Capítulo 14 - Café y Revelaciones

1174 Palabras
Normalmente, en las primeras clases de canto, te hacen cantar una pequeña pieza de cualquier canción para evaluar tu registro vocal, analizar cómo te desenvuelves y observar la calidad de tus melismas y falsetes. Así nos lo explicó la coach, quien nos dio una introducción clara al porqué de esta actividad. Nos comentó que tendríamos la opción de aprender a tocar un instrumento, pero eso implicaba gastos que no sabía si mi beca podría cubrir, así que decidí quedarme callada, sintiendo que mis posibilidades eran limitadas. —Aquí aprenderán a desenvolverse y a sentirse libres, siendo ustedes mismos y nada más —declaró la señorita Lucre, su voz resonando con autoridad—. No quiero pensamientos negativos o pesimistas... Su oratoria era tan cautivadora que me hechizaba, obligándome a prestarle la mayor atención posible. Al finalizar su discurso, nos propuso un ejercicio para liberar la tensión del primer día de clases. —Es simple —dijo con una chispa en los ojos—. Pónganse de pie y, a la cuenta de tres, todos vamos a saltar. ¡Y sin controlar los brazos! Muevanlos como si fueran muñecos inflables de aire que se mueven en cualquier dirección. ¿De acuerdo? ¡Vamos! Contó hasta tres, y todos comenzaron a saltar. Yo me quedé paralizada, sintiéndome ridícula. En ese momento, la coach se acercó a mí, señalando a los demás con un gesto que decía: "¡Únete!". Con la cara ardiendo, finalmente me lancé a la acción. A medida que saltaba, la incomodidad se desvanecía, y empecé a reírme de la situación. Poco a poco, el ambiente se llenó de risas y energía, cumpliendo el objetivo de la coach: hacernos sentir más sueltos y menos tensos. Después de unos ejercicios de vocalización, la clase llegó a su fin. Una chica a mi lado, con una sonrisa radiante, me pidió mi número de teléfono. —Gail, yo también soy nueva y me caíste muy bien. Además, me enamoré de tu voz. ¿Me darías tu número? Para tener más contacto —dijo, mostrando sus dientes con brackets. —¡Yo también quiero! —exclamó el chico a mi otro lado. —Eh... —me sentí un poco mal, aunque debía ser sincera—. Me encantaría, pero no tengo teléfono por ahora —respondí, sintiendo que debía corroborar mi situación mientras tomaba mi mochila. —¿¡Qué!? No te creo... ¿No habías dicho que tenías veinticuatro años? —interrumpió Verónika, quien había estado escuchando atentamente. Los chicos parecían asombrados, pero Verónika exageraba su sorpresa. —Pues sí, pero no tengo por ahora. Pronto lo tendré... Ella comenzó a reírse, una risa burlona que me incomodó. —Perdón, pero me parece inaudito ver a alguien de veinticuatro años sin un teléfono. Actualmente, hasta los bebés tienen uno, incluso las mascotas... —chisteó con desprecio. Con un giro de su cabello, se despidió con un gesto despectivo, dejando la sala como si fuera la dueña de la academia. Su actitud prepotente y su andar altivo dejaban claro que disfrutaba de ser el centro de atención. —Bueno... Cuando tengas tu teléfono, no tardes en darnos el número, ¿okay? —dijo uno de los chicos, mientras se alejaban. Asentí, sintiéndome un poco aliviada al verlos marchar, pero la coach me llamó a solas. —Gail, me gustaría hablar contigo. ¿Qué te parece si salimos por un café? Me quedé paralizada. ¿Café? No tenía dinero para pagar un café... Lo que había ganado en mi trabajo anterior se lo había dejado a mamá para comprar cosas necesarias en casa. La pena me invadió, ya que todos aquí parecían ser de clase alta. Sin duda, yo era la única que se sentía fuera de lugar. —¿Café? —repetí, insegura. —O un latte. Lo que te guste, yo lo invito. Pero necesito hablar contigo. —Claro, pero antes debo avisarle a alguien —le respondí, sintiendo un nudo en el estómago. Ella esperó afuera de la academia mientras subía al segundo piso en busca de Richard. Al llegar, el lugar parecía un laberinto, y no tenía la más mínima idea de a dónde ir. Me acerqué a un conserje que trapeaba el piso y le pregunté si había visto a Richard Anderson. —¿Richard Anderson? Creo que está en el estudio de grabación. Saldrá dentro de veinte minutos. —Por favor, si lo ve, dígale que Gail salió con la coach Lucre y que no me espere. El conserje, muy amable, prometió hacerlo. Más tranquila, bajé y me subí al lujoso auto deportivo de la señorita Lucre. Me sentía diminuta y extraña al subirme a algo tan excesivamente lujoso y moderno por primera vez en mi vida. —Lindo auto —comenté, intentando disimular mi asombro. —Sí, soy muy exigente con los autos y los hombres —respondió con una gran sonrisa, mirando por el retrovisor. En el trayecto al café, me contaba anécdotas graciosas sobre la compra de su auto, y aunque me estaba empezando a agradar, seguía sintiéndome cohibida. —Tú eres muy tímida, Gail, pero no te preocupes, eso cambiará —dijo, como si pudiera leer mis pensamientos. Al sentarnos en una mesita de un café que jamás había visitado, ella pidió dos lattes de vainilla y unas galletas. —Sé que eres la chica de la beca en la academia. La verdad, me sorprendió mucho porque nunca antes habían otorgado una. Y no es para menos... Cuando te oí cantar, me sentí anonadada —dijo, mientras manipulaba su teléfono que brillaba con notificaciones—. A todo esto, ¿quién te habló sobre la academia o cómo obtuviste la beca? No entendía por qué me hacía esas preguntas, ya que se suponía que lo sabía. Sin embargo, traté de ser precisa. —Vine por el señor Richard Anderson. Me dijo que me ayudaría a entrar... Ella alzó las cejas, fijando su mirada en mí. —¿Richard? Y... ¿cómo te contactó? Me quedé en silencio un momento, sintiendo que sus preguntas eran una invasión a mi vida personal. —Perdón si te parece muy imprudente de mi parte, es solo que... Richard es alguien cercano a mí, por eso me sorprende. —Richard es mi amigo, por eso me quiso ayudar —respondí, tratando de cerrar la conversación. —Bueno, dejando a Richard de lado... ¿Tienes por casualidad un mánager? Con una sonrisa, asentí. —Sí. —¿Qué? Ay, qué triste haber llegado tarde. Me hubiese encantado ser tu representante. De igual manera —sacó su tarjeta y me la entregó—, si deseas cambiar, te esperaré ansiosa. Se levantó, despidiéndose de mí sin tomar su café. Para no desperdiciar nada, decidí beberme el latte que había quedado. Mientras saboreaba el café, mis pensamientos giraban en torno a su reacción al hablar de Richard. ¿Cercanos en qué sentido? Aunque no la conocía bien, parecía profesional, pero confiaba más en Richard. Sin embargo, no podía evitar preguntarme por qué era tan bueno conmigo...
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