Ardía por dentro. En todos los sentidos posibles de la palabra, estaba ardiendo. Hacía una semana que no había dejado de pensar en el beso que nos dimos en las carreras y eso me había puesto cada vez de peor humor. Verla allí en mi casa restregándome lo que no podía tener era algo que no podía soportar. Aquella noche estaba increíble, y no podía quitar mis ojos de su cuerpo. De sus piernas, de su escote, de su pelo increíblemente largo y brillante... pero lo que no podía aguantar era que bailara delante de mis narices con mis amigos y ver cómo todos se la comían con los ojos. Ya había tenido que soportar cómo varios de ellos decían obscenidades refiriéndose a ella y me sorprendía lo mucho que me afectaba, puesto que yo era de los primeros en decir ese tipo de cosas cuando aparecía una tía

