—A un personaje de televisión… No importa —dije—. ¿Qué me habías preguntado antes de que me asustara? —Si querías desayunar. —Ah, sí. Bueno, sí. ¿Llegaron los empleados? —No, ¿por qué? Porque, por una vez, quiero tener contacto con alguien normal, dije para mí. —Por nada, solo pregunto. —No te preocupes por ellos. Son muy sigilosos, y muy eficientes. —Bueno, vamos. La verdad es que no quería pasar más tiempo cerca de esas desagradables estatuas, de ese perverso demonio cuya historia estaba directamente relacionada con lo que me estaba pasando. Seguí a Delora, viendo el sutil vaivén de sus caderas. Me preguntaba por qué carajos una chica tan joven, con un culo tan lindo, se tenía que vestir como monja. Preferí desayunar en la cocina. Una enorme isla de mármol en el cent

