En la cartera todavía tenía el papel con su dirección, así que al día siguiente, después de estar un rato en el negocio, compré un ramo de rosas amarillas y fui a visitarla. Ya no dudaría más a la hora de cortejar a la mujer que me interesaba. Su casa era grande, más que la mía. La fachada principal se encontraba orientada hacia el sur y tenía un tejado con dos vertientes horizontales. Di tres toques con la aldaba de hierro que era de un león que miraba atento a quien osara usarlo. Fui atendido enseguida por una señora que iba uniformada. En la capital acostumbraban tener empleados para limpiar hasta sus jardines. Una peculiaridad que me contrariaba porque en el pueblo nos acostumbraron a comer lo que nosotros mismos sembrábamos. —Busco a la señorita Miranda. La empleada me inspeccionó

