Boda sin amor
LUCÍA
Han pasado ocho años. El tiempo siguió su curso sin pedirme permiso. Cambiaron los climas, los calendarios se llenaron y yo envejecí en silencio. Sin embargo, hay algo que permanece intacto: tú. Sigues viviendo en cada rincón de mi memoria, aferrado a mi pecho como una herida que nunca cerró.
He aprendido a respirar sin ti, pero no a vivir. He muerto muchas veces por dentro solo para aceptar lo inevitable: ya no estás. Tu ausencia, tu tumba fría, los recuerdos que dejaste atrás y esa sonrisa tuya que aún me persigue. Todo quedó marcado en mí el mismo día que me abandonaste en este mundo sin color.
No quiero soltarte. No puedo. Pero cada visita a tu sepultura me devuelve a la realidad con una crueldad insoportable. Recuerdo perfectamente las flores que amabas: los lirios blancos. Te veía intentar arrancar uno, colocártelo torpemente detrás de la oreja, aspirar su fragancia y luego sonreír, como si ese pequeño gesto te devolviera las ganas de existir. Hoy esos lirios me atormentan. Soy yo quien los deposita sobre tu tumba, día tras día, como si así pudiera mantenerte cerca.
Apreté el papel entre mis dedos hasta arrugarlo y sentí cómo el peso de la tristeza me oprimía el pecho. Entonces lo entendí. El vestido de novia no me quedaba grande ni pequeño, me asfixiaba.
Me levanté y comencé a desprenderme de él, de las joyas brillantes, del oro y los diamantes que no significaban nada para mí. Por un instante quise fingir que nada de esto era real. Pero el bermellón en la línea de mi cabello y la cadena sagrada alrededor de mi cuello me devolvieron la verdad sin compasión.
Estaba casada.
Ahora era la esposa, al menos en los papeles, de Alejandro Villaseñor. Uno de los empresarios más poderosos del país. Siete años mayor que yo. Un hombre que seguía escribiendo cartas de amor a una mujer muerta desde hacía ocho años.
Y esta era mi noche de bodas. La noche que muchas mujeres sueñan desde niñas. La mía la pasé sola, en una mansión enorme, rodeada de paredes que parecían reírse de mi matrimonio vacío.
No me quejo. No tengo derecho a hacerlo. Nadie me obligó. Acepté este acuerdo con plena conciencia. Yo era un error andante, una vergüenza para mi familia, una mancha que necesitaban ocultar.
Me puse un vestido sencillo de algodón, unos brazaletes de cristal y recogí mi cabello en trenzas sueltas. Me limpié el rostro, borré cualquier rastro de maquillaje y salí de la habitación.
Recorrí la casa sin rumbo hasta llegar a la cocina. El aire estaba lleno del aroma de la comida recién hecha y del murmullo del personal. Me senté en el comedor con los labios apretados.
El desayuno estaba dispuesto como si se esperara una celebración: platos del sur de la India, opciones inglesas, todo perfectamente organizado. No tenía hambre. Tomé una tostada por pura inercia y entonces lo vi.
Alejandro bajaba las escaleras.
Traje oscuro, camisa negra impecable, el cabello cuidadosamente arreglado. Su rostro era una máscara, vacío, impenetrable. Cuando su mirada se cruzó con la mía, desvié los ojos de inmediato. No sentí nervios, ni emoción, ni ilusión. Solo incomodidad.
Asintió levemente y tomó asiento frente a mí.
Bebió un sorbo de jugo de naranja mientras un sirviente le entregaba el periódico. Lo abrió sin interés. En la portada, una imagen imposible de ignorar: nosotros dos, vestidos de novios, sonriendo ante los flashes.
“Señor y Señora Villaseñor”.
Ayer fue un día importante. Al menos eso decía el mundo.
—Tu familia vendrá a visitarte —dijo con tono neutro, acercándome la mantequilla—. Si necesitas algo, dímelo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué vendrían? —pregunté—. Después de prácticamente borrarme de sus vidas.
—Si no deseas verlos, se puede evitar —respondió, sin emoción.
Respira, Lucía.
No mires atrás.
—Haré lo que consideres adecuado —dije—. Al final, soy tu…
—No —me interrumpió con frialdad—. No uses esa palabra. No existe ningún vínculo entre nosotros. Esto es solo una unión pública. Nada más.
Me disculpé en voz baja. El estómago me ardía.
No era su esposa. Solo una carga que debía asumir.
Cerré los ojos y los recuerdos regresaron sin piedad.
¿Cuál fue mi pecado? ¿Enamorarme? ¿Confiar? ¿Acostarme con el hombre que decía amarme? ¿Fue mi culpa cuando me drogó y permitió que otros abusaran de mí? ¿Cuando grabaron mi dolor y lo lanzaron al mundo? ¿Cuando me golpearon? ¿Cuando mi propia familia me dio la espalda, me arrojó a la calle y me despojó de todo? ¿Cuando mi padre me dejó inconsciente con sus golpes?
¿Cuál fue mi error? Amar al hombre equivocado. Creer en promesas vacías. Pensar que alguien que juró protegerme sería quien destruiría mi vida.
Y ahora estaba aquí, unida a un hombre que aún pertenece a otra mujer. A una que ya no respira.
Qué irónico sería… ser amada por alguien como Alejandro Villaseñor.