La vieja vaca
Cuando encendí la pantalla de mi celular en la mitad de la madrugada esperé que el mensaje fuera de ella, pero no fue así. No era algo tan decepcionante, pues el mismo deseo había estado presente en mi cabeza a lo largo de varios meses y, aunque cada vez se me hacía más fácil, eso no debilitaba mis pobres esperanzas por volver a conversar con ella. El mensaje que se coló imprudentemente en el aparató, y que me obligó a salir de mi cama para contestarlo, no interrumpió mi descanso, pues los últimos días no lograba conciliar el sueño hasta que el sol se colaba por el tragaluz de mi habitación.
En la madrugada mis pensamientos parecían hacerse más claros y la paz de la oscuridad me obligaban a mantener incomodas conversaciones conmigo mismo. Mi vida se había vuelto monótona, la música misma me aburría y las personas me agotaban. Tan solo al ver el techo de mi habitación rentada lograba traerme una efímera paz que se escapaba cuando volvía pensar en qué estaba haciendo con mi vida a los veintiséis años.
Si me detenía lo suficiente a pensar, aquel niñato de trece años jamás pensaría que se convertiría en un adulto aburrido y depresivo que se mantenía encerrado en una habitación oscura, aislado de todo y de todos durante el día para salir en las noches a un empleo que terminó detestando. Cuando eres un niño crees que la vida será siempre del mismo color vivo y que tus problemas se solucionarán verdaderamente con el esfuerzo. En mis primeros años, mis padres, familiares y profesores tendían a repetirme continuamente que yo llegaría lejos, que estaban orgullosos de mí y que lograría todo cuanto quisiera ¿Qué dirían de mí si me vieran en este estado?
-Basta de autocompadecerse-. Me dije para mí mismo al ver que el mensaje no era de ella, por el contrario, era de la dueña de la casa.
“Por favor, Jonathan, la próxima vez que entres procura hacer menos ruido. Hay personas acá que sí tienen un trabajo decente y desean descansar. Un saludo y buena noche”
- “Lamento haberla despertado e interrumpido sus sueños húmedos con Chayanne, señora bruja, si desea que no haga ruido por favor engrase las bisagras y no me joda la vida”-. Estuve tentado a contestarle, pero ya tenía pésima relación con ella como para empeorarla. Así que solo fui capaz de responderle: “Perdón, señora Deisy, no volverá a pasar”
Para una persona tan conservadora como “La vieja vaca”, apodo que le oí escuchar a algunos de los inquilinos, un trabajo nocturno como el mío era una total barbaridad y un ataque de frente a la decencia. Cada vez que me la encontraba a las cinco de la tarde mientras cerraba la puerta con un candado y me equipaba mi guitarra, me hacia una mala cara y la acompañaba ocasionalmente con algún comentario mal intencionado.
-Recuerde, por favor, que acá vive gente decente y yo me daré de cuenta si trae alguna visita. No quiero escuchar ruidos en la noche-. Me lo dijo en una ocasión.
Ella no tenia problemas con que yo llevará alguna mujer para pasar la noche con ella, supongo. El problema, como me fui dando cuenta poco a poco, fue que llevase a algún hombre que me hiciera morder la almohada, algo que sería un pecado y un perfecto justificante para echarme del inquilinato. Era una mujer bastante difícil, y de no ser por su marido, que era un poco más relajado y se daba cuenta que el pago del alquiler lo hacía a tiempo, me habría echado de patitas a la calle.
Por mi parte no tenía más opción, era aguantarme a la vieja vaca o dormir debajo de un puente. Mis gastos se fueron apretando cada vez más entre mi nueva guitarra, mi celular, una que otra cerveza y las pastillas que vendía un extraño hombre a las afueras del bar donde trabajaba. Poco era lo que me quedaba para comer y mi alimentación se fue convirtiendo progresivamente en un plato de papas fritas, cinco panes y un café n***o para la mañana, la tarde y la noche. Ocasionalmente la vecina que tenia un cuarto junto a la cocina, y que se levantaba en la madrugada a cocinarle a su esposo, me brindaba un plato de comida de sal.
A pesar de todo esto, yo no tenia mucho derecho a juzgar a la vieja vaca, al fin de cuentas, desde que compré el celular, ella era la única que me texteaba. De algún modo extraño eso hizo que pasara progresivamente del odio y el desprecio a un cierto cariño y preocupación por su salud, a pesar de que ella me odiara con el alma por interrumpir sus ronquidos. La pobre mujer, después de todo, parió un total de seis hijos, los cuales le sacaban canas cuando podían y la manipulaban para que les hiciera la ropa, les diera comida y les cuidara a los hijos, a pesar de ser, según ellos, independientes. Daisy se había convertido, tras muchos sacrificios y sufrimientos, en una ancha mujer regordeta y con cabellos demacrados con una amplia frente que le decía “hola” a la calvicie.
Su marido, en cambio, era un hombre que demostraba, a pesar de su edad, una gran energía, no solo en el aspecto físico sino también en su personalidad. Todas y cada una de sus canas se las había ganado justamente con el paso de los años a raíz de su duro trabajo en la construcción. él mismo había fabricado la casa y a medida que su familia fue creciendo fue arreglándola e independizándola más hasta que fue capaz de poner en alquiler muchas de las habitaciones que antes eran destinadas a sus hijos y visitas. Si bien eran muy pocas las veces que podía cruzarme con él, cuando llegaba del trabajo muy entrada la madrugada y el iba saliendo, o yo iba saliendo en la tarde y él llegaba, siempre me dedicaba una sonrisa y me decía.
-Eh hombre, cambie esa cara que vinimos a esta vida a vivirla y sonreír. A ver cuando nos tomamos unas polas-. Esas cervezas nunca llegaron, pero su ocasional chiste me hacía reír.
Con el paso del tiempo traté de evitarlo. Por algún motivo Don Gilberto, nombre del casero, inspiraba tanta felicidad y era tan saludable que llegaba asustarme y aterrarme su presencia. Me era difícil verlo a los ojos y observar esa energía a pesar de tanto sufrimiento, a mi edad había hecho tanto con tan poco, mientras que yo vivía arriado esperando llegar a fin de mes para cobrar un sueldo mediocre y pagar un alquiler en una habitación a la que no le entraba luz ni respiración. No era culpa de él lo que yo había hecho con mi vida y la manera en la que la arruiné, por el contrario, siempre fue bondadoso conmigo, pero me asustaba tener que responder a una calurosa sonrisa entre tanta mierda.
Luego de responderle de buena gana a Deisy, me recosté en mi cama de nuevo sin arroparme, pues las mantas las tenía prácticamente de adorno. Odiaba demasiado el calor, me hacía sudar y me impedía dormir, un odio que me recorrió durante toda la vida y a raíz de la cual me gané muchas burlas por parte de mis amigos de la escuela. Mis padres me acostumbraban a llevar solo a zonas frías, además que era muy poco lo que salía de la casa, pues siempre me la pase estudiando, preparándome para un futuro que no conocía, pero que todos me describían con bastante éxito.
En una ocasión, en el colegió dijeron que nos llevarían a campo abierto, a un lugar de sol y que por lo tanto lleváramos prendas para mojar y nadar en la piscina. Recuerdo haberme emocionado bastante. Durante días me hice a la idea de estar nadando en una gran alberca, jugar a la pelota en el agua y sentarme a tomar el sol en el pasto. Nunca lo había hecho, pero supongo que se sentiría bien. Además, lo más probable es que Rocío terminase yendo, por lo que era una buena oportunidad para espiar cosas que un adolescente solo se puede imaginar.
Cuando los días se fueron acercando le conté esperanzado sobre el viaje a mis padres. Cometí el error de hablarles de la piscina y las oportunidades para poder mojarme y compartir con mis amigos. Les conté todo con una gran emoción que no fui capaz de medir mis palabras posicionando la palabra “amigos” y descanso” en una sola conversación. Mi ilusión se fue al piso al instante cuando mi madre me contestó tajantemente
- ¿Y usted para qué quiere ir por allá? -. Me contestó al tiempo que revisaba mis cuadernos buscando mis notas. No sabía que contestarle, me intimidaba bastante.
-Es que todos mis compañeros van a ir y yo quiero ir con ellos-. Le contesté en esa ocasión de manera tímida. Fue tan rápido que no medí mis palabras y no me di cuenta de que ello era antesala para su típica respuesta.
- ¿Y es que sus amiguitos van a pensar en su futuro? Yo lo tengo esa escuela es para que se preparé y sea alguien en la vida, no para que ande pensando en amigos-. Mi madre pareció decepcionada al no encontrar nada malo en mi cuaderno. -Jonathan, ya le he dicho que la vida se pasa muy rápido y luego se va a arrepentir de lo que no estudió.
“La vida se pasa muy rápido y luego se va a arrepentir” esas palabras siempre se quedaron en mi interior, pero no las llegué a comprender, y de una manera distinta, sino hasta que me hice un hombre. Mi madre no solo tenía razón en que la vida no me daría la oportunidad de volver a aprovechar oportunidades, sino que también tenía razón en lo respectivo a los amigos. Yo en realidad no tenía, todos me odiaban por ser el “ñoño” del salón y dejarlos siempre en vergüenza frente a los profesores, pero ocultaban el malestar para burlarse de mí, como lo pude comprobar después.
-Papá, yo solo quiero ir y ver de qué se trata todo eso. Es solo un día-. Le rogué a mi padre que me dejará ir, colocando por delante todas mis buenas acciones.
-No se acostumbre a ser manipulador conmigo, porque si yo no estoy encima suyo a ver si en realidad es que se pone a estudiar-. Me contestó mientras veía la televisión. -Además, usted no sabe nadar y se va a poner a meterse a esa piscina, es muy peligrosos y mejor no va. Un día de estos nosotros te llevaremos a la piscina y con nosotros no hay peligro.
-No tengo que meterme a la piscina, solo voy a ponerme a caminar por ahí. Por favor.
- ¿Solo a caminar? Entonces para qué va-. Contestó mi padre burlándose.
-Pues a tomar el sol. Solo eso, por favor-. Mis ruegos parecían estar haciendo la diferencia y luego de lavar los trastes y hacer el aseo de la casa me permitieron ir.
La emoción poco a poco se fue transformando en algo que luego me daría cuenta de que se llamaba ansiedad. No tenia ropa suelta, solo jeans y zapatos. Además, mi ropa interior todavía era de muñequitos de caricaturas y star wars. Mis ilusiones progresivamente se fueron borrando y estuve a punto de decidir que no iría.
Sin embargo, un día antes del dichoso viaje Andrés, el único amigo que parecía tener, me preguntó que llevaría al viaje.
-No estoy muy seguro de ir-. Le contesté. -Mi papá quiere que lea un libro y no tengo mucho tiempo.
-Deberías ir con nosotros, estas experiencias deberían ser inolvidables-. Me contestó con una malicia que no pude identificar al instante.
-¿Inolvidable? Es solo una salida del colegio, no es como que se vaya a acabar el mundo-. Contesté tratando de demostrar fortaleza.
-Solo es el colegio, pero vale la pena. Ven con nosotros y lo haremos inolvidable. Además, ya me dijeron que va a ir Rocío y que se compró un vestido de baño…- Su rostro se torció e hizo una mueca pervertida.
-Bueno, pero no me vayan a dejar solo-. Les contesté.
-Uy pero que cochino nos salió Jonás-. Era el apodo que me habían puesto debido a mi peso. No era gordo, pero sí ancho. -Bueno no importa, entonces allá nos vemos.
Los malos recuerdos siempre regresaban a la mente cuando la habitación era muy caliente. Por eso me gustaba dormir sin mantas, el frio me dejaba dormir y no me recordaba el bochornoso y asqueroso día que pase en aquella salida. Tal vez aquella fue la ocasión en la que cambié por completo y conocí la soledad.