—Voy por Paulino —me avisó Sebastián mientras caminaba hacia el patio. Nuestros padres se encontraban recostados porque los días pasados fueron en serio agotadores. Tener que atender a tanta gente en medio del gran pesar que les cayó encima los llevó a dormir más de la cuenta cuando terminó el novenario. Agradecí que no se enteraran de lo que pasaba para que se mantuvieran tranquilos. Paulino llegó trotando veloz con la camisa a medio abrochar, y luego los tres salimos para averiguar cómo terminaba aquel barullo. —Justo y Rufino Carrillo han pedido la cabeza del general por el asesinato de su hermano —nos contó Sebastián cuando recorríamos una larga calle que se notaba más vacía de lo normal—. Dicen que el alcalde se negó. Se esparció el chisme de que hasta pensaba liberarlo y a permiti

