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Matrimonio de mafiosos

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matrimonio bajo contrato
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familia
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drama
sin pareja
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de enemigos a amantes
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intro-logo
Descripción

Valeria Méndez, una sicaria entrenada para matar sin titubear, es obligada a casarse con Ethan Carter Montgomery, un hombre tan frío y calculador como ella. Lo que comienza como una unión para fortalecer alianzas familiares pronto se convierte en un choque de egos y tensiones constantes. Entre el desprecio mutuo y las reglas impuestas, ambos se ven atrapados en una lucha de poder que amenaza con destruirlos, pero no pueden evitar sentir el mismo deseo y la misma pasión en cada una de sus miradas y los gestos protectores que poco a poco van saliendo a flote.

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Boda arreglada
POV VALERIA —Eres nuestro orgullo, nena… mi máquina de matar favorita—, dijo mi padre mientras se servía un trago de vino tinto, ese que reserva para las ocasiones "especiales". —Lo tengo claro, papá. Pero este tipo… es de la policía—, le respondí, directa, sin rodeos, como me gusta. —¿Y qué? tú ya te cargaste a peces más gordos que ese gringo. Relájate, hija—, soltó, seguro de sí mismo, como siempre. Me quedé callada, mordiéndome el labio. El viejo tenía razón, pero este tal Michael Harris era diferente. —Esto es pan comido para ti—, agregó, dándome una palmadita en el hombro antes de dar el último sorbo a su copa. —Ah, voy a mandar a Cami para que te pregunte qué quieres cenar. Y así, sin más, salió del comedor. Yo me quedé ahí, mirando la mesa gigante. Suspiré largo. Me pasé la mano por el pelo. "¿Cómo carajos voy a hacerlo?", pensé. Este tipo no era cualquiera, tenía un chalet vigilado día y noche, lleno de cámaras, guardias, todo. Papá se creía que todo se resolvía con un chasquido de dedos. —¿Vale?—, escuché la voz de Camila interrumpiendo mis pensamientos. Estaba parada detrás de mí, con esa sonrisa de siempre. —¿Qué quieres cenar, Valeria? Cami era buena. Una de las empleadas más viejas de la mansión, pero conmigo siempre fue más como una tía. Igual, no tenía ganas de comer nada. —Todo bien, Cami. Me voy a casa ahora—, le dije con una sonrisa forzada mientras me levantaba y me ponía el abrigo. —Como quieras, Valeria. Que descanses—, respondió ella. Le hice un gesto y caminé hacia la salida. Al rato me crucé con mi viejo. Lo abracé rápido. —Ya me voy, es tarde. Estoy cansada—, le dije antes de que me largara algún sermón. —Anda, nena. Buenas noches—, contestó con su típica sonrisa tranquila. Crucé el enorme jardín, saludando a los guardaespaldas que estaban en sus puestos. Me subí a mi Mercedes n***o y prendí la radio. Necesitaba distraerme. El edificio que papá me regaló hace un año estaba vacío, como siempre. Él lo llamaba "mi refugio", yo lo llamaba "mi madriguera". Daniel, el guardaespaldas que más confianza me daba, estaba abajo esperándome. —Buenas noches, señorita Méndez—, dijo, dándome una media sonrisa. —Buenas, Daniel—, respondí mientras me metía al ascensor que me llevaba directo a mi piso. El lugar era grande, más de lo que necesitaba. Tenía ventanales que me mostraban toda la ciudada iluminada. Me saqué los tacones apenas entré, sintiendo el frío del piso bajo mis pies. Me tiré al sofá, cansada. —Michael Harris…— susurré —Ya estás muerto. Solo que no lo sabes todavía. * A las siete de la mañana, el maldito despertador empezó a sonar, como siempre. Apenas abrí los ojos, me quedé sentada en la cama unos segundos, tratando de recordar en qué día vivía. Agarré el celular que descansaba en la mesita y lo revisé sin ganas. Mi cama estaba pegada a una enorme ventana. Desde ahí, la vista de la ciudad me saludaba como un recordatorio de lo caótica que es mi vida. Me froté los ojos, bostecé y miré Los Ángeles, cubierto por una bruma gris que abrazaba los rascacielos. Después de unos minutos de pereza, me arrastré hasta el baño. Tenía una piscina en la planta baja, pero preferí meterme en mi bañera, bien caliente, mientras veía las noticias en la pantalla de la pared. —Buenos días —, dijo una presentadora con una sonrisa demasiado perfecta. —Crisis mundial por la escasez de gasolina. "Como si me importara", pensé, mientras apagaba la tele con el control. Salí de la bañera, me puse un albornoz y fui a elegir qué ponerme. Después de dar mil vueltas frente al armario, terminé con un conjunto n***o y mi abrigo encima. Todavía hacía frío por las mañanas. Mientras bajaba las escaleras de cristal, llamé a mi padre. —Hola, Valeria, mi amor. ¿Cómo estás?—, contestó él con su tono de siempre, mitad cariño, mitad autoridad. —Bien, papá—, respondí con calma. —Voy camino a la mansión de Michael Harris. Lo tengo todo planeado. Le dispararé desde lejos. —Perfecto. Pero, por favor, llevate a Daniel contigo. Quiero que alguien te cubra las espaldas—, insistió. —Claro, papá—, mentí descaradamente. Sabía que esto tenía que hacerlo sola. —Y no te olvides de pasar por la mansión más tarde. Necesito hablar contigo de algo importante sobre tu futuro—, añadió antes de colgar. Guardé el celular y bajé al sótano para recoger mi Sniper n***o. La misión estaba clara en mi cabeza: acabar con Michael Harris y volver como si nada hubiera pasado. * Más tarde, cuando entré en la mansión de mi padre, estaba cubierta de sangre. Camila me recibió en la entrada con su calma habitual. Me alcanzó un trapo sin decir una palabra. —Gracias, Cami—, murmuré mientras me limpiaba la cara. —Tu papá te espera en el despacho—, dijo, señalando las escaleras. Subí con rapidez. Toqué la puerta y entré. Papá estaba sentado en su enorme silla de cuero, con esa sonrisa tranquila que siempre me desconcertaba. —¿Cómo te fue, nena?—, preguntó, como si hubiera ido a comprar pan. —Ya está hecho—, dije, dejándome caer en una de las sillas frente a él. Papá asintió, satisfecho. Pero enseguida cambió el tono. —Hay algo que tenemos que hablar—, dijo con firmeza. —Sabes que en nuestra familia las cosas no son como uno quiere. Vas a tener que casarte con alguien que yo elija. Lo miré con fastidio. Ya conocía ese discurso. —¿Y quién es el afortunado esta vez?—, pregunté mientras me recargaba en la silla. —Ethan Carter Montgomery—, soltó, como si fuera obvio. —Es el hijo de Thomas, y esta unión va a fortalecer nuestras familias. —¿Cuándo lo voy a conocer?—, dije, más por inercia que por interés. —Mañana—, respondió, dando por cerrada la conversación. Suspiré. Mañana tenía que enfrentarme a un nuevo reto, pero ninguno tan difícil como fingir que me importaba esa boda arreglada.

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