El avión seguía su curso, pero yo no podía dejar de mirar la puerta de emergencia como si pudiera lanzarme por ella. El ruido de los motores se mezclaba con mi respiración, que hacía todo lo posible por mantenerse en ritmo. No funcionaba.
Tenía el cuerpo tenso, la espalda rígida, y los dedos apretados sobre mi pantalón. Me dolía la mandíbula de tanto contener palabras, gritos, súplicas. No sabía bien dónde estaba ni cómo había llegado exactamente a ese punto, solo que no podía escapar. No sin arriesgar mi vida.
Ella —Isabella, la paciente a la que había estado siguiendo durante semanas— me miraba como si de verdad pudiera tranquilizarme.
—Mía… necesito que me escuches —dijo con voz suave, casi maternal, con un acento italiano que antes me parecía encantador y ahora era una alarma más de que esto era demasiado grande para mí—. Sé que esto es una locura y que estás asustada. Pero nadie te hará daño.
¿Estaba hablando en serio? Estábamos en un avión privado, rodeadas de hombres armados. Y uno de ellos —el que se sentaba enfrente, de mandíbula apretada y mirada como cuchilla— no me quitaba los ojos de encima.
—Él —señaló con la cabeza— es Thiago Russo. Mi exesposo.
La miré como si me hubiese dicho que era el papa. ¿Exesposo?
—¿Exesposo? —repetí, sin poder evitar que mi voz se quebrara.
—Sí —respondió con naturalidad—. Es complicado… tuvimos un pasado tormentoso, y ahora volvimos a encontrarnos. Este bebé —acarició su vientre— es suyo. Pero no dejaré que te lastimen, Mía. Te lo juro por mi vida.
Tormentoso. Genial. Yo, atrapada entre dos ex que claramente se amaban con violencia. Literal.
Ella intentaba parecer calmada. Pero yo no podía concentrarme del todo porque el tipo del fondo —otro hombre que no conocía— no dejaba de comer como si nada estuviera pasando. Papas, galletas, lo que fuera que sacara del bolsillo. Como si acabáramos de despegar para unas vacaciones y no tras un secuestro.
—El otro —dijo Isabella con tono resignado— es Theo, el hermano menor de Thiago. Come como si tuviera tres estómagos, pero no te dejes engañar, es letal cuando quiere.
Justo entonces, él alzó la vista y me miró.
Dios.
No sé cómo explicarlo. Hay hombres guapos, y luego estaba él. Era guapo de forma insultante. De esos que te miran con esa mezcla de diversión y descaro que te hace querer golpearlos… o besarlos. Tenía una expresión relajada, los labios manchados de sal o grasa o lo que fuera que estuviera comiendo, y aún así, era el hombre más atractivo que había visto en mi vida.
Y eso que me acababan de secuestrar.
—Pero siempre soy un caballero —dijo, guiñándome un ojo mientras se limpiaba los dedos con una servilleta.
Tuve que tragar saliva.
—Yo… yo los ayudaré —balbuceé, mirando a Isabella—. No voy a decir nada, lo juro. Sé cómo manejar un embarazo de alto riesgo y… entiendo que me necesitan. Solo… no puedo irme a Italia. Mi familia está aquí, mi carrera… no puedo desaparecer así.
Mi voz se quebró en la última palabra. Estaba tratando de mantener la dignidad, pero tenía miedo. Mucho miedo.
Y entonces, la voz del otro me atravesó como un disparo.
—Si te bajas de ese avión, te pego un tiro. Así de simple.
Me puse blanca. Sentí cómo la sangre me abandonaba. No podía ni moverme.
—¡Thiago! —exclamó Isabella—. Basta. No vuelvas a hablarle así.
Lo miré de reojo. Él seguía mirándome con indiferencia. Como si yo fuera solo una molestia más en su camino.
Isabella me tomó las manos. Las suyas estaban tibias. Las mías, frías como el hielo.
—No le hagas caso. No va a matarte. Tienes mi palabra. No permitiré que te pase nada.
Asentí con la cabeza. Mentiría si dijera que me tranquilizó. Pero necesitaba aferrarme a algo.
—Está bien… solo prométeme que esto acabará bien.
No sé si esperaba una respuesta. Tal vez solo necesitaba decirlo en voz alta.
Entonces respiré hondo y me armé de valor.
—Solo… solo quiero hacer una llamada. A mi madre. Solo eso. No quiero que se asuste… si desaparezco así…
Thiago me miró como si ya estuviera evaluando mi autopsia.
—Si dices una sola palabra de más, te mueres. Así de claro, doctora.
No gritó. No levantó la voz. Pero fue aún peor. Era seco. Definitivo.
Volví a quedarme paralizada.
—¡Thiago! —saltó Isabella de nuevo—. ¿Estás enfermo o qué te pasa? ¡Es una mujer, no una prisionera de guerra!
—Es una doctora que sabe mucho y no me fío de nadie.
—¡Vaya! Esto se pone caliente —intervino Theo con tono burlón—. Siento que debería retirarme. Aunque si me permiten, yo sí confío en la doctora. Tiene unos ojos muy bonitos para mentir. Si va a traicionarnos, al menos será con estilo.
¿Perdón? ¿Mis ojos?
Lo fulminé con la mirada, pero él solo sonrió más. No sé si quería matarlo o que me abrazara. Y eso me preocupaba.
—No voy a decir nada —dije en voz baja, clavando mis ojos en Thiago—. Solo… quiero enviar un mensaje a mi madre. Decirle que me ofrecieron una beca de investigación en otro país. Algo creíble… que no la alarme. Mi padre tiene mucho poder y si los investiga no les conviene.
Silencio. Finalmente, él asintió.
—Escribe el maldito mensaje. Yo lo reviso. Luego Theo lo manda desde otro teléfono.
Lo hice. Aún con las manos temblando.
—Bien, iremos a mi casa —dijo Thiago, como si el tema estuviera cerrado.
Pero Isabella le plantó cara.
—No. Yo no quiero volver contigo. Que eso quede claro desde ya.
Él rodó los ojos. Como si ella estuviera exagerando.
—No seas caprichosa, mujer. No estamos en edad de hacer berrinches.
—Esto no es una reconciliación, Thiago. Solo estamos en la misma situación por ese bebé que llevo dentro. No confundas.
Yo quería derretirme en el asiento. No entendía nada. Solo quería volver a casa. A mis guardias. A mis pacientes.
—Tengo una casa a las afueras de Nápoles —intervino Theo—. Aislada, discreta, con todo lo necesario. Estarán en mi territorio, y te lo prometo, Isabella… ninguno las tocará. Nisiquiera Emilio.
¿En su territorio? ¿Qué era esto, “El Padrino”?
—¿Quién es Emilio? —pregunté, intentando entender aunque sabía que probablemente no quería la respuesta.
—Es mi padre… y quiere matarme.
Me quedé en blanco. Por dentro solo pensaba: “¿Y yo? ¿Por qué estoy aquí?”
—Y yo pensaba que mi vida era complicada —murmuré.
Theo soltó una risa suave.
—Te acostumbrarás, doc. El caos puede ser delicioso si sabes cómo bailarlo.
—No quiero bailar con ustedes —respondí con sequedad.
—No te preocupes. Mientras trabajes con nosotros y no contra nosotros, nadie te pondrá un dedo encima. Y si lo hacen… lo perderán.
—Muy caballeroso de tu parte —dije con sarcasmo.
—Soy un caballero moderno. Armado y peligroso, pero caballero al fin.
No sabía qué era peor: la amenaza o la sonrisa con la que la acompañaba.
Thiago volvió a clavar los ojos en Isabella, que lo enfrentó con la cabeza en alto.
—No intentes controlarme, Thiago. No soy esa niña que dejaste atrás. Soy madre. Y nadie, ni siquiera tú, va a decidir sobre mi vida sin que yo lo permita.
No sé qué fue lo que vi en sus ojos en ese momento. Culpa, tal vez. O miedo. Pero fue tan fugaz que no tuve tiempo de analizarlo.
Solo sabía una cosa.
Estaba atrapada. Y Theo... maldita sea. Theo iba a ser un problema más grande del que imaginaba.