El carruaje se detuvo frente a una casa humilde que discordaba en medio de las mansiones del Soho. Duncan descendió tan pálido como la mujer que lo acompañaba y que respiró con fuerza para llenarse el pecho con el aire limpio después de haber soportado el hedor del vomito que traía el muchacho. Él quiso disculparse por eso y recordó que fue ella quien lo envenenó con éter, por lo que prefirió ignorarla. —Hasta aquí puedo llegar —le avisó Magdalene—. Mis hombres estarán atentos por si necesitas ayuda y para avisarme cuando lleves a Mei Lin de regreso a tu hogar. Espero que detengas al Conde y que te libres de él para siempre. Ella no le dio la oportunidad de maldecirla o de agradecerle, echó a andar el carruaje y Duncan se quedó solo, de pie ante la puerta que tocó con sus nudillos tembl

