Prólogo
« Hannah Darkhorse »
El primer puñetazo del día vuela directamente hacia mi ojo derecho. El segundo, hacia mis costillas en mi costado derecho.
Respirar duele, quema, asfixia.
Y de repente, toda mi vida pasa como en cámara lenta ante mis ojos. Pero no es el final, al menos, no para mí.
Corro con agilidad hacia la cocina y lanzo una gaveta del armario de utensilios contra el piso de mármol, tomando un revólver que había escondido en la base del cajón final del estante.
Siento que la ingenua e insulsa mujer ha sido relevada, siendo sustituida por la valiente, implacable y destemida que siempre he sido, que siempre me vi obligada a ser gracias a mis padres.
Miro fijamente al rubio que ha sido mi compañero hace tantos años, y siento que ni siquiera lo conozco. El hombre avanza hacia mí y rápidamente doy un paso atrás, por inercia, apuntando el arma hacia él.
— Me pones otro dedo encima y ¡juro que halo el maldito gatillo, Gastón!
— No te atreverías... — Se burla el desgraciado, deteniéndose abruptamente. — Tú no tienes agallas, Hannah. — Le quito el seguro al revólver de nueve milímetros que sostengo en mi mano derecha, mientras observo al infeliz que ha estado abusando de mí durante los últimos seis meses.
— Desafíame. — Lo miro directamente a los ojos y, por primera vez en seis meses, no existe temblor en mi voz... ni siquiera en la mano que sostiene el arma. — Ponme a prueba y verás de lo que realmente soy capaz. — El rubio vacila y frunce el ceño borrando lentamente su sonrisa engreída y autosuficiente, sabiendo que cuando alguien me desafía, cumplo con mi palabra sin importar qué.
Gastón es mi novio desde hace cinco años, siempre había sido un hombre gentil, atento, cariñoso y comprensivo conmigo desde que nos conocimos. Sin embargo, hace seis meses ese hombre dulce y tierno desapareció por completo. Para ser honesta, Gastón se transformó en un monstruo luego de que mis padres fueran brutalmente asesinados. Él comenzó a administrar los negocios de mi familia, pero en un momento dado, quiso vender todo el patrimonio que me heredaron mis padres para quedarse con todo mi dinero. Por obviedad, me negué a deshacerme de todo aquello por lo que mis padres lucharon tanto para tener y, desde entonces, comenzó el infierno.
Gastón empezó a golpearme hasta por una mosca que pasaba volando a su lado. Los moretones en mi rostro, entonces, se volvieron difíciles de ocultar con todo el maquillaje que me ponía en la cara. Todo le molestaba de mí. Esos cinco años de amor y dulzura se fueron por el drenaje. Honestamente, ya ni siquiera recuerdo al hombre del que me enamoré tan profundamente.
Me pregunto si todos esos años fueron solo fantasías…
Y Gastón solo estaba interesado en el dinero de mi familia…
Y jamás me amó en realidad.
Ahora miro a este hombre y no siento nada, ni siquiera lástima. Solo siento un deseo profundo e irresistible de halar el gatillo y acabar con todo mi sufrimiento. Las costillas rotas, los moretones en todo mi cuerpo, los ojos hinchados, amoratados e inflamados, el labio partido... Todas esas heridas son un suave soplo en comparación al dolor que siento por la decepción y la pérdida. Mi corazón se ha vuelto frío, n***o, sin vida. Mi sangre hierve con odio puro e irremediable, si pudiera, incendiaría el mundo entero y, aún así, el dolor en mi pecho seguiría latente... Como si rasgaran mi piel con un cuchillo de filo dentado al rojo vivo.
— Hannah, usa tu cabeza... — La voz autosuficiente y superior de Gastón me devuelve a la realidad, sacándome de mi ensoñación. — No querrás pasar el resto de tu vida en la cárcel.
— Ya no tengo nada que perder, Gastón. — Mi postura se relaja a cada minuto que pasa, porque en definitiva, ya nada me asusta, ya nada me importa. — No permitiré que sigas abusando de mí. Ahora mírame bien... No soy la misma persona que hasta el día de ayer podías manejar a tu antojo. Si te fijas bien, mis ojos ya no brillan, se ven opacos. Mi mirada es diferente. Y ya ni siquiera tengo lágrimas para seguir llorando mi dolor.
— Baja el arma, Hanni...
— ¡No te atrevas a llamarme así! No tienes ningún derecho.
— Hablemos...
— ¡No! — Halo el gatillo, silenciandolo. — Tomarás tus cosas y te irás de aquí. Tienes dos horas para largarte de mi casa. Cuando vuelva, no quiero encontrarte aquí porque el próximo disparo no será en medio de tus pies, será en medio de tus ojos. — La mandíbula del rubio se tensa con fuerza, su ira hierve, a pesar de haber quedado pálido por el disparo que solté a sus pies.
— Hannah...
— Dos horas, Gastón.
— ¿De dónde sacaste ese revólver? ¿Y cuándo aprendiste a disparar?
— Oh, pequeño detalle sobre mí que no conocías. Verás... Como soy hija única, hija mimada de un padre orgulloso y sobreprotector, tuve prácticas de tiro desde mis diez años de edad. Oficial y legalmente soy una francotiradora que jamás falla un blanco. Y tengo permiso para portar arma. — Gastón traga saliva con dificultad y respira profundamente.
— Hablemos...
— ¡No! Escúchame bien, Gastón, porque no pretendo repetir. He permitido seis meses de abuso de tu parte porque creí que en algún momento entrarías en razón y volverías a ser el hombre del que me enamoré…
— Hanni…
— Mas sin embargo… — Lo interrumpo con brusquedad, perdiendo la paciencia cada vez más. — Si permito que esto continúe, terminaré muerta en tus manos. No sería una mala idea, ahora que me encuentro completamente sola en el mundo. Pero sería una tremenda injusticia para con mis padres, que hicieron de todo para protegerme de gente como tú. Así que te aconsejo que desaparezcas de mi casa, de mi empresa y de mi vida de una vez por todas, porque no habrá una segunda oportunidad para ti. — Lo miro sin titubear, demostrando una seguridad que creí haber perdido hace seis meses. — No me desafíes. Tú mejor que nadie sabes de lo que soy capaz cuando me desafían.
Tomo mi bolso y salgo de la casa, aún apuntando el revólver hacia ese hombre que creí en algún momento... era el amor de mi vida.