Había tenido un día largo. Cuatro pacientes nuevos, dos emergencias ginecológicas y una llamada tensa con mi padre durante el almuerzo. Aun así, cuando vi a Valen cruzar la puerta de mi consultorio, me enderecé con una sonrisa automática. No porque fingiera, sino porque verla siempre me despertaba algo cálido. Era una mujer agotada, sí, pero increíblemente fuerte.
Entró con el uniforme de trabajo arrugado, el cabello algo húmedo por el clima y esa expresión de quien está acostumbrada a cargar más de lo que debería. Aun así, caminaba con la cabeza en alto. Admiraba eso de ella.
—Val —la saludé con auténtica alegría—, justo a tiempo. Hoy empezamos con lo importante.
—¿Lo importante? —preguntó, dejándose caer en la camilla como si el peso del mundo se hubiera asentado sobre sus hombros.
Abrí su carpeta mientras le explicaba, pero en mi mente repasaba los protocolos una vez más. La condición genética era seria, sí, pero no imposible. Y Val era joven, fuerte, decidida. Era la candidata perfecta.
—Ya pasamos la etapa de diagnóstico y análisis. Ahora comienza el tratamiento, el de verdad —le dije, y noté cómo se tensaba. — Como ya lo hablamos, tu cuerpo presenta signos compatibles con el síndrome mitocondrial hereditario que, según tus antecedentes, pudo haber afectado también a tu madre.
Le hablé con claridad. Necesitaba que supiera todo, sin adornos. Le mostré el frasco con el compuesto, lo había desarrollado durante mi investigación en Ciudad de México, años de estudio que ahora podían marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Su vida… y la de su hija.
Cuando me preguntó por los riesgos, fui honesta. Siempre lo era. Pero le aseguré que no estaría sola. La vería cada semana, no solo como médica. También como alguien que la había llegado a querer, sin saber cuándo ni cómo había pasado.
Hablamos de su bebé. Sonreí al recordar la última ecografía. Esa pequeña se movía como un huracán, y era imposible no pensar que había heredado la terquedad de su madre. Val se rió, pero en sus ojos vi el dolor que escondía detrás de cada palabra.
—Tú sabes que estoy haciendo esto sola, ¿no?
Esa confesión me atravesó. Me acerqué, sin dudar, y le toqué el brazo. No le mentí: no pensaba dejarla sola. No mientras pudiera evitarlo.
La conversación cambió cuando notó el anillo en mi dedo. Sentí el rubor subir por mis mejillas. Me daba un poco de vergüenza, pero también era felicidad. Le conté lo de la propuesta. Habíamos pasado por tanto… y, aun así, ahí estábamos.
—¿Y tu papá no está feliz con el compromiso?
Respiré hondo. Era un tema que siempre me dolía tocar. Mi papá era todo para mí, pero no era fácil. Nunca pensó que ningún hombre estuviera a mi altura. Era más protector que cualquier otro padre que conociera.
Val bajó la mirada, y por primera vez me habló de su padre… o de la ausencia de él. Y de su madre. Tragué saliva. A veces olvidaba que muchas personas no habían tenido la infancia segura que yo tuve. Que no habían crecido sabiendo que había alguien esperándolas en casa, pase lo que pase.
—Lo siento, Val… No sabía —le dije, sintiéndome torpemente culpable por mis privilegios. Pero era cierto: ella estaba ahí, luchando, sola… y fuerte.
Le prometí que cuidaría de ella. Que haría todo lo posible por las dos. Y cuando bromeé con que podía llevar a mi padre al parto para espantar a los irresponsables, nos reímos juntas. De verdad. De esas carcajadas que aflojan las tensiones. Me sentí más cerca de ella que nunca.
Le apliqué la inyección. Sabía que dolía un poco, pero ella no se quejó. La admiré más por eso.
—Muy bien, Valen. Eso es todo por hoy. Eres muy valiente, ya lo sabes —le dije, sonriendo con orgullo.
Estaba a punto de guardar sus cosas cuando lo escuchamos.
Tres disparos secos.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me puse pálida, el corazón me retumbó en el pecho. No era la primera vez que escuchaba tiros, pero sí la primera que sentía miedo por alguien más que por mí.
—Tranquila, Val… llamaré a la policía —le dije, intentando mantener la compostura. Fui hacia el escritorio, pero ella no me hizo caso.
Cuando me giré para mirarla, se estaba levantando. La vi sacar un arma del bolso. Me quedé helada. No podía creer lo que estaba viendo.
—¿Qué…? Val, ¿de dónde sacaste eso?
—No me voy a esconder mientras alguien intenta matarme —respondió con un tono que no le había escuchado nunca.
Sentí un escalofrío recorrerme. Me refugié detrás de ella, impotente, temblando como no lo había hecho ni en mis peores guardias de urgencia. Me juré no dejarla sola, pero… ¿cómo protegerla ahora?
Los pasos se acercaban. Tres sombras al otro lado del vidrio. Sentí el pánico clavarse en mi estómago. Pero ella no dudó.
Abrió la puerta con una seguridad que me paralizó. Disparó. Dos cuerpos cayeron.
Yo me quedé allí, sin aliento, viendo cómo se erguía con el arma aún apuntando al tercero.
Y entonces lo entendí todo.
Val no solo era fuerte.
Era peligrosa.
Y esa bebé dentro de ella… tenía una madre capaz de hacer cualquier cosa para protegerla.
Cualquier cosa.