LUCIA —¿Qué tal estoy?—, le pregunté a Alejandro una vez que estuve lista. —Créeme, no quieres saberlo—, respondió con una sonrisa burlona en la comisura de los labios. Le puse los ojos en blanco. —Cada día eres más descarado. —Entonces deja de ser tan guapa, esposa mía—, dijo guiñándome un ojo. Sentí un cosquilleo en el estómago y rápidamente aparté la mirada hacia el espejo. Se levantó del sofá y se acercó a mí. Me ajustó el borde del vestido y se inclinó para hundir la cara en el hueco de mi cuello, pero yo di un paso atrás. —Alejandro, esto no es justo. Ya me he puesto corrector para ocultar las marcas carmesí que me has dejado por todo el cuello. No empieces otra vez. —¿Y qué hay de los chupetones que tú me has dejado, señora Villaseñor?—, preguntó entrecerrando los ojos. Ec

