—Pues claro que he venido, no todos los días se cumplen cinco años... ¿Qué esperabas? —le dije dejándola en el suelo y colocando la palma de mi mano en su cabeza—. Estás enorme. ¿Cuánto has crecido? Diez metros por lo menos —le dije disfrutando al ver cómo sus ojos brillaban con orgullo. —Más que eso, ¡casi sientimil! —repuso pegando saltitos sin parar. —¡Eso es un montón! Dentro de poco estarás más alta que yo, incluso —le dije a la vez que una mujer alta y regordeta con una carpeta bajo el brazo se acercaba hacia nosotros. —¿Qué hay, Anne? —le pregunté a modo de saludo a la mujer que el gobierno había encomendado supervisar mis visitas a mi hermana pequeña. —Tirando —respondió en su habitual tono seco—. Hoy tengo mucho trabajo, así que te agradecería que me trajeras a tu hermana
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