No esperes nada de mí

1210 Palabras
LUCIA Me froté los ojos al oír unos pasos y parpadeé confundida. ¿Me he quedado dormida? Me pregunté. —¿Por qué no te has dormido todavía? Miré en dirección a la voz y vi a Alejandro mirándome con confusión. Levanté las cejas y negué con la cabeza. Eché un vistazo rápido al reloj y me di cuenta de que era la una de la madrugada. Abrí la boca con sorpresa e intenté recomponerme. ¿Llega tan tarde de la oficina? ¿Y me he quedado dormida en la silla esperándole durante tanto tiempo? Se me encogió el corazón al darme cuenta de que todos los esfuerzos que había hecho para prepararle la cena habían sido en vano. Definitivamente no iba a cenar tan tarde, además de que la comida se habría enfriado y ablandado. Me mordí el interior de las mejillas y me maldije por ser tan estúpida. Por supuesto, solo estamos unidos por un matrimonio de conveniencia, no es como si él hubiera prometido ser mi marido. ¿Por qué demonios iba a molestarse en llegar a casa a tiempo? —Yo... tenía hambre, así que pensé en cocinar fideos instantáneos, pero supongo que me quedé dormida—, mentí. Él asintió con la cabeza y se aflojó la corbata mientras se dirigía al refri para coger una botella de agua. —¿Has cenado?—, le pregunté, sabiendo muy bien que su respuesta me iba a doler. —Mhm. —Vale, entonces. Buenas noches—, susurré, casi corriendo hacia mi habitación. Cerré la puerta y respiré hondo. Apretando el corazón, intenté preguntarme qué me pasaba. ¿Por qué me empeñaba en hacer que las cosas entre nosotros fueran tan mundanas? ¿Por qué siento esta estúpida tristeza? ¿Por qué me afecta tanto? Por el amor de Dios, no tenemos un matrimonio normal. Él no tiene ningún compromiso conmigo y tampoco espera nada de mí a cambio. Si ya sabía todo esto, ¿por qué me siento así? Él está enamorado de Elena. Siempre la amará. Su corazón ya pertenece a otra persona. ¿Y qué si ella ya no está? ¿Y qué si él está casado conmigo? Han pasado ocho largos años y él todavía la añora. Ese tipo de amor no es fácil, es eterno y doloroso, y no está en el destino de todo el mundo. La chica que ni siquiera era amada por su familia, ¿cómo puede soñar con tener algo tan inalcanzable? ¿Algo como tener una vida matrimonial normal? Me sequé las lágrimas y me obligué a sonreír. No pasa nada, Lucia, no pasa nada. Fruncí el ceño, confundida, cuando oí un leve golpe en la puerta. Al abrirla, me encontré cara a cara con Alejandro. Estaba allí de pie, con una expresión ausente en el rostro. Desvié la mirada hacia su cabello revuelto y, de alguna manera, contuve el impulso de pasar mis dedos por él. —Baja—, me dijo, dejándome aún más confundida, pero aun así lo seguí. —¿Por qué no has cenado?—, me preguntó, indicándome que me sentara a la mesa del comedor. Porque te estaba esperando. —Sí, he cenado. Pero no sé por qué me empeño en hacer el ridículo delante de él. En ese momento, mi estómago gruñó. Apreté los dientes y aparté la mirada. —Te he preparado la cena. Pensaba que podríamos cenar juntos. No me atrevía a mirarlo. Mi corazón latía con fuerza por los nervios. —Comamos—, anunció. Levanté la vista hacia él y, en ese mismo instante, mi corazón se derritió. Rápidamente serví la comida en nuestros platos. Me senté frente a él y esperé impaciente a que diera el primer bocado. —¿Qué tal está?—, le pregunté emocionada. —Está buena—, respondió, sin apartar la mirada del plato mientras comía. Sonreí y mi corazón dio un pequeño salto de alegría. Empecé a comer y, en cuanto probé el segundo bocado, suspiré aliviada. Estaba delicioso y llenó mi estómago hambriento. Comimos en silencio, envueltos por el silencio de la noche. Debía de haber algo muy malo en mí, porque quería que esa cena durara toda la noche. Aunque no habláramos, quería quedarme así. Me sentía bien. Me sentía cálida y reconfortada. En el entorno del que procedo, no se me permitía sentarme a la mesa con los miembros masculinos de mi familia. Una familia patriarcal clásica en la que, al ser la única hija, se me asignaba la tarea de cocinar, limpiar, servir la comida, lavar la ropa y hacer todas las tareas domésticas, incluso los días en que no me encontraba bien o tenía exámenes. Siempre me preguntaba cómo sería sentarme a la mesa con todos y disfrutar de la comida que cocinaba todos los días. ¿Sabría igual o diferente? Y ahora que estoy comiendo con Alejandro, puedo decir que sabe diferente, pero para bien. Estaba tan absorta en mis pensamientos que casi se me olvida que él ya había cenado. Lo miré y, aunque intentaba ocultar su incomodidad, pude notar su vacilación a la hora de comer. ¿Se está obligando a comer aunque ya está lleno? —Eh, no tienes que obligarte. Lo siento, casi se me olvida que ya has comido—, le susurré. Él dirigió su mirada hacia mí y luego asintió con la cabeza. Quería darle las gracias, pero luego descarté la idea. Pensaría que estaba demasiado desesperada. Le pasé el vaso de agua, pero entonces ocurrió algo extraño. Me agarró la muñeca. Se me puso la piel de gallina. —¿Qué te ha pasado en la mano?—, me preguntó, mirando fijamente mi palma, que antes se había quemado con aceite derramado. No sé en qué mundo estaba tan ocupada que no me di cuenta de que se me estaban formando ampollas en la piel. Oh. —No es nada—. Rápidamente retiré mi mano de su agarre. Se levantó apresuradamente y fue a otra habitación antes de volver con un botiquín de primeros auxilios en la mano. Acercó una silla a mi lado y se sentó. Me cogió la palma de la mano y me aplicó pomada en las heridas. Cerré los ojos y me estremecí de dolor. —Lucia—, me llamó por mi nombre. —Sí. —Por favor, no me hagas esto. —¿Eh? —Por favor, no esperes nada de mí—, dijo, y nuestras miradas se cruzaron por un momento. Sus ojos marrones parecían tan indefensos, como si no se sintiera cómodo con la situación en la que se encontraba. Reflejaban su renuencia hacia mí. La vacilación y un vago cansancio. Así que esbocé mi sonrisa más valiente, la que siempre fuerzo, y dije: —No espero nada de ti, Alejandro, y prometo no hacerlo en el futuro. A decir verdad, nunca me permitieron sentarme con mi familia a comer. Me encanta cocinar; me ayuda a matar el tiempo. Solo quería no comer sola. ¿Cuándo te convertiste en tan buena mentirosa, Lucia? Después de todo, era todo por él. Quería cocinar para él y comer juntos. No solo necesitaba compañía, quería su compañía. Él solo asintió brevemente, creyendo mis palabras.
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