~Capítulo 4~

2343 Palabras
Ni la lluvia de esa mañana había impedido que siguiera buscando. Las nubes grises se amontonaban en el cielo impidiendo el paso del sol, además de que intentaban hacerlo desistir y caer en la tentación de refugiarse de vuelta en el cuarto de hotel, donde ya llevaba casi dos semanas como huésped. Las calles de Chicago se mojaban con la lluvia matutina, pero eso no imposibilitó que los autos se acumularan en la carretera, transportando a todas aquellas personas que debían asistir a sus trabajos o llevando a sus hijos a la escuela ese lunes por la mañana. La agitada vida de la ciudad no se comparaba con Corea, pero de algo estaba seguro, la gente era la misma, no eran diferentes de aquellos muñecos. Estuvo a salvo de la lluvia una vez que subió al taxi color blanco. Le indicó al chofer la dirección y tomó su celular para marcar a aquella persona. Fue hasta el segundo timbre que esta contestó. —Nada aún. Ya recorrí las bodegas, como el paquete no tenía remitente no fue devuelto. Hubiera sido incluso peor que lo regresaran. —Una pausa. Se acomodó la corbata mientras escuchaba las palabras de aquel hombre del otro lado de la línea—. Revisaré los depósitos, mucha gente se hace de mercancía y la revende en esos lugares. Guardó el celular dentro de su saco húmedo una vez que terminó con la llamada. Se les agotaba el tiempo, necesitaba encontrar ese paquete, no podía fallarle después de todo lo que había hecho por él ¿Y sí ponía fotos en las calles? Sacudió la cabeza, no era buena idea, si ese maldito de Cox se enteraba podría tomar ventaja y de paso los mataría a él y al señor H.  Necesitaba, ante todo, ser discreto. —Si alguien llegara a encenderlo estaríamos en grandes problemas —chasqueó la lengua, un mal hábito de la infancia. Hizo andar el auto. No tenía más remedio que el de seguir buscando, recorrería todo Chicago de ser necesario. —El robo es un delito grave. Quien quiera que te tenga, ya tiene un pie dentro de la celda. AUSTIN   Esta mañana he pedido que se lleven la caja de Lutz fuera del departamento antes de irme a la Universidad. Estoy feliz de deshacerme de ese empaque sucio al fin, sobre todo porque ya he chocado con él dos veces este mismo día. Dejé a Jayden toda la mañana, debo de admitir que en el tiempo transcurrido en la Universidad estuve distraído, no hice mi trabajo al mismo ritmo que de costumbre, pero dejarlo fue necesario, no puedo ir y venir con él todos los días, no quiero terminar como Lewin.   Tomo mi celular poco después de lanzarme al sofá causando un ruido sordo, y tecleo Lutz. El viejo y útil buscador GOOGLE lanza una serie de páginas principales. Accedo al primer link y busco en el catálogo los Human doll que la compañía tiene en venta. Es de locos. Hay modelos avanzados de más de dos millones de dólares ¿Por qué la gente gasta su dinero en muñecos inteligentes y dejan pudriéndose el planeta? Bien pueden usar todos sus millones en la reforestación de bosques, alimentación a países con hambruna, en creación de escuelas y hospitales, a la investigación y creación de medicamentos; pero no, el hombre sigue poniendo como prioridad sus caprichos, ignorando los problemas del mundo. —Con dos millones levantaría el orfanato. —Y hasta me sobraría—. ¿Cuánto costaría Jayden? Continúo buscando. La página de Lutz ofrece gran variedad de modelos, incluso puedes modificar ciertos aspectos físicos, como el color de ojos, la piel o el cabello. Hay también la posibilidad de pedir un diseño hecho por el comprador en una sección llamada “taller de cuerpo”. En ningún momento veo el diseño de Jayden. Supongo que todos los muñecos fabricados son únicos y se venden poco después de ser empacados, o fue un diseño personalizado por el dueño. Observo al doll, este está entretenido tomando algunas herramientas con las que suelo trabajar. Jayden parece más real que todos los muñecos del catálogo, más que la doll de Lewin, más que cualquier otro muñeco que vi de lejos por la calle. Jayden es el más parecido a un humano. —Jayden. Acércate, estoy en el sofá —lo llamo. El muñeco deja la herramienta pesada dentro de la caja de plástico y camina sin tropezarse hacia el sofá, sentándose al lado mío. Tengo que alejarme un poco, el muñeco casi se ha sentado sobre mi pierna. —¿Tienes registros de Lutz en tus archivos? ¿Tal vez el tipo de material con que estás construido, o tienes conocimientos de algún acceso de emergencia colocado en ti? —Jayden hace un gesto, parece indagar en sus escasos recuerdos. —No. —¿Solo así? ¿No hay nada? —Nada, mi vida de doll comienza contigo como dueño. Maldigo. No hay manera. Si reporto el extravío de Jayden, entonces Lutz me reclamará el hecho de haberlo encendido, después me cobrará una suma millonaria que no podría pagar jamás en toda mi vida. —Esto me está fastidiando. Siempre he gritado al mundo mi odio a la estúpida compañía Lutz, y ahora tengo un exclusivo muñeco parlante de compañía, ¡y ni siquiera parpadea! —¿Quieres que parpadee más? —Jayden comienza a hacerlo con una frecuencia exagerada. —Solo un poco menos, ya sabes, raro. Sí, a eso me refería. —sonríe y yo solo soy capaz de soltar una risita, ese doll es serio y gracioso al mismo tiempo, su ignorancia hacia el mundo me divierte. El sonido de un mensaje salta en mi asequible celular ¡Lo he olvidado! Tengo cita en el orfanato, esta tarde he quedado como voluntario en el festival programado por las hermanas, las monjas encargadas de cuidar a los pequeños. Haré una pequeña presentación de un experimento, eso si llego a tiempo. —Tengo que salir —corro hacia mi habitación, me coloco una sudadera color rojo y tomo una bolsa pesada con algunos aparatos de mi invención—. Olvidé que debo estar en un lugar dentro de media hora. —¿Es importante? —Muy importante, ¿dónde dejé las llaves? —digo, desesperado. Jayden solo puede escuchar el ir y venir de mis pasos, lo sé por como se mantiene quieto y atento en el mismo sitio. Parece querer decir algo, pero no lo hace, y yo tampoco pregunto. Aunque me hago una idea de lo que quiere. Desea acompañarme, estoy casi seguro. Lo ignoro y sigo rebuscando. —¡Aquí están! —grito con júbilo. Tomo de nuevo mi bolsa, que había dejado cerca de la puerta, y me la cuelgo al hombro—. Vuelvo en una hora. No salgas. —Yo… —Me detengo para escucharlo— ¿Puedo ir contigo? Lo dijo. Por un momento pensé que no lo haría, pero parece interesado. Quiero decirle que no, que solo será un estorbo; lo sé, es cruel y horrible, pero es solo un doll, su sufrimiento será momentáneo, o eso creo. No es humano, por lo tanto no me sentiré tan mal si rechazo su petición. Mi respuesta se prolonga, el ruido de la calle es lo único que puedo escuchar. Es como un perrito demandando atención. ¡Cielos! ¿Por qué estoy considerándolo? No debería siquiera dudar, pero aquí estoy, contradiciendo mi propio juicio. —Seguro. Ponte los zapatos. Y aquellos ojos sin vista se iluminaron.   Se acostó, y se quedó dormido. Y mientras dormía, le pareció que veía en sueños a su Hada, bella y risueña, que le decía, después de haberle besado cariñosamente “¡Muy bien, Pinocho! ¡Por el buen corazón que has demostrado tener, te perdono todas las travesuras que has hecho hasta hoy! Ten juicio en adelante, y serás feliz”. En este momento terminó el sueño y despertó Pinocho. Ahora imaginaos vosotros cuál sería su estupor cuando, al despertar, advirtió que ya no era un muñeco de madera, sino que se había convertido en un chico como todos los demás. Jayden está sentado en la última fila de aquellas sillas perfectamente alineadas en el pequeño escenario del festival que el orfanato ha organizado para la recaudación de fondos. Los human doll no sienten deseos propios, los human doll están solo por y para su dueño, pero ahí está él, pidiéndole a un hada que solo existe en cuentos, que le conceda, al igual que Pinocho, ser una persona de verdad. ¿Cómo lo sé? Me lo ha dicho poco antes de subir a la tarima para mi presentación. Me acerco a él luego de terminar mi pequeña demostración de magnetismo a los niños y personas asistentes al festival. Tengo que tocar su hombro para que sepa que estoy ahí, ya que mi voz llamándolo no fue suficiente para hacerlo volver de su ensimismamiento. —El baile de los niños será el último número, después la gente solo se queda a comprar en los puestos de comida. No tiene caso quedarnos —Jayden asiente en respuesta y estira su mano para que lo guíe de vuelva al departamento. En todo el trayecto, Jayden permanece callado. Él siempre está curioso de los ruidos que escucha por la calle, siempre demuestra entusiasmo por acompañarme, pero me doy cuenta de aquel extraño cambio en el muñeco. Me detengo. Por la calle, dentro de un auto color rojo, veo a un ejecutivo acompañado de una muñeca Lutz de cabellos plateados y labios color carmín. El hombre aprovecha el semáforo en rojo para dar una ligera caricia en el cabello corto de su doll. La muñeca sonríe de manera vana, casi no parpadea y se mantiene con la vista al frente. Jayden tiene movimientos similares, pero hay algo diferente en él, sus desplazamientos son menos mecanizados, tal vez sí se trata de un muñeco de modelo avanzado. —¿Austin? —escucho su voz. Entonces aparto la vista de aquella muñeca y continúo mi camino. —Me distraje —le digo—.  Debemos regresar, pronto comenzará a llover de nuevo. Mientras subimos al elevador, noto que en el zapato de Jayden hay una hoja pegada en la suela debido a la lluvia. Me agacho para quitarla. Se trata de un anuncio casero, donde buscan a un muñeco extraviado. Se me congela el alma al reconocer a Jayden en la foto. El dueño está buscándolo. Ese tipo de anuncios ya no están permitidos debido al daño que ocasionan al planeta, a menos que pagues una suma escandalosa al gobierno para ser colocados. Las personas ahora optan por situar avisos en páginas concurridas de internet o en espacios de anuncios electrónicos ubicados en el metro, hospitales, gimnasios, estadios, y demás. Hay un número de teléfono adjunto a la hoja, así como una cifra considerable de dinero si aportas alguna información sobre el paradero del muñeco. Aprieto los dientes, no soy ningún ladrón, he adquirido a Jayden en un depósito de chatarra, no tengo por qué sentir miedo de ser juzgado. Si el dueño está preocupado por su muñeco, entonces debo de hacer lo correcto y entregarlo. Esa persona podría pedir que volvieran a reiniciar a Jayden, entonces se olvidará de mí y no sufrirá pensando que lo he desechado. La puerta del elevador llega a mi piso, así que arrastro a Jay de vuelta al departamento. El muñeco se sienta como de costumbre en el sofá y yo permanezco de pie, observando el papel mojado y sucio en mis manos. La dirección está impresa. Puedo considerar no ir a la escuela mañana y devolver a Jayden. —No soy un ladrón —digo casi en un susurro—, pero si me quedo con él sabiendo esto, entonces definitivamente lo seré. —Austin —me llama Jayden— ¿Escuchaste la historia de Pinocho? También quiero ser de carne y hueso. Un nudo en mi garganta, doloroso y opresor, se forma después de escuchar aquellas palabras. Un human doll con un anhelo, no estoy seguro si eso es parte de la configuración de los muñecos de Lutz, pero me conmueve. ¿Por qué razón quiere algo así?, ¿se ha sentido identificado con la historia y por eso repite el deseo de un muñeco de madera en una historia infantil? Mis preguntas no pueden ser respondidas por un muñeco, pero aun así lo digo. —¿Por qué quieres ser de carne y hueso, Jayden?, ¿no es mejor permanecer como un muñeco? —Si no soy un muñeco, entonces tú me querrías contigo —toca su mano, su propia piel prefabricada—. Todo en mí es falso, fui construido con el único objetivo de entretener. Soy exactamente lo que tú odias. —Yo no te odio. Odio a Lutz, tú no tienes la culpa de ser lo que eres —Nunca me gustó mentir, y no lo haré ahora—. Encontré a tu dueño. Mañana iré a entregarte. Jayden se levanta del sofá y gira en mi dirección con el rostro sorprendido. Sé que no le hace gracia, pero no quiero convertirme en un ladrón. Si ese papel ha llegado a mí, era por un motivo, su devolución. —¡No puedes, soy tuyo, tú eres mi dueño! —¡No soy tu dueño, Jayden! Te encontré en un depósito de chatarra, ¿no lo entiendes? Jamás pagué una suma millonaria por ti, tienes un dueño que está buscándote por toda la ciudad. Un dueño rico que te podrá vestir, alguien que tenga el tiempo suficiente para jugar contigo —aparto la vista de él, mirar sus expresiones es demasiado—. No voy a discutir esto contigo, ahora déjame en paz. —Pero… —Eres un muñeco, obedece. Con el semblante triste regresa al sofá. Se ha terminado. —Soy un muñeco y obedezco —responde con la voz apagada. Si no me interesa tenerlo, ¿por qué me siento tan mal?
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