Miranda Estaba feliz y a la vez decepcionada y triste, pues podía ver que, después de todo lo que Bastian me había dicho, él seguía siendo el mismo; no le importaba nada más que él. Pero ahora, más que nunca, estaba decidida a que de mi bebé solo me encargaría yo, y solo yo lo amaría más que a nada en el mundo. Escucho que tocan a la puerta de mi oficina. Sonrío con tristeza, pues supongo que se trata de Gema; no me ha dejado ningún momento sola y la verdad es que tengo que agradecerlo, pues sé que tiene más preocupaciones. Ella asoma un poco su cabeza y me sonríe. Yo le devuelvo el gesto y le hago una seña para que pase. Ella, de inmediato, lo hace y toma asiento frente a mí. Yo la miro con una ceja alzada, pues no me dice nada hasta que suspira y empieza a hablar. —Está bien, no sé

