado de su hija cuando en realidad no se lo merecía y eso era algo que se llevaba en su corazón.
Cuando finalmente se separaron, Amara lo miró a los ojos, buscando consuelo en su mirada. Emiliano sonrió tratando de ocultar la tristeza que lo invadía y miro por última vez a la abuela Teresa para encargarle muy bien a su pequeña. Solo ella y Luciano sabían lo que en realidad estaba pasando y el segundo se mantenía un poco alejado escondiendo sus ojos tras unos lentes oscuros. En el fondo se sentía mal por ocultarle a Amara la probabilidad de que esa sea la última vez que vea a su padre.
– Cuida de ti misma y de tu legado – le recordó en un susurro sintiendo que cada palabra era un recordatorio de lo que estaba en juego.
El auto comenzó a alejarse, y Emiliano se permitió dejar caer algunas lágrimas una vez que Amara se desvaneció de su vista. Luciano, sentado a su lado, sintió un nudo en la garganta al ver a su padre de esa manera, pero no dijo nada. Sabía que había momentos en los que las palabras no eran suficientes para consolar a las personas y el silencio podría ser la mejor opción.
El viaje hacia la mansión fue bastante largo y silencioso en casi todos los momentos. Ambos hombres estaban sumidos en sus pensamientos más profundos, cada uno lidiando con sus propias emociones. Luciano pensaba en lo que había sucedido en la playa, en la distancia que había puesto con Amara y en la tristeza que ahora envolvía a su padre. Tal vez fuera cierto el hecho de que la mantuvo oculta de todos por muchos años, pero evidentemente la quería más que a nada en este mundo.
Finalmente, después de muchas horas llegaron a la mansión totalmente agotados. Emiliano intentó subir las escaleras para irse a descansar, pero la aparición de su esposa, Lucrecia, lo hizo detenerse en seco a mitad de estas. La tensión en el aire era palpable por parte de la mujer y Emiliano sabía que la persona que tenía frente a él, no era más que una víbora venenosa, pero no quería entrar en una discusión justo en ese momento. Así que sin decir absolutamente nada, se giró hacia Luciano, quien era la única persona que le importaba de verdad en ese lugar.
– Mañana hablaremos de un tema bastante importante para ambos, necesito descansar en este momento y es obvio que no estaremos solos si me quedo – le dijo Emiliano con su voz grave y seria a su hijo, haciendo que Luciano asintiera, sintiendo que la preocupación comenzaba a invadirlo.
Emiliano estaba consiente de la presión que ejercía, Lucrecia, en su hijo para que obtuviera la receta secreta. Sin embargo, eso no sería posible, pero sintiendo que el peso de la tristeza lo abrumaba, decidió olvidarse de sus problemas solo por esa noche.
– Está bien, papá. Tómate el tiempo que necesites y después platicamos con calma –respondió Luciano sintiendo que la preocupación por su padre crecía.
Mientras Emiliano se retiraba a su habitación, Luciano se quedó en el vestíbulo, sintiendo que la atmósfera en la casa se volvía más pesada desde la aparición de su madre.
– ¿Solo eso le dirás? – pregunto Lucrecia tratando de mantener una sonrisa falsa en su rostro que no engañaba a nadie.
– ¡Madre! – exclamó Luciano por lo bajo, dejando una clara advertencia para que no comenzaran a discutir sobre ese tema en ese preciso momento.
A medida que la noche avanzaba, Luciano se sintió inquieto. Sabía que había cosas que debían discutirse, secretos que debían revelarse y debido a eso la incertidumbre lo mantenía en vilo. Sin embargo, Emiliano se sentó en su habitación, sintiendo que el tiempo se deslizaba entre sus dedos. Sabía que cada momento contaba y que debía prepararse para lo que estaba por venir.