6. Caminos de confianza

1062 Palabras
Ella eligió una selección de libros que necesitaba. Rudá no le gustaba la fotografía, pero entendía mucho, porque siempre estaba investigando cámaras y otros accesorios para la chica. Ella se acercó con los libros, se sentó en su regazo. Rudá se puso rígido. Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla. Los compañeros iban saliendo hacia la caja, y luego irían pronto a la universidad. —Rudá. Pero él había entrado en otro mundo, Rayra se dio cuenta. Ella se levantó, pero él siguió rígido. —Rudá… Nada. Rayra pensó en llamar a su padre, pero si no aprendía a lidiar con su personalidad fracturada, daría varios pasos hacia atrás. Habían reservado ese ala por una hora, todavía tenía media hora para hacer que Rudá respirara normalmente. Rayra se puso de pie, se colocó detrás del sillón, masajeó sus hombros. Rudá gimió. Ella acarició su cabello. —¿Sabes que te amo? Él respiró profundamente. —¿Qué pasó? —No sé cómo manejar la cercanía, Rayra. Volvió a cerrar los ojos. Rayra le ofreció la mano y salieron de la librería, cuando llegaron al auto, ella esperó a que él se sentara, y se movió para sentarse en su regazo masculino. Lo vio abrir los ojos de par en par. —NO. —¿No me digas lo que sientes? —Baja Rayra, por amor de Dios baja. Me harás daño. —Dime lo que sientes. —No puedo respirar, y duele como fuego. Ella volvió a su lugar, Ruda salió del auto, se apoyó en la puerta, ella se unió a él afuera. —Esto no funcionará, yo... —Te tocaron cuando no querías ser tocado. Rudá se calló y se deslizó hacia el suelo. No podían quedarse allí. Rayra se sentó en el suelo también. Abrió su bolso y le ofreció un trozo de tarta de manzana que hacía su madre. Ruda aceptó.. —Vas a perder tu clase. —No puedo perderte a ti, Rudá. La clase sí, puedo perder un semestre, incluso un año. —Oh, princesa. Lo siento por lo que me he convertido. Ella tomó su mano. —¿Quién fue? —Rayra. —¿No me lo vas a contar? —No puedo. —¡Libera a mi padre para que cuente, entonces! —No quiero que lo sepas. No podemos quedarnos aquí, vamos a llamar la atención. —Vamos. Él se levantó, y Rayra lo observó. —No comentes. ¡Por favor! Él tomó sus libros y los usó como protección, se quedó en shock cuando se excitó porque ella se había sentado en su regazo por primera vez, y las memorias del camisón de la noche anterior. Rayra gimió. —Rudá. —Voy a contarle a mi tío. —No lo hagas. Tienes treinta años, no puedes usar a mi padre para huir de mí. Pero Rudá al menos intentaría. Fueron a su auto, él no podía ni conducir así. Ella no lo arrancó, encendió el aire acondicionado y activó la protección. —Rayra.. —Quiero un beso. Ella aseguró la puerta. —Cualquier otra que se acerque a mí de esta manera, no dudaría en romperle el cuello. Y sabes que nunca te haría daño. Si te sientas en mi regazo nuevamente, me quedaré aquí, porque no te empujaría lejos, pero nunca te perdonaré. —Rudá. Prometí que no huiría, y no lo haré... pero te estás poniendo duro, Rayra, muy, muy duro, y me estás haciendo ver pesadillas bailar frente a mí, puedo tocarlas, sentir su olor y ver... Gimió desesperado. La erección dolía. El recuerdo del dolor. Rayra cerró los ojos. —Mi primer beso es tuyo, monstruita… Abrió los ojos. —¿Qué dijiste, Rudá? —Que mi primer beso es tuyo, nunca he besado a nadie... pero déjame respirar... —Solo una pregunta. —Una. —Fue... una mujer que... —No. Eso no. —Él no hablaría. —Mierda. Nunca lo había oído maldecir. —Disculpa. Eso duele. La erección dolía. Ella condujo hasta el condominio, estacionó cerca de casa. —Baja. —¿Te quedarás? —No puedo entrar a casa así. Rayra entendió que él nunca le había ofrecido un beso a nadie, pero pensó que al menos habría tenido encuentros sexuales casuales. —Rudá, ¿has estado con alguien? —Yo... —Después de que llegaste a casa, cuando el tío Henrique te dio tu nombre y mi padre te adoptó, ¿has estado con alguna mujer? Después de eso. —No. No tenía experiencia consensuada.. —¿Puedes darme los libros? Él los entregó, ella los arrojó al asiento trasero. —Déjame arreglarte para que puedas bajar.. —Rayra. —Juro que no haré nada que no desees. Quita tu mano, Rudá. —Esto no está bien. —Está bien. Te amo. Y tú me amas. Él agarró el asiento del auto. Rayra se acercó, ella estaba loca por deslizar su mano sobre él, y descubrir si el tamaño que notaba bajo sus pantalones era real, pero si lo hacía, él nunca más confiaría en ella. Y lo rompería de una vez por todas. Él sostuvo su mano cuando ella tocó el borde del pantalón. —Mírame a los ojos, Rudá. Soy yo. —Princesa. —Soy yo. —No aprietes, duele. Él había sido lastimado. —No lo haré. Mantuvo su mirada. Rayra vio cómo se mordía los labios cuando sintió su mano, ella levantó su pene, usó su calzoncillo para mantenerlo en esa posición, luego bajó la camiseta que llevaba. Los pantalones eran oscuros y la camiseta también. Nadie lo notaría si iba directamente a casa.  Listo. Puedes entrar y subir a tu habitación. Él salió del coche, Rayra lo siguió. Encontraron a Helena yendo al gimnasio femenino. Rudá corrió por las escaleras y Helena preguntó: —¿Qué has hecho con Rudá, Rayra? —¿Quién dijo que hice algo, mamá? —Rayra... —No hice nada, mamá. —Lo sé... Fingiré que te creo. —¿Dónde está papá? —En la oficina... Sabes que no es un lugar para ti... —Lo sé. Helena se fue, a Estefano le tocaba lidiar con Rayra, como madre intentaba poner límites a Rayra, pero Estefano la consentía, y el tío Henrique, estando lejos, cumplía todos sus deseos, ahora le tocaba a Estefano contener a la pequeña monstrua que creó.
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