Justo cuando le iba a dar a abrir el archivo, con el corazón desbocado en mi pecho, el móvil se me apagó. Mierda... me había quedado sin batería, normal si lo único que había hecho ese día había sido recibir mensajes de Dan y llamadas telefónicas que intenté con todas mis fuerzas ignorar. Con los nervios a flor de piel e impulsada por algún instinto masoquista —eso estaba claro, porque quién iba a querer ver más imágenes de su novio poniéndole los cuernos—, vi que el iPhone de Nick estaba allí sobre la mesita del salón.
Había demasiada gente a mi alrededor, por lo que nadie me vio cuando lo cogí y me dirigí a una esquina apartada, junto a la puerta del despacho de Will. Me temblaban tanto las manos que me costó dar con los botones adecuados, teniendo que borrar y volver a escribir mi correo electrónico como cinco veces. No obstante, finalmente di con lo que buscaba y el archivo de mail se abrió para mí. Allí, junto a la foto que ya había visto, había un montón de instantáneas de Dan y Beth enrollándose en la fiesta donde había supuesto que me habían engañado por primera vez... nada más lejos de la realidad. Había más fotos, de días diferentes de ellos besándose, incluso fotos hechas por ellos mismos, con la mano estirada y mirando a la cámara con los labios hinchados y los ojos brillantes. Me enfadé tanto viendo esas fotos, sentí tanta rabia y dolor en mi interior que por poco se me cae el móvil al suelo.
Entonces alguien se me acercó por detrás.
—¿Qué demonios estás haciendo con mi móvil?
Me sobresalté y antes de que pudiera cerrar lo que había estado viendo, Nicholas me arrancó el aparato de las manos y se puso a mirar las fotos con el ceño levemente fruncido.
—Dámelo —le ordené sintiendo que comenzaba a ahogarme en mi propia desdicha.
Una sonrisa ladina apareció en su rostro.
—Es mío, ¿recuerdas? —replicó aún con la mirada clavada en la pantalla.
Me propuse volverme y marcharme. Sabía que estaba muy cerca de perder el control, lo sentía en la forma como me temblaban las manos y en el picor que sentía en los ojos siempre que tenía ganas de llorar.
Una mano me agarró el brazo.
Los ojos de Nick se clavaron en mi rostro mirándome con escrutinio.
—¿Por qué miras esta mierda? ¿Eres masoquista o qué te pasa? —me preguntó disgustado, metiéndose el teléfono en el bolsillo trasero y aún sujetándome por el brazo. Al parecer yo no era la única que pensaba eso de mí.
—Puede que lo sea —repuse mirándolo fijamente—. Y ahora mismo te aseguro que eres la última persona que quiero tener delante —le dije sabedora de que pagaría mi mal humor con cualquiera pero sobre todo con él.
Me observó de forma extraña, como si de alguna manera quisiese comprender hacia dónde se dirigían mis pensamientos.
—¿Y eso por qué, Pecas?
No pude evitar poner los ojos en blanco ante el maldito apodo que había decidido ponerme.
—A ver, déjame pensar... —dije con sarcasmo—. Desde que he llegado aquí no has dejado de hablarme mal, amenazarme, dejarme tirada en medio de la carretera, comportarte como un auténtico salido y... ¡ah, sí, se me olvidaba...! conseguir que me drogaran. —Fui enumerando esos episodios con los dedos.
—Por tanto ahora es culpa mía que el c*****o de tu novio te pusiese los cuernos —me echó en cara, soltándome el brazo y observándome como si mi actitud le hiciese gracia.
—Simplemente estoy cabreada con la vida en general, así que déjame en paz —le solté adelantándome con la intención de rodearlo y marcharme a mi habitación. Me bloqueó el paso con su gran cuerpo y uno de sus brazos me tomó por la cintura. Antes de saber qué estaba ocurriendo me empujó dentro del despacho de Will, cerró la puerta y se me quedó mirando. La estancia estaba oscura, aunque la luz de la luna entraba a través de las ventanas que había detrás del escritorio y los sillones.
Solté todo el aire que estaba conteniendo cuando dio un paso al frente y me acorraló contra la puerta. Su mirada se clavó en la mía y entonces me di cuenta de lo borracho que estaba. Había estado tan cabreada y triste con lo de las fotos que simplemente había obviado aquel detalle, pero al ver cómo se estaba comportando no cabía duda de cuál era su estado.
—Deja ya de pensar en ese idiota —me ordenó apartándome el pelo del hombro y besándome la piel desnuda.
Fue tan inesperado como intenso. Me recordó al beso que nos habíamos dado en las carreras. Lo que había empezado como una simple venganza se había convertido en un beso realmente placentero y excitante... igual que lo que estaba ocurriendo en aquel instante.
—¿Qué haces? —pregunté entrecortadamente cuando sus labios comenzaron a subir con lentitud por mi cuello depositando pequeños besos ardientes hasta llegar a mi oreja... Tuve que cerrar los ojos cuando sentí que sus dientes se me clavaban en la piel...
—Demostrarte lo buena que puede ser la vida —respondió con la respiración acelerada mientras una de sus manos se metía por debajo de mi camiseta y comenzaba a acariciarme la espalda, primero con delicadeza y después apretándome contra su duro cuerpo.
Estaba claro que no sabía lo que estaba haciendo... ¿Acaso se había olvidado de con quién se estaba besando?
Nos odiábamos, más ahora que había conseguido que se quedase sin su juguete preferido y mucho menos después de que uno de sus enemigos más acérrimos le disparara por la espalda por mi culpa... Pero entonces, ¿por qué yo tampoco podía dejar de disfrutar con aquellas caricias tan ardientes e inesperadas?
—He tenido que contenerme contigo... y, maldita sea, te has metido en mi cabeza y no hay forma de librarme de ti —dijo cabreado mientras me levantaba con facilidad, obligándome a rodearle las caderas con mis piernas.
No tuve tiempo ni de asimilar lo que me dijo porque, de repente, sus labios estaban sobre los míos. Inesperados, ardientes y posesivos... besándome como nunca nadie lo había hecho.
Al principio me chocó volver a sentirlo de aquella forma y más aún después de su actitud de horas antes, pero mis pensamientos al igual que mis sentimientos, problemas o cualquier cosa que me hubiese estado afectando en el pasado reciente quedaron relegados a segundo plano porque ¡madre mía... ese chico sí que sabía lo que hacía!
Su lengua arremetió contra la mía de forma pasional, sin darme un respiro y sentí su aliento embriagador en mi boca. Sin darme cuenta de lo que hacía me encontré a mí misma respondiéndole del mismo modo. Mis manos se enredaron en su cuello y lo atrajeron hacia mí como si lo necesitase para respirar... Toda una contradicción ya que su manera de besar me estaba dejando sin oxígeno a cada segundo que pasaba.
Tiré de su pelo hacia atrás cuando tuve que volver a respirar. Él gruñó de dolor cuando tiré aún más fuerte al ver que no se separaba de mi boca.
Ambos respirábamos jadeando y sus ojos azules se clavaron en los míos cuando intenté controlar las oleadas de placer ardiente que me recorrían de la cabeza a los pies. Aún le rodeaba con mis piernas y pronto sus manos me apretaron con fuerza contra su cuerpo como si no soportara que hubiese espacio entre los dos.
—Eres un bruto —le solté jadeando y sin poder contenerme. No obstante, me daban claramente igual sus formas de tratarme: en menos de cinco minutos había logrado que estuviera dispuesta a darle lo que me pidiera.
—Y tú, insoportable.
No me dio tiempo a rebatírselo puesto que sus labios volvieron al ataque un segundo después.
Dios, aquello era demasiado intenso, lo sentía por todas partes, con una de sus manos comenzó a desabrocharme la blusa mientras que con la otra me apretaba las caderas con fuerza; con la respiración acelerada comenzó a moverse hacia la derecha, seguramente con la intención de colocarme sobre la mesita que había allí, pero yo tiré de él hacia atrás y mi espalda volvió a chocar contra la pared. De pronto se oyó un clic y la luz de la habitación se encendió iluminando todo a nuestro alrededor y a nosotros mismos con una claridad dolorosa.
Fue como si nos hubiesen echado un vaso de agua fría sobre la cabeza.
Nicholas se detuvo; me miró sorprendido y jadeante al igual que yo, la realidad se antepuso a la atracción física de nuestros cuerpos. Nicholas apoyó su frente contra la mía y cerró los ojos con fuerza por unos segundos que se me hicieron interminables.
—¡Mierda! —exclamó entonces depositándome en el suelo y, sin siquiera volver a mirarme, se volvió y salió por la puerta.
La realidad me golpeó tan dolorosamente que mis piernas me hicieron resbalar hasta quedarme sentada en el suelo contra la pared. Me rodeé las rodillas con las manos mientras me daba cuenta de lo que acabábamos de hacer.
Enrollarme con Nicholas no solucionaría absolutamente nada. No haría que los cuernos que me había puesto mi novio desaparecieran, no haría que la soledad que sentía al vivir en aquel lugar sin mi familia ni mis amigos doliese menos y mucho menos iba a hacer que mi relación con él mejorara. Aquel episodio con Nick solo podía significar una cosa: problemas.