LUCIA —Elena... no está muerta, todavía no—, susurró su madre. —¿De qué estás hablando?—, dijo Alejandro, con la respiración entrecortada. Mi corazón se hundió en el estómago cuando ella le mostró algo en su teléfono y el cuerpo de Alejandro se tensó visiblemente. En un abrir y cerrar de ojos, salió furioso de la habitación. —¿Qué está pasando? Sus ojos se dilataron cuando me vio y negó con la cabeza. —Nada. No ha pasado nada, no te preocupes. —No, por favor, dímelo. ¿Qué está pasando?—, pregunté desesperada. ¿Elena está viva? ¿La Elena de Alejandro está viva? Mi estómago se contrajo por el miedo y todas esas cartas que Alejandro le escribió comenzaron a invadir mi mente. —¿Me va a dejar?—, me pregunté, y mi corazón se rompió en pedazos cuando me di cuenta de que él todavía la a

