Casi todo el pueblo caminó a nuestro lado para ir a dejar a Rogelio a su última morada. Al son de la música cantamos, lloramos y nos abrazamos. No pude cargar el ataúd ni dedicarle una canción, eso me caló hondo. Ni siquiera fui capaz de despedirlo como hubiera querido. Antes de que la tierra terminara de cubrirlo, le prometí honrarlo el resto de mi vida. Los primeros siete días del novenario transcurrieron sin altercados. Los Carrillo estaban sufriendo su propio duelo, incluso los horarios de los rezos se acomodaron, sin buscarlo, para que la gente pudiera asistir a los dos. Además, en el pueblo existía un “respeto” en esos días en los que se despedía a un difunto. Aun así nos mantuvimos alertas porque, si bien Chito se encontraba preso, el alcalde podía hacer una mala jugada. A pesar d

